la imagen de él, como un monitor sombrío que contemplaba su ira con triste reconvención. Le costó una letanía de dolores imaginados y de gritos silenciosos para que ella fuera la misericordia de esos dolores; pero la sumisión resuelta llegó; y cuando la casa estuvo en silencio, y supo que se acercaba la hora en que el señor Casaubon solía acostarse, abrió la puerta con suavidad y se quedó de pie en la oscuridad, esperando a que élsubiera las escaleras con una luz en la mano. Si no venía pronto, pensó que bajaría y correría incluso el riesgo de sufrir otra punzada. No volvería a esperar nunca nada más. Pero sí oyó abrirse la puerta de la biblioteca, y lentamente la luz avanzó por la escalera sin ruido de pisadas sobre la alfombra. Cuando su esposo se detuvo frente a ella, vio que su rostro estaba más demacrado. Él se sobresaltó ligeramente al verla, y ella lo miró con súplica, sin hablar.
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Capítulo XLII
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