De la inestabilidad del corazón, y de dirigir la intención hacia Dios.
“Hijo mío, no fíes de tu sentimiento, pues lo que ahora es, pronto se mudará en otra cosa. En tanto que vivas estás sujeto al cambio, por muy reacio que seas; de modo que te hallas ora alegre, ora triste; ora en paz, ora inquieto; ora devoto, ora desinclinado; ora estudioso, ora descuidado; ora grave, ora alegre. Mas el varón sabio, y el verdaderamente docto en espíritu, está por encima de estas cosas mudables, atento no a lo que siente en sí mismo, o de qué parte sopla el viento, sino a que toda la intención de su mente lo encamine al fin debido y muy deseado. Pues así podrá permanecer uno y el mismo e inconmovible, estando el ojo simple de su deseo firmemente fijo, a través de los múltiples cambios del mundo, en Mí.
“Mas según sea el ojo de la intención más puro, así también el hombre se abrirá paso con firmeza a través de las múltiples tormentas.
Mas en muchos el ojo de la pura intención se entenebrece; porque pronto se detiene en cualquier cosa placentera que se presenta, y raras veces se halla un hombre totalmente libre de la mancha del egoísmo.
Así los judíos de antaño vinieron a Betania, a casa de Marta y María, para ver no a Jesús, sino a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos.
Por tanto, el ojo de la intención debe ser purificado, para que sea simple y recto, y por encima de todas las cosas que salgan a su encuentro, sea dirigido hacia Mí”.