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nydus/Swallows and AmazonsPublic
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XVIII. Robinson Crusoe y el viernes

Robinson Crusoe y el hombre Viernes

Miró alrededor del campamento y sintió enseguida que algo iba mal.

Había dos tiendas, y un náufrago en una isla desierta solo debería tener una. Por un momento pensó en desmontar la tienda del capitán, pero entonces recordó que durante una parte del tiempo no sería una náufrago, sino que estaría al mando de un campamento de exploradores, mientras el grupo principal había zarpado en una expedición desesperada. Durante esa parte del tiempo, cuantas más tiendas hubiera, mejor.

Así que decidió no desmontar la tienda del capitán.

«Es la tienda de Viernes —se dijo—. Claro que aún no lo he descubierto. Pero está lista para él cuando llegue el momento».

Luego entró en la tienda que le pertenecía a ella y al segundo. Seguía siendo una tienda muy propia de Susan. Susan se había llevado sus mantas, pero había dejado su colchón de paja. Estaba bastante claro que era una tienda perteneciente a dos personas y no a un marinero solitario y náufrago.

Así que el marinero de primera cogió el colchón de paja de Susan, lo puso encima del suyo propio y extendió sus mantas sobre los dos. Al instante, la tienda pasó a ser suya y solo suya, y sería bastante fácil volver a poner el colchón del segundo en su sitio cuando llegara la hora de montar guardia sobre todo un campamento.

Se tumbó sobre los dos sacos de paja. El sol brillaba a través de la lona blanca de la tienda, y por la entrada podía ver el humo que ascendía del fuego humeante. Empezó a sentir que estaba realmente sola.

Incluso el zumbido de las abejas en el brezo, justo detrás de la tienda, contribuía a hacerle sentir que no había nadie más en la isla. Aguzó el oído en busca de otros ruidos.

  • Los pájaros no cantaban mucho, pero un archibebe silbaba en algún lugar cercano.
  • Se oía el chapoteo del agua contra la orilla occidental y, de vez en cuando, el leve susurro del viento en las hojas.

Pero no había ningún ruido humano en absoluto.

Nadie estaba haciendo tintinear latas. Nadie estaba fregando platos. Roger no estaba allí para que lo cuidaran. Susan no estaba allí para cuidar de los dos. John no estaba en el puesto de observación, ni empalmando cabos en el Golondrina en el otro extremo de la isla.

Nadie estaba haciendo nada en la isla. Nada se haría si no lo hacía ella misma. Era como ser la única persona en el mundo.

De pronto oyó el chucu, chucu, chucu de un vapor que bajaba por el lago. Los días normales nadie le hacía mucho caso a los vapores, salvo Roger, pero hoy, al oírlo, el marinero de primera Titty dio un salto y salió corriendo de la tienda hacia la luz del sol.

A través de los árboles de la orilla occidental pudo ver que el vapor pasaba muy lejos de la isla. Lo miró con el catalejo. Había mucha gente en cubierta y pudo ver a uno de los marineros al timón.

Quizá la gente del vapor estuviera mirando la isla. No sabían que allí no había nadie más que un marinero de primera que había naufragado veinticinco años atrás.

Por supuesto, eso era porque no había ondeado ninguna bandera para indicar que estaba allí y esperaba ser rescatada. ¿Pero quién hondearía una bandera para que la rescaten si tiene su propia isla desierta?

Eso era lo que arruinaba a Robinson Crusoe . Al final volvía a casa. Nunca debería haber un final.

El vapor se apresuró lago abajo, y Titty lo siguió a través de los árboles en la alta orilla occidental de la isla. El sendero hacia el puerto se estaba convirtiendo en una auténtica vereda trillada.

«La verdad es que parece que llevara aquí años y años —dijo Titty—, pero es una lástima no tener cabras. Las cabras habrían ramoneado enseguida todas estas ramas que cuelgan sobre el sendero y te atrapan el pelo si intentas correr por él a toda prisa».

Sacó su navaja y comenzó a podar las ramas para mejorar el sendero. Cada rama que colgaba sobre el camino y estaba lo suficientemente baja como para estorbar, la rompía o la cortaba hasta que, trabajando duro, dejó el camino despejado en todo su trayecto hasta el puerto.

Luego corrió por él en ambas direcciones, hacia el campamento y de vuelta al puerto. Ahora sí que era un sendero. Qué cosa tan curiosa que a nadie se le hubiera ocurrido despejarlo antes. De algún modo, siempre había más tiempo para hacer las cosas cuando una estaba sola.

En el puerto se estiró hasta alcanzar el clavo en el árbol bifurcado para asegurarse de que podría colgar en él el farol.

