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Capítulo II.

No es infrecuente oír que se arremete contra la doctrina de la utilidad tildándola de doctrina atea.

Si es necesario decir algo en absoluto contra una suposición tan simple, podemos afirmar que la cuestión depende de la idea que nos hayamos forjado del carácter moral de la Deidad.

Si es una creencia verdadera que Dios desea, por encima de todo, la felicidad de sus criaturas, y que este fue su propósito al crearlas, la utilidad no solo no es una doctrina atea, sino que es más profundamente religiosa que cualquier otra.

Si se quiere decir con esto que el utilitarismo no reconoce la voluntad revelada de Dios como la ley suprema de la moral, respondo que un utilitarista que cree en la bondad y la sabiduría perfectas de Dios, cree necesariamente que todo lo que Dios haya tenido a bien revelar sobre el tema de la moral debe cumplir los requisitos de la utilidad en un grado supremo.

Pero otros además de los utilitaristas han opinado que la revelación cristiana tenía por objeto, y es apta, para infundir en los corazones y en las mentes de la humanidad un espíritu que los habilite para descubrir por sí mismos lo que es correcto, y los incline a hacerlo una vez descubierto, más bien que decirles, salvo de un modo muy general, en qué consiste; y que necesitamos una doctrina ética, cuidadosamente desarrollada, para interpretar ante nosotros la voluntad de Dios.

Sea o no correcta esta opinión, resulta superfluo discutirla aquí; puesto que cualquier ayuda que la religión, ya sea natural o revelada, pueda ofrecer a la investigación ética, está tan abierta al moralista utilitarista como a cualquier otro. Puede utilizarla como testimonio de Dios sobre la utilidad o nocividad de un determinado curso de acción, con tanto derecho como otros pueden utilizarla para indicar una ley trascendental, sin conexión con la utilidad o con la felicidad.

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