la costumbre extranjera sentarse sobre cojines en el suelo, como era el hábito de las Damas cuando estaban en su presencia, y que debía sentarme a su lado. Esta era la consideración que siempre me mostraban en Palacio, de la cual me daba cuenta cabal de que no se debía a ningún afecto especial hacia mí, sino simplemente a su exquisita educación: su deseo de hacerme sentir cómoda y como en casa.
Cuando llegamos al otro lado del lago, la Emperatriz y las Damas se pusieron de pie mientras Sus Majestades desembarcaban. Fueron recibidos por una gran explosión de música de las bandas. Varios príncipes y funcionarios aguardaban para recibirlos y conducirlos a los hermosos palcos que se les habían preparado.
Era una procesión pintoresca que partía del desembarcadero: la Emperatriz Viuda y el Emperador, bajo los grandes paraguas de Estado de seda amarilla bordada, precedidos y rodeados por servidores ataviados con suntuosidad y funcionarios de espléndidos ropajes; la joven Emperatriz y las damas, en traje de gala, marchaban detrás con sus eunucos y servidores. El día era perfecto y un sol glorioso acrecentaba el efecto brillante. El lado de la tienda orientado hacia los palcos imperiales estaba abierto. Había una plataforma con barandilla ante los pabellones que se habían erigido a modo de palcos. Estos pabellones estaban lujosamente amueblados: los palcos de Sus Majestades estaban colgados con el amarillo imperial. Una silla de satén amarillo (con otra más pequeña a su izquierda) se encontraba en el centro de la plataforma elevada, bajo el toldo de seda, y Sus Majestades podían sentarse allí o dentro según prefirieran. La Emperatriz y las damas permanecían de pie en grupos a ambos lados de esta plataforma.
Alrededor de doscientos funcionarios habían sido invitados a ver el circo y, al contrario de la costumbre habitual, no había ningún biombo entre ellos y el grupo imperial.