de posibilidades, tal vez un mundo de acontecimientos. ¿Está estudiando en silencio cómo aprovechar la oportunidad, la próxima vez que pase, y saltar sobre su lomo y fustigarla hacia el Progreso o hacia... ¿la Ruina? A ambas se enfrentaría con esa misma sonrisa estoica y propia de la Esfinge, estoy segura.
Parece, ahora, dar pocos consejos. No obstante, concede audiencias y ve a muchos de los funcionarios a solas. Emana decretos independientemente de Su Majestad; pero en todos los asuntos graves, y en las reuniones del Gran Consejo, Su Majestad está siempre presente, y las decisiones son el resultado de las opiniones de ambos.
Cuando los despachos eran llevados a la Sala del Trono de Su Majestad estando el Emperador presente, se le entregaban primero a ella y, tras darles un vistazo, ella se los daba a él. Él, después de leerlos detenidamente, se los devolvía a ella rara vez con algún comentario. Se podía ver, sin embargo, que esto no se debía a la ignorancia del tema, sino a que confiaba, por el momento, en la mayor experiencia de Su Majestad.
Aunque el Emperador no parece considerar que ha llegado el momento de actuar, estudia cada acontecimiento con la mayor atención y está bien informado sobre todo asunto relacionado con el bienestar del Estado.
Mientras la Emperatriz Viuda ocupe el trono junto a él, creo que no intentará anteponer ninguna de sus ideas a las de ella. Sabe que ella también desea el progreso para China, y que sus métodos, más conservadores y necesariamente más lentos que los suyos, pueden, al final, lograr resultados igual de buenos.
Parece confiar plenamente en ella y estar dispuesto a dejar que ella lleve la iniciativa. Sabe, y el mundo pronto lo verá, que Su Majestad la Emperatriz Viuda también ha jurado el progreso de China; que no es antiprogresista ni está en contra de la reforma, ahora que siente que ha llegado el momento del Progreso y la Reforma. Sus últimos edictos lo demuestran.