No alcanzaba del todo, pero eso estaría bien porque sostendría el farol por la parte inferior, y el aro que tenía que engancharse en el clavo estaba en la parte superior.

El clavo en el tocón con la cruz blanca estaba bastante bajo. No habría ningún tipo de dificultad con eso.

Empezó a pensar que iba a pasar muchísimo tiempo hasta que oscureciera, y aún más hasta que la Golondrina y su tripulación regresaran navegando. Pero valdría la pena con tal de que trajeran a la Amazonas con ellos como trofeo. Eso les enseñaría a los piratas. Y entonces, al día siguiente, los Golondrina navegarían río arriba hacia el Amazonas para decirles a los piratas que habían perdido la guerra, y para traer a Nancy y Peggy de vuelta a la Isla del Gato Montés como prisioneras humildes y respetuosas. Por un momento, Titty deseó estar con los demás en la Golondrina. Ahora debían de estar registrando las islas junto a Río, vigilando atentamente, esperando el anochecer antes de avanzar hacia la desembocadura del río. Se preguntó cómo sería el río. Aun así, uno no puede tenerlo todo, y si no hubiera decidido quedarse en casa y encender el faro y las luces de aproximación, nunca habría tenido la oportunidad de tener una isla entera para ella sola.

Se quitó los zapatos y caminó chapoteando hasta la gran roca situada a un lado del puerto. Trepó hasta la cima y se tumbó allí, mirando hacia el fondo del lago y observando cómo el vapor se acercaba girando hacia el lejado muelle.

Y justo en ese momento vio al mirlo acuático.

Un pájaro redondo y rechoncho, con una cola corta como la de un chochín, el lomo pardo y un amplio chaleco blanco, estaba de pie sobre una piedra que sobresalía del agua a menos de doce pies de distancia. Hizo una reverencia, como si estuviera saludando con una genuflexión rápida y despreocupada.

—Qué modales —se dijo Titty a sí misma. Se quedó completamente quieta mientras el pequeño pájaro pardo y blanco daba saltitos en su piedra.

De repente, el mirlo acuático se lanzó de cabeza —con los pies por delante— al agua. No se metió como un cormorán, sino que se dejó caer, como alguien que no sabe nadar y salta a la parte honda de una piscina.

Unos instantes después volvió a salir volando del agua, se posó en su piedra y volvió a agacharse como si estuviera dando las gracias por los aplausos.

Nuevamente se lanzó desde la piedra y cayó al agua.

Esta vez cayó en un agua bastante mansa, resguardada por la gran roca en la que Titty estaba tumbada. Mirando hacia abajo, pudo verlo bajo el agua, batiendo las alas como si estuviera en el aire, veloz por el fondo del lago, justo debajo de la roca.

Cuando salió a la superficie, no emergió como un pato tras una inmersión para descansar en ella, sino que simplemente siguió volando sin diferencia alguna al dejar el agua y entrar en el aire, excepto porque en el aire sus alas se movían más rápido.

—Bueno, nunca le había visto hacer eso a un pájaro —dijo Titty mientras el mirlo acuático se posaba en su piedra y daba dos o tres reverencias.

—Es el pájaro más listo que he visto en mi vida, además de ser el más educado. Ojalá lo hiciera otra vez.

Se incorporó apoyándose en el codo para hacerle una reverencia al mirlo acuático en el momento en que este se la hacía a ella. Es muy difícil no saludar con la cabeza a un mirlo acuático cuando te saluda con la cabeza. Pero al mirlo acuático no pareció hacerle gracia y se alejó volando, fuera de la vista, tras las otras rocas, rápido y rasante sobre el agua.

Durante mucho tiempo Titty esperó a que volviera. Pero no volvió. Tal vez había regresado al arroyo donde vivía.

De repente, Titty recordó que estaba custodiando la isla contra cualquier ataque. Debía de estar en el puesto de observación con el catalejo, no aquí.

Así que bajó de la roca, remó hasta la orilla y se puso los zapatos. En vez de volver por el camino que había despejado, pensó en ir por el otro sendero, que apenas era un sendero, la trocha que a veces habían usado entre el puerto y el desembarcadero.

Aquí la maleza era espesa y los arbustos se enredaban con madres Selva. Era como abrirse paso a través de una selva. Titty volvió a ser Robinson Crusoe en su isla desierta.

Salió cerca del desembarcadero y se detuvo en seco. Algo había sucedido mientras miraba el vapor y el cazo de cortesía.

Ya no estaba sola en la isla. Había un bote de remos con la proa varada en la playa. Un momento después supo de qué bote se trataba. Era el bote de remos de Holly Howe.

