Su cabello abundante y muy largo, una característica de los manchúes, es hermosamente sedoso y brillante, y siempre está arreglado con el mayor cuidado. Se dice que le disgusta mucho que lo afeiten, pero la tradición, inmutable en China, no permite que un hombre menor de cuarenta años, aun cuando sea el «Hijo del Cielo», lleve bigote o patillas. Como todo chino bien educado, tiene los pies y las manos pequeños; estas últimas, largas y delgadas, y sumamente expresivas.
El Emperador viste con extrema pulcritud y gran sencillez, lleva pocos adornos y ninguna joya, excepto en las ocasiones de Estado.
Su rostro tiene una expresión amable, pero la mirada de sus ojos de párpados algo pesados es astuta e inteligente.
Su actitud es tímida y reservada, pero esto no parece deberse tanto a una falta de confianza en sí mismo como a la ausencia de esa cualidad magnética que otorga una apariencia de seguridad.
Me parecía el ideal de lo que uno imaginaría que es un potentado oriental, cuyo título es el «Hijo del Cielo». Hay una cualidad semejante a la de una esfinge en su sonrisa. En sus ojos se ve la mirada serena, medio despectiva hacia el mundo, propia del fatalista. Hay un carácter abstracto en la sutileza de su mirada, un carácter abstracto que encarna la idea que uno tiene del «Espíritu de Oriente». Al principio es difícil saber si esto proviene de un sentimiento de poder o del conocimiento de la falta de este, pero esa mandíbula firme y sin carnosidades, ese rostro ascético y esa mirada perspicaz, muestran que debe de haber una fuerza de reserva, que no puede haber falta de poder, si deseara ejercerlo.