“¡Oh amigos! Que nadie aquí con palabras cavilosas contradiga lo que tan justamente se ha dicho, ni ultraje tampoco al extranjero, ni a uno de aquellos que sirven en la casa del divino jefe Ulises en su palacio. Quisiera decir esta palabra con benevolencia a Telémaco y a su madre; ¡ojalá les plazca a ambos!
Mientras aún se abrigaba la esperanza en vuestros corazones de que el prudente Ulises regresaría, ningún reproche podía recaer sobre la reina por permanecer soltera y resistir a quienes venían a pretenderla al palacio. Habría sido mejor así, si él hubiera vuelto a casa. Mas ahora es evidente que ya no vuelve. Ve, pues, Telémaco, y, sentándote junto a tu madre, exhórtala a casarse con el más noble de sus pretendientes, y aquel que traiga los más ricos dones; y poseas tú la riqueza de tu padre en paz, y comas y bebas a tu antojo, mientras ella encuentra otro hogar”.
Y así respondió el prudente Telémaco: «No, Agelao, pues juro por Júpiter y por los padecimientos de mi padre, que