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nydus/With the Empress Dowager of ChinaPublic
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XXVIII. Unos días de invierno en el palacio

Me costó mucho representar las nueve efigies de fénix a tamaño natural, de colores vivos, sobre un biombo de esmalte cloisonné colocado casi tocando el trono, de modo que no parecieran aves reales volando alrededor de su cabeza.

Los búcaros de flores y los adornos también estaban colocados a distancias exactamente iguales a ambos lados del trono, pero era necesario pintarlos de esta manera. De otro modo no habría sido «correcto».

La figura estaba en el centro exacto del biombo triple y tan cerca de él que era imposible conseguir atmósfera alguna en el fondo.

No había ni un solo pliegue ni en el vestido ni en las mangas; pero para entonces ya me había resignado a la convención y a la tradición, y copié mecánicamente lo que tenía ante mí, sin hacer más esfuerzos por lograr arreglos artísticos ni intentar experimentos en la ejecución. Trabajaba como un buen artesano, acabando tantos centímetros al día.

El tiempo era ya demasiado frío para otra cosa que no fuera el corto paseo de salud y, además, no había ningún lugar en el Palacio de Invierno que tentara a uno a dar un paseo, solo los patios amurallados y los caminos cerrados, entre altas murallas. Incluso los paseos de Su Majestad se reducían a ir a la Sala de Audiencias por la mañana y caminar por los patios, de un Salón del Trono a otro.

Todos los días veíamos a la Emperatriz Viuda durante unos momentos en su Salón del Trono antes de que yo fuera a trabajar. Los días de teatro, le hacía mi saludo matutino en su palco del teatro, y cuando la luz disminuía y ya no podía pintar más, iba al palco de la joven Emperatriz y de las Damas para la última obra y el final espectacular, momento en el que siempre había buenas iluminaciones y efectos bonitos.

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