Corrió hacia el campamento, y allí estaba su madre mirando las tiendas vacías.

—Hola, Viernes —dijo Titty con alegría.

—Hola, Robinson Crusoe —dijo mamá.

Eso era lo mejor de mamá. Era diferente de los demás nativos. Siempre podías contar con que ella supiera ese tipo de cosas.

Robinson Crusoe y el hombre Viernes se besaron entonces como si estuvieran fingiendo ser Titty y la madre.

—No esperabas verme tan pronto después de lo de ayer —dijo la madre—, pero he venido a decirle algo a John. Supongo que está con el resto de la tripulación en ese puerto secreto vuestro que a los pobres nativos no se les permite ver.

“No. No está en la isla ahora mismo —dijo Titty—. No hay nadie excepto yo… y ahora tú también”.

—Así que de verdad eres Robinson Crusoe —dijo mamá—, y yo soy Viernes en carne y hueso. Si lo hubiera sabido, habría dejado una buena y gran huella en la playa. Pero ¿dónde están los demás?

—Están bien —dijo Titty—. Ya vuelven. Han salido en la Golondrina en una expedición de abordaje.

Más que eso no pudo decir muy bien, porque, al fin y al cabo, Viernes podía ser la madre, pero también era una nativa, aunque fuera la mejor nativa del mundo.

—Supongo que habrán ido a encontrarse con los niños Blackett —dijo mamá.

—Viernes no debe saber nada de ellos —dijo Titty.

—Muy bien, no lo haré —dijo mamá—. Pero ¿qué estás haciendo tú tan sola?

—En realidad estoy al mando del campamento —dijo Titty—. Pero mientras no están, da igual si en su lugar soy Robinson Crusoe.

—Estoy segura de que no —dijo mamá—. ¿Te han dejado algo de comer?

—Tengo mis raciones en la tienda —dijo Titty.

—Bueno, ya va siendo hora de que te los comas —dijo mamá—. ¿Dejarás que Viernes ponga un poco más de leña en el fuego y prepare un poco de té? No puedo quedarme mucho tiempo, pero tal vez regresen antes de que me vaya.

—No creo que lo hagan —dijo Titty—. Han navegado por el océano Pacífico. Tombuctú no es nada comparado con los sitios a donde han ido.

—Bueno, de todos modos prepararé un poco de té —dijo mamá—. A ver qué te han dejado de raciones.

Titty sacó sus provisiones, un buen trozo grande de pemmican, pan moreno, unas galletas y una rodaja grande y gruesa de pastel. Al Viernes no le hacían mucha gracia.

—Aun así —dijo ella—, creo que podremos comer algo. ¿Y la mantequilla? ¿Y las patatas? ¿Y si hiciéramos tortitas de pemmican?

Viernes rebuscó en la caja de provisiones y encontró un poco de mantequilla que estaba bastante blanda. La olió y dijo que de todos modos debía comerse, y que al día siguiente habría que conseguir más en casa de la señora Dixon.

Encontró unas patatas y también la sal. Robinson Crusoe tenía el té entre sus raciones, envuelto en un cucurucho de papel. También tenía una tabaquera llena de azúcar.

El hombre Viernes encendió el fuego, le puso ramas y pronto hizo que la llama ardiera alrededor de la gran olla. Peló unas patatas y las puso a cocer en un cazo en el borde de la lumbre. Troceó el pemmican en pedazos muy pequeños, como carne picada.

Luego, cuando las patatas estuvieron blandas, las sacó del agua, las des hizo, las mezcló con la carne picada y preparó media docena de tortas redondas y planas de pemmican y patata.

Después puso un poco de mantequilla en la sartén y la derritió, y a continuación frió las tortas de pemmican hasta que chisporrotearon y burbujearon por todas partes.

Robinson Crusoe preparó el té.

Cuando hubieron terminado de comer, que fue una muy buena comida, Robinson Crusoe dijo: «Ahora, Viernes, ¿te importaría contarme algo de tu vida antes de venir a esta isla?».

El hombre Viernes comenzó de inmediato a contar cómo había estado a punto de ser devorada por los salvajes, y cómo solo había escapado saltando de la olla a última hora.

—¿No se quemó? —dijo Robinson Crusoe.

—Mal —dijo el Viernes—, pero me unté mantequilla en las partes que más me dolían.

Y entonces el Viernes se olvidó de ser el Viernes, y volvió a ser la madre, y contó sobre su propia infancia en una granja de ovejas en Australia, y sobre los emús que ponían huevos tan grandes como la cabeza de un bebé, y las zarigüeyas que corrían por ahí con sus crías en un bolsillo en la parte delantera, y sobre los canguros que podían matar a un hombre de una patada, y sobre las serpientes que se ocultaban en el polvo.

