Del gozo de la buena conciencia.
El testimonio de una buena conciencia es la gloria del hombre bueno.
Ten buena conciencia y siempre tendrás alegría. Una buena conciencia es capaz de soportar muchísimo y se alegra en gran manera en medio de las adversidades; la mala conciencia siempre está temerosa e inquieta.
Descansarás dulcemente si tu corazón no te condena. No te alegres nunca sino cuando hayas obrado bien.
Los malvados no tienen jamás verdadera alegría ni sienten paz interior, porque «no hay paz, dice mi Dios, para los malvados». Y si dicen: «Estamos en paz, ningún mal nos sobrevendrá, ¿y quién se atreverá a hacernos daño?», no les creas, pues súbitamente se levantará la ira de Dios contra ellos, y sus obras quedarán reducidas a la nada, y sus pensamientos perecerán.
Gloriarse en la tribulación no es penoso para el que ama; porque tal gloria es gloriarse en la Cruz de Cristo.
Breve es la gloria que es dada y recibida de los hombres. La tristeza va siempre de la mano con la gloria del mundo.
La gloria de los buenos está en su conciencia, y no en la opinión de los hombres. El gozo de los rectos viene de Dios y está en Dios, y su gozo está en la verdad.
El que desea la gloria verdadera y eterna no se preocupa por lo temporal; y el que busca la gloria temporal, o la desprecia de corazón, demuestra tener poco amor por las cosas celestiales.
El que no se preocupa ni por las alabanzas ni por los reproches tiene gran tranquilidad de corazón.
Fácilmente estará contento y lleno de paz aquel cuya conciencia sea pura.
No eres más santo por ser alabado, ni más vil por ser reprochado. Eres lo que eres; y no puedes ser mejor de lo que Dios declara que eres. Si consideras bien lo que eres por dentro, no te importará lo que los hombres digan de ti.
«El hombre mira las apariencias exteriores, pero el Señor mira el corazón»;
el hombre mira la obra, pero Dios considera la intención. Es muestra de un espíritu humilde hacer siempre el bien y estimarse en poco. No buscar consuelo en ninguna criatura es señal de gran pureza y fidelidad interior.
El que no busca testigo exterior en su propio favor, muestra claramente que se ha entregado por completo a Dios.
«Porque no el que a sí mismo se alaba es el aprobado —como dice san Pablo—, sino aquel a quien alaba el Señor».
Andar interiormente con Dios, y no verse atado por ningún afecto exterior, es el estado de un hombre espiritual.