provisionalmente su objeto y corrigiéndolo hacia una exactitud de relación cada vez mayor; quería penetrar la oscuridad de esos procesos diminutos que preparan la miseria y la alegría humanas, esas arterias invisibles que son los primeros escondrijos de la angustia, la manía y el crimen, ese delicado equilibrio y transición que determinan el crecimiento de una conciencia feliz o infeliz.
Al arrojar su libro, estirar las piernas hacia las brasas de la chimenea y cruzar las manos detrás de la cabeza, en ese agradable rescoldo de excitación en el que el pensamiento abandona el examen de un objeto específico para fundirse en la conciencia difusa de sus conexiones con el resto de nuestra existencia —pareciendo, por decirlo así, echarse de spaldas tras un vigoroso nado y flotar con el sosiego de una fuerza no agotada—, Lydgate sintió un deleite triunfante en sus estudios y algo parecido a la lástima por aquellos hombres menos afortunados que no pertenecían a su profesión.
—Si no hubiera tomado aquel desvío cuando era muchacho —pensó—, podría haber acabado en cualquier clase de estúpido trabajo de caballo de tiro y haber vivido siempre con anteojeras. Jamás habría sido feliz en ninguna profesión que no exigiera el mayor esfuerzo intelectual y que, al mismo tiempo, me mantuviera en un buen y cálido contacto con mis prójimos.
No hay nada como la profesión médica para eso: uno puede llevar una vida científica exclusiva que abarca lo distante y, a la vez, hacer amistad con los viejos carcamales de la parroquia. Es bastante más difícil para un clérigo: Farebrother parece ser una anomalía.
Este último pensamiento le trajo de nuevo a la memoria a los Vincy y todas las imágenes de la velada. Flotaron en su mente con bastante agrado, y al coger su vela de dormitorio, sus labios se curvaron con esa sonrisa incipiente que suele acompañar a los recuerdos gratos.