«En eso, en verdad, jamás pensé en inquirir, al ir por la ciudad. Mi único afán fue regresar, tan pronto como hube dado mi recado, con la mayor presteza que pude. Me crucé con un mensajero, un heraldo enviado por tus compañeros, que fue el primero en contarle a tu madre de tu seguro regreso. Mas esto sé, pues lo contemplé con mis ojos. Allá fuera de la ciudad, donde el collado de Hermes se alza, vi una gallarda nave que entraba en el puerto y traía a muchos hombres. Pesada iba de escudos y lanzas de doble filo; eran ellos, pensé, mas no lo puedo asegurar».
Él habló; y Telémaco, el valiente, miró a su padre con sonrisa oculta al buen Eumeo. Terminada la obra y dispuesta la mesa, banquetearon. A nadie le faltó su porción de la comida en común. Saciados ya el hambre y la sed, se acostaron a descansar, y recibieron así el don del sueño.