yemas de dedos, encuentros de rayos de orbes azules y oscuros, frases inconclusas, ligerísimos cambios de mejilla y labio, los más tenues temblores. La red en sí está hecha de creencias espontáneas y alegrías indefinidibles, anhelos de una vida hacia otra, visiones de plenitud, confianza indefinida. Y Lydgate se puso a tejer esa red desde su fuero interno con maravillosa rapidez, a pesar de una experiencia que se suponía concluida con el drama de Laure —a pesar también de la medicina y la biología; pues se observa que la inspección de un músculo macerado o de unos ojos presentados en un plato (como los de Santa Lucía), y otros incidentes de la investigación científica, son menos incompatibles con el amor poético que una torpeza innata o una viva afición a la prosa más baja—. En cuanto a Rosamond, ella se hallaba en el asombro expansivo del nenúfar ante su propia vida más plena, y también ella tejía con laboriosidad la red mutua. Todo esto transcurría en el rincón del salón donde estaba el piano, y, por sutil que fuese, la luz lo convertía en una
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