Los obreros estaban reparando y volviendo a dorar al Gran Buda, y la mayoría de las efigies de los santos y las imágenes de los atributos personificados se encontraban en filas abatidas por los pasillos a la espera de que concluyeran sus hornacinas y capillas.
El interior, de proporciones espléndidas, resplandecía con hermosos y sombríos colores. Los artesonados de madera tallada presentaban diseños de pechinas, que recordaban a los que había visto en la Alhambra; pero la pintura, en colores primarios, de este artesonado minuciosamente tallado le confería una mayor riqueza cromática y dotaba al interior de una armonía más cálida y profunda que la de los blancos diseños moriscos.
Las capillas situadas detrás del altar mayor estaban separadas del templo principal y entre sí por mamparas de madera primorosamente talladas, con una rica seda brocada de un verde brillante (el color de Buda), extendida por detrás del calado y visible a través de los intersticios de la talla.
Estas capillas están destinadas a los textos sagrados y a las vestiduras de los sacerdotes, y también se utilizan como vestuarios y salas de descanso para los oficiantes. Corresponden a las sacristías de las iglesias católicas en Europa.
El espacio situado detrás del altar tenía forma de ábside y se abría a una terraza de mármol semicircular, de treinta pies de altura, con una balaustrada de diseño de loto convencionalizado, tan querido por los arquitectos chinos. Desde esta terraza teníamos una hermosa vista de la Colina del Carbón, coronada por la curiosa Dagoba, tan conocida en todas las vistas de la Ciudad Imperial, así como del mirador que marca el lugar donde el último emperador de los Ming se suicidó al ser conquistado. En los dos extremos de la terraza había encantadores cenadores octogonales, donde los sacerdotes podían ir a descansar y a la