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nydus/MiddlemarchPublic
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XIX

mano en el hombro, le dijo con fuerte acento: «¡Ven aquí, deprisa! Si no, habrá cambiado de postura».

La agilidad acudió al llamado, y las dos figuras pasaron ligeramente junto al Meleagro, hacia la sala donde yace la reclinada Ariadna, llamada entonces la Cleopatra, en la voluptuosidad marmórea de su belleza, con los pliegues de sus ropas envolviéndola con una facilidad y una ternura de pétalo.

Llegaron justo a tiempo para ver a otra figura de pie junto a un pedestal cerca del mármol reclinado: una muchacha viva y floreciente, cuya esbelta figura, no deshonrada por la de la Ariadna, iba vestida con ropajes grises de cuáquera; su larga capa, abrochada al cuello, estaba echada hacia atrás sobre sus brazos, y una hermosa mano sin guante sostenía su mejilla, empujando un tanto hacia atrás el sombrero blanco de castor que hacía las veces de halo para su rostro enmarcado por el cabello castaño oscuro, sencillamente trenzado.

No estaba mirando la escultura, probablemente ni pensando en ella: sus grandes ojos estaban fijos, con aire soñador, en una franja de luz solar que caía sobre el suelo. Pero cobró conciencia de los dos extraños que se detuvieron de repente como para contemplar a la Cleopatra y, sin mirarlos, se alejó de inmediato para reunirse con una criada y un correo que merodeaban por la sala a poca distancia.

“¿Qué te parece esa bella antítesis?”, dijo el alemán, buscando en el rostro de su amigo una admiración cómplice, pero prosiguiendo con locuacidad sin esperar ninguna otra respuesta. > “Ahí yace la belleza antigua, no cadavérica ni aun en la muerte, sino detenida en el pleno contentamiento de su perfección sensorial; y aquí se halla la belleza en su vida respiratoria, con la conciencia de los siglos cristianos en su seno. Pero debería ir vestida de monja; creo que tiene

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