Ahora bien, es un hecho indiscutible que quienes están igualmente familiarizados con ambos modos de existencia, y son igualmente capaces de apreciarlos y disfrutarlos, conceden una preferencia más decidida a aquel que emplea sus facultades superiores.
Pocas criaturas humanas consentirían en convertirse en animales inferiores a cambio de la promesa del más completo disfrute de los placeres de una bestia; ningún ser humano inteligente consentiría en ser un necio, ninguna persona instruida sería un ignorante, ninguna persona con sensibilidad y conciencia sería egoísta y vil, ni siquiera en el caso de que se les persuadiera de que el necio, el tonto o el bribón están más satisfechos con su suerte que ellos con la suya.
No renunciarían a lo que poseen por encima de aquel, ni por la más completa satisfacción de todos los deseos que tienen en común con él. Si alguna vez se imaginan que lo harían, solo es en casos de infelicidad tan extrema que, para escapar de ella, cambiarían su suerte por casi cualquier otra, por muy indeseable que a sus propios ojos resulte.
Un ser de facultades superiores necesita más para ser feliz, es capaz probablemente de un sufrimiento más agudo y