persona que sufre la privación puede (según la frase) haber forfeitado —perdido— los derechos de los que así es privada: un caso al que volveremos en breve. Pero además,
En segundo lugar; los derechos legales de los cuales es privado, pueden ser derechos que no debieran haberle pertenecido; en otras palabras, la ley que le confiere estos derechos puede ser una mala ley. Cuando esto es así, o cuando (lo que para nuestro propósito es lo mismo) se supone que es así, las opiniones diferirán en cuanto a la justicia o injusticia de infringirla.
Algunos sostienen que ninguna ley, por mala que sea, debe ser desobedecida por un ciudadano individual; que su oposición a ella, si es que se manifiesta, solo debe mostrarse procurando que sea modificada por la autoridad competente.
Esta opinión (que condena a muchos de los más ilustres benefactores de la humanidad y que a menudo protegería a las instituciones perniciosas frente a las únicas armas que, en el estado de cosas existente en ese momento, tienen alguna posibilidad de triunfar contra ellas) es defendida por quienes la sostienen sobre la base de la conveniencia; principalmente por la importancia que tiene para el interés común de la humanidad mantener inviolable el sentimiento de sumisión a la ley.
Otras personas, de nuevo, sostienen la opinión diametralmente contraria, de que cualquier ley que se considere mala puede desobedecerse sin culpa, aun cuando no se juzgue injusta, sino tan solo inoportuna; mientras que otras limitarían la libertad de desobediencia al caso de las leyes injustas; pero, por otra parte, algunas afirman que todas las leyes que son inoportunas son injustas, ya que toda ley impone alguna restricción a la libertad natural de la humanidad, restricción que es una injusticia a menos que sea legitimada por tender a su bien.
Entre estas diversidades de opiniones, parece admitirse universalmente que puede haber leyes injustas y que la ley, por consiguiente, no es el