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nydus/With the Empress Dowager of ChinaPublic
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Regreso al Palacio de Verano

removiéndolas en el té con estas varitas graciosas. Los chinos nunca usan cucharilla. Su Majestad bebe su té de una taza de jade, que se coloca en un platillo de plata calado, de hechura curiosa y hábilmente labrado. Los chinos toman el té hirviendo, y el jade no se calienta tanto como una taza de porcelana.

Continuamos nuestro paseo por los jardines después de salir de la casa de té y, cuando pasábamos junto a un arriate de flores, Su Majestad avistó cierta hierba curiosa, que ordenó a los eunucos que recogieran. Cuando se la llevaron, tejió hábilmente varias briznas para formar una representación perfectamente reconocible de un conejo. Lo hizo tan rápido que no me di cuenta de que intentaba hacer nada hasta que me arrojó el resultado terminado y me preguntó qué me parecía. Era inconfundible.

Cuando llegamos a nuestro punto de destino, una de las mayores eminencias del terreno, con todo el panorama de las Colinas Occidentales extendido a nuestros pies y el sol poniente brillando sobre todo con un esplendor magnífico, era una escena gloriosa. Me llamó a su lado e hizo un gesto elegante y amplio con la mano que parecía decir: «Todo esto es mío, pero puedes compartirlo conmigo». Tenía ese sentimiento de posesión de las bellezas de la naturaleza que todas las almas artísticas experimentan, pues su aprecio hace suyo lo que contemplan. Sentía que era suyo porque lo amaba profundamente, y sabía que yo sabría apreciarlo, algo que pocos de su séquito hacían, ya que ninguno de ellos era un amante tan apasionado de la naturaleza como la emperatriz viuda, y la costumbre había embotado su percepción de la belleza del paisaje. El exquisito placer que me proporcionaba la contemplación de esta vista gloriosa me hacía temblar de deleite.

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