deseaba que se pintaran. Un día, al entrar en este patio, vi a un grupo abotonado de funcionarios que estudiaban las flores. Inclinaron gravemente la cabeza con la dignidad habitual de los chinos, y más tarde descubrí que eran confrères.
Me resultó interesante ver sus métodos —tan diferentes de los nuestros, pero que llegaban a un resultado muy artístico—. Nunca les hablé; pero, como yo era una bárbara exterior, aproveché mi posición y los observé trabajar desde mis ventanas, aunque me cuidé de mantenerme oculta tras las cortinas, al más puro estilo oriental. Trabajaban en el patio, muy cerca de mi pabellón. El pintor principal elegía la flor que iba a ser copiada, y los demás lo rodeaban mientras él pintaba, pétalo a pétalo, con la más laboriosa y minuciosa atención. Mientras él trabajaba, los demás tomaban notas y hacían estudios de la misma flor. Cuando este laborioso primer estudio terminaba, uno de los pintores lo copiaba con mayor soltura, y esta copia era copiada hasta que finalmente llegaban a un estudio audaz, que parecía hecho de premier coup.
Cuando los crisantemos estaban en todo su esplendor, un día en que Su Majestad me había permitido seguir trabajando mientras ella y las Damas salían a pasear, me trajo, a su regreso, una variedad nueva y curiosa.
Cuando me la entregó, dijo: «Te daré algo lindo si adivinas qué nombre le he puesto a esta flor».
Era una de esas nuevas variedades con pétalos parecidos a cabellos y un centro compacto, como la calva de un anciano. Le dije que temía no poder adivinarlo, pero que pensaba que «se parecía a la cabeza de un viejo».
A ella le encantó y dijo: «Has adivinado. Acabo de bautizarla con el nombre del Anciano de la Montaña».