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nydus/With the Empress Dowager of ChinaPublic
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X. Pekín—El Palacio del Mar

inclinaban sobre el lago y flores encantadoras que crecían donde hubiera un lugar para plantarlas. La alta figura del eunuco magníficamente ataviado, de pie en la proa, recitando, con cadencia rítmica, poemas e historias, le brindaba a uno la ilusión y el encanto de Las mil y una noches, de las que me había alimentado en mi infancia, y que hoy parecía estar viviendo en persona.

Pronto llegamos a un pequeño islote en el lago, con una especie de templo abierto construido sobre una losa de mármol negro que llevaba una inscripción grabada. Pedí desembarcar para examinarla, y San-Gunia, la mayor de las hijas de la señora Yu-Keng, una joven notablemente inteligente y muy versada en la literatura china, tradujo los caracteres.

La inscripción era un poema, un tributo al Gran Padre que había colocado graciosamente allí esta isla, la cual «de noche era bañada por la gloria de la Luna y besada por el Sol de día, mientras las aguas cristalinas del lago formaban un brillante collar sobre su pecho».

Más allá de la isla vi un templo. No había ningún desembarcadero, y el templo estaba en reparaciones. El eunuco mayor, sin embargo, al ver cuánto deseaba subir, hizo que la barca se acercara y trajeran unos peldaños, por los cuales trepamos como pudimos.

Este era uno de los templos destruidos con tanta crueldad e innecesariamente profanados por los Aliados durante su ocupación de Pekín. Pasamos por el huerto de los monjes —despojado de toda su gloria, pero donde aún crecían unas pocas verduras y flores— y seguimos a través de un hermoso bosquecillo de tuyas, con árboles seculares plantados en forma de cruz, y llegamos al patio del templo. Aun en su estado ruinoso, con los obreros todavía dentro, era hermoso, y antes de haber sido tan dañado debió de ser un magnífico ejemplo de la arquitectura de templos china.

Las celdas de los monjes lamas estaban ahora desocupadas y no había sacerdotes oficiantes.

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