El pabellón principal de este conjunto contaba con un elevado salón central, del cual se abrían, por un lado, los dormitorios y vestidores, y por el otro, el comedor y las dependencias. Grandes puertas en el centro del salón, que había decidido usar como sala de estar, se abrían a una amplia galería que recorría toda la longitud del edificio. Unos escalones de mármol conducían desde allí a un patio lleno de arbustos con flores. Dos lados de este encantador patio tenían pabellones más pequeños similares al salón central, y frente a este último había un pintoresco muro de piedra, cuya parte superior era de celosía de tejas, con aberturas de formas curiosas a intervalos irregulares. En el centro de este muro, unas puertas de madera maciza se abrían a una hermosa terraza sobre el lago, sombreada por hermosos olmos centenarios. Era una vivienda encantadora, y este grupo de edificios pronto empezó a ser conocido como el «Ker-Gunia Fu», siendo «Ker-Gunia» la adaptación al chino de «Señorita Carl» [Miss Carl] y «Fu» significando «Palacio», ya que a los chinos les gustan mucho los apodos. Supe más tarde que estos pabellones habían sido la morada del hijo del Séptimo Príncipe, el actual emperador Kwang-Hsu, después de haber sido elegido heredero al trono y hasta que fue a vivir de manera permanente al Palacio Imperial.
Como Su Majestad me concedía sus sesiones matinales una vez terminada la Audiencia (que duraba desde las ocho hasta las diez u once), me quedaba tiempo de sobra, después de mi taza de té, para explorar los jardines de nuestro Palacio, y cada día descubría nuevas bellezas. El parque estaba rodeado por altos muros, pues los chinos celan mucho su privacidad. Algunas zonas de los jardines presentaban suaves ondulaciones, y todas las eminencias desde donde se divisaban vistas estaban coronadas por encantadores cenadores y miradores.