La señora Conger me informó inmediatamente de la recepción de este documento, y salí de Shanghái hacia Pekín el 29 de julio. A mi llegada a Pekín, fui recibida cordialmente por el señor y la señora Conger en la Legación estadounidense, y el cinco de agosto la señora Conger me presentó ante Su Majestad la Emperatriz Viuda en el Palacio de Verano en Audiencia privada.
Como era una gran innovación en las costumbres chinas y una ruptura con una tradición largamente establecida que se pintara un retrato imperial, no había precedentes que seguir y todos los preparativos eran de lo más vagos; y cuando entré en Palacio para mi primera Audiencia, no sabía si tendría una sesión o diez, y nadie más parecía tener información más precisa.
Todo era incertidumbre. Todo dependía de la inclinación de Su Majestad, y había que esperar a los acontecimientos futuros. Sentía que iba realmente al Palacio a prueba y que mi recibimiento y mi trabajo dependían de la fantasía y los caprichos de un Gran Personaje de quien, según los informes corrientes, poco podía esperar.
El día de mi primera Audiencia, me dijeron en el Ministerio de Asuntos Exteriores que Su Majestad solo me concedería una sesión, por lo que no fui con el espíritu muy tranquilo a ser presentada a la Gran Emperatriz Viuda, Tze-Shi.
Pero todo esto cambió cuando la vi. Me recibió amablemente, fue muy clemente. Se me destinó un Palacio y se me ofreció toda facilidad para mi trabajo: durante mi estancia en la Corte china pinté no solo el retrato para la Exposición de San Luis, sino otros tres de Su Majestad.
Por muy singulares que fueran mis experiencias en los diferentes palacios de Sus Majestades Celestiales, llegué a la conclusión, tras haber vivido en la Corte unos meses, de que jamás haría públicas dichas experiencias.