En sus visitas al Palacio solía escuchar a Su Majestad y a esta Emperatriz citando algunos de sus clásicos o poemas favoritos. Las citas pasaban de la una a la otra, a veces durante media hora sin parar, y, en ocasiones, repetían al unísono alguna frase predilecta. Nunca olvidaré el aspecto que tenían: Su Majestad sentada en su mesa del Trono con sus flores o en alguna ocupación ligera, su nuera de pie a su lado, con el rostro iluminado por el placer mientras repetían verso tras verso.
Cuando la Emperatriz Viuda se retiraba a sus propios aposentos para tomar la siesta, su lector venía trayendo volúmenes de sus autores favoritos.
Algunos días podía oír su voz subiendo y bajando en cadencia regular durante todo el tiempo que ella descansaba en sus aposentos.
Cuando le interesaba particularmente lo que le habían leído, hacía que le llevaran el libro cuando salía a su paseo diario y se sentaba a leer mientras la llevaban en su silla descubierta, o mientras navegaba en la barcaza.
Esto no ocurría a menudo, sin embargo, ya que, al sentir un deleite tan intenso por todas sus manifestaciones, prefería leer en el libro de la Naturaleza cuando estaba al aire libre.
Ella es una gran amante del teatro y prefiere el clásico, las obras antiguas, al drama chino moderno. Hizo representar una obra nueva, mientras yo estaba en Palacio, con la que pareció quedar muy complacida. Estudió la obra durante varios días antes de que se estrenara y, en la primera función, siguió cada línea con intenso interés. Envió a sus eunucos varias veces al escenario para sugerir cambios en la interpretación de ciertas partes y en la dicción de determinados parlamentos.