poderoso en la naturaleza humana y, felizmente, uno de aquellos que tienden a volverse más fuertes, incluso sin una inculcación expresa, por las influencias del avance de la civilización. El estado social es a la vez tan natural, tan necesario y tan habitual para el hombre que, excepto en algunas circunstancias inusuales o mediante un esfuerzo de abstracción voluntaria, nunca se concibe a sí mismo de otro modo que como miembro de un cuerpo; y esta asociación se afianza más y más a medida que la humanidad se aleja más del estado de independencia salvaje. Cualquier condición, por tanto, que sea esencial para un estado de sociedad, se convierte cada vez más en una parte inseparable de la concepción que cada persona tiene del estado de cosas en el que nace y que es el destino de un ser humano.
Ahora bien, la sociedad entre seres humanos, excepto en la relación de amo y esclavo, es manifiestamente imposible sobre cualquier otra base que no sea la de que los intereses de todos deben ser consultados.
La sociedad entre iguales solo puede existir bajo el entendimiento de que los intereses de todos han de ser considerados por igual. Y puesto que en todos los estados de civilización, toda persona, excepto un monarca absoluto, tiene iguales, todo el mundo se ve obligado a vivir en estos términos con alguien; y en todas las épocas se avanza algo hacia un estado en el que será imposible vivir permanentemente en otros términos con nadie.
De este modo, las personas crecen incapaces de concebir como posible para ellas un estado de total indiferencia hacia los intereses de los demás. Se hallan bajo la necesidad de concebirse a sí mismas al menos como absteniéndose de todas las ofensas más graves, y (aunque solo sea por su propia protección) viviendo en un estado de protesta constante contra ellas.