parlamentos. Los escenarios superiores también cuentan con trampillas y poleas para su uso en las obras espectaculares. Su Majestad subió, ella misma, para mostrarme estos escenarios. Subió los empinados y difíciles escalones con tanta facilidad y ligereza como yo, y eso que yo llevaba zapatos europeos cómodos, mientras que ella usa la suela manchú de quince centímetros de alto en el centro del pie, y realmente debe caminar como si fuera sobre zancos.
Ni la Emperatriz Viuda ni ninguna de las damas manchúes se vendan los pies; esa costumbre prevalecía en China antes de la conquista manchú.
Los manchúes han adoptado muchos de los modales y costumbres de los chinos, pero las mujeres manchúes han conservado su propia individualidad; y hoy, después de más de doscientos cincuenta años en China, todavía visten su traje nativo, completamente diferente al de las mujeres chinas.
Todavía se peinan a la pintoresca usanza manchú. No solo nunca se han vendidó los pies, sino que le tienen tanto horror a eso como los europeos.
Las damas manchúes no están atadas por las mismas rígidas convenciones sociales que las mujeres chinas. Están menos circunscritas y tienen más libertad individual que cualquier otra mujer oriental.
De hecho, la mujer manchú parece ser, para las demás mujeres orientales, lo que la mujer estadounidense moderna es para sus hermanas europeas.