En qué consisten la firme paz del corazón y el verdadero provecho.
“Hijo mío, he dicho: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo’.
Todos los hombres desean la paz, pero no todos se ocupan de las cosas que pertenecen a la verdadera paz. Mi paz está con los humildes y de corazón manso. Tu paz estará en la mucha paciencia. Si me escucharas y siguieras mi voz, disfrutarías de mucha paz”.
¿Qué haré entonces, Señor?
“En todo guárdate a ti mismo de lo que haces y de lo que dices; y encamina todo tu propósito a esto, a que me agradues a Mí solo, y no desees ni busques nada fuera de Mí.
Mas, por otra parte, no juzgues temerariamente acerca de las palabras o de las obras ajenas, ni te entrometas en asuntos que no te están encomendados; y así podrá ser que te turbes poco o raras veces.
Con todo, no sentir jamás ninguna desazón, ni padecer pena alguna de corazón o de cuerpo, esto no pertenece a la vida presente, sino que es el estado del reposo eterno.
Por tanto, no te juzgues a ti mismo por haber hallado la verdadera paz, si no has sentido ningún dolor; ni que entonces todo va bien si no tienes adversario; ni que esto es perfecto si todas las cosas salen según tu deseo.
Ni te estimes entonces por algo grande, ni pienses que eres especialmente amado, si te hallas en un estado de gran fervor y dulzura de espíritu; porque no por estas cosas es conocido el verdadero amante de la virtud, ni en ellas consiste el provecho y la perfección del hombre.”
¿En qué, entonces, Señor?
“En ofrecerte a ti mismo con todo tu corazón a la Divina Voluntad, en no buscar las cosas que son tuyas, ya sean grandes o pequeñas, ya temporales o eternas; de modo que permanezcas con el mismo rostro sereno al dar gracias entre la prosperidad y la adversidad, pesando todas las cosas en una balanza equitativa.
Si fueras tan valiente y sufrido en la esperanza que, cuando te sea quitado el consuelo interior, prepares aun tu corazón para una mayor resistencia, y no te justifiques a ti mismo, como si no debieras sufrir estas cosas pesadas, sino que me justifiques en todas las cosas que dispongo, y bendigas Mi Santo Nombre, entonces andas en el camino verdadero y recto de la paz, y tendrás una esperanza segura de que volverás a contemplar Mi rostro con alegría.
Pues si llegas a un completo desprecio de ti mismo, sabe que entonces gozarás de abundante paz, tanta cuantas sean posibles allí donde no eres más que un peregrino.”