Entonces era cuestión de etiqueta comer con, al menos aparente, entusiasmo. En esta comida en la mesa de Su Majestad, su puesto permanecía vacío. Cuando yo estaba en palacio y éramos invitadas a comer a su mesa, las damas se sentaban; pero cuando yo no estaba allí, las damas se ponían de pie para comer, si ella aún se encontraba en el edificio, cumpliendo así con una convención muy antigua. La emperatriz viuda era muy inflexible respecto al cumplimiento de todas las costumbres tradicionales y muy exigente con la etiqueta de la corte, pero también era muy considerada con las damas. Cuando había comido, abandonaba su sala del trono o se ocultaba tras algún biombo para que ellas pudieran sentarse y comer en paz. La he visto regresar a la sala del trono mientras las damas estaban comiendo, pero lo hacía sigilosamente, sin permitir que los eunucos la precedieran, para que las damas no se vieran obligadas a levantarse a su entrada.
Cuando la Emperatriz Viuda comía, se sentaba a la cabecera de una larga mesa literalmente repleta de los numerosos platos colocados sobre ella.
En mesas auxiliares había enormes bandejas de plata con cochinillo, ganso al vapor, aves enteros, etc. Antes de servir estos últimos, se los llevaban para que los viera, tal como el mayordomo, en Europa, le muestra el faisán y los platos principales a la señora de la casa.
Sus platos eran de porcelana amarilla, con tapas de plata cinceladas de forma curiosa, con diseño piramidal y pintoresco.
Cuando ella se levantaba para dirigirse a la mesa, un eunuco que permanecía cerca gritaba: «Retiren las cubiertas»; la palabra se repetía a lo largo de la fila de eunucos en espera, quienes se lanzaban hacia adelante y despojaban de sus cubiertas a los numerosos platos de la mesa como por arte de magia. En el puesto de su majestad había dos cucharillas, un platillo y un cuenco, un par de palillos y un pequeño cuadrado doblado de tela suave,