Aquí Robinson Crusoe, que había olvidado que era Robinson Crusoe, y se había convertido en Titty de nuevo, habló de la serpiente que ella misma había visto en la caja de puros que se guardaba en la choza de los carboneros.

Luego le contó a mamá sobre el mirlo acuático, y cómo se había balanceado ante ella y había volado bajo el agua.

Luego mamá habló de la gran sequía en las granjas de ovejas, cuando no había lluvia ni agua en los pozos, y los rebaños tenían que ser arreados milla tras milla para conseguir un trago, y miles y miles de ellos morían.

Luego habló del poni que había tenido cuando era una niña, y después de los pequeños osos marrones que su padre atrapaba en el bosque, y que solían chuparle los dedos cuando los mojaba en miel.

El tiempo pasó muy deprisa, mucho más rápido que cuando Robinson Crusoe había estado solo. Pero de repente el Viernes se levantó y dijo que tenía que irse a casa.

“No puedo esperar más —dijo—. Debo volver con Vicky. Pero lamento no haber visto a John.

Vi que ayer estaba preocupado por lo que este señor Turner le había dicho, y quería preguntarle si le gustaría que le escribiera a la señora Blackett para pedirle que le hiciera saber al hermano de ella que John nunca había tocado su bote”.

Titty no estaba segura. Estaban los piratas del Amazonas en los que pensar. No convenía en absoluto mezclar a los nativos en los asuntos. Así que dijo que le diría a John lo que mamá había dicho en cuanto él volviera.

—Me pregunto por qué tardan tanto —dijo mamá—. ¿Estás segura de que estás bien aquí tú sola? ¿No te gustaría venirte a casa conmigo a Holly Howe? Podrías vigilar y gritarles cuando pasen, o podrías venir a visitarme, pasar la noche y correr por el camino hacia la casa de la señora Dixon por la mañana para reunirte con los demás cuando vayan por la leche. Podríamos dejarle una nota aquí a John para decirle adónde has ido.

Por un momento, a Titty le pareció que le gustaría ir. De algún modo, ahora que mamá se marchaba, la isla parecía mucho más solitaria que antes de que ella llegara. Luego se acordó de las luces de enfilación y del faro, y de que ella estaba al mando del campamento.

—No, gracias —dijo ella—. Prefiero quedarme aquí.

Mamá llevó la sartén, la olla, las tazas y los platos hasta el desembarcadero, y los lavó mientras Titty los secaba. Luego los trajo de vuelta al campamento y los guardó ordenadamente. Llenó la tetera y la puso sobre una de las piedras del fogón, medio sobre el fuego y medio fuera. «Allí se calentará —dijo—, y luego hervirá de golpe cuando vuelvan con sed de té».

“No creo que vuelvan tan pronto”, dijo Titty.

Madre la miró.

“Será mejor que vengas conmigo —dijo—. El campamento se cuidará solo sin problema”.

—No, gracias —dijo Titty con firmeza.

—Bueno —dijo su madre—, si estás muy segura de que estarás bien. Pero no les esperes demasiado para tomar el té. Los Blackett podrían pedirles que se queden a tomar el té con ellos.

Titty no dijo nada.

Madre subió a la barca y se despegó con un remo.

—Adiós, Robinson Crusoe —dijo ella.

—Adiós, Viernes —dijo Titty—. Fue muy divertido tenerte aquí. Espero que te haya gustado mi isla.

—Muchísimo —dijo mamá.

Ella se alejó remando lentamente.

Titty corrió hacia el mirador para saludar. Mamá pasó remando por debajo. De repente, la isla se quedó verdaderamente muy sola.

Titty cambió de opinión.

—Madre —llamó ella.

Madre dejó de remar.

—¿Quieres venir? —gritó ella.

Pero en ese momento Titty recordó de nuevo que no era meramente Robinson Crusoe, quien tenía derecho a ser rescatado por un barco que pasaba, sino que también era el marinero de primera Titty, que tenía que izar el farol en el gran árbol detrás de ella, para que los demás pudieran encontrar la isla en la oscuridad, y luego encender las luces de enfilación para poder llevar su botín al puerto.

“No,” —gritó—. “Solo adiós”.

—Adiós —gritó mamá.

—Adiós —gritó Titty. Se tendió en el punto de observación y miró a mamá a través del catalejo. De repente descubrió que no podía verla. Parpadeó, sacó su pañuelo y se limpió primero el cristal del catalejo y luego un ojo.

«Zoquete», dijo ella. «Eso es por mirar demasiado fijo. Prueba con el otro ojo».

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