Como el día iba declinando y yo iba delgada de ropa, Su Majestad pensó que tenía frío y, al ver que no llevaba abrigo, llamó al eunuco mayor para que me trajese uno de los suyos. Él eligió uno de entre los muchos que siempre llevaban a estos paseos y se lo dio a Su Majestad, quien me lo echó sobre los hombros. Me pidió que me lo quedara y que intentara recordar cuidarme mejor en el futuro.
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Regreso al Palacio de Verano
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