Me alegró tener la oportunidad de presenciar esta interesante ceremonia y enterarme de que incluso este gran rito, el cual había pensado, al igual que el sacrificio a la Deidad Invisible en el triple altar, que solo se realizaba en los terrenos del Templo del Cielo; y enterarme de que cada costumbre querida por el pueblo, o incorporada a la vida nacional, es observada en el Palacio por el Emperador y la Emperatriz—que Su Majestad realmente labra el primer surco del año y recoge las primeras gavillas de trigo maduro, y que las Damas del Palacio realmente hilan la primera seda y cosechan los primeros frutos.
El lento movimiento de los botes de Palacio jamás fue tan apreciado por mí como en esta mañana, pues así se me permitió ver bien esta curiosa ceremonia nacional, la cual nunca habría visto de no ser por la casualidad de la hora de mi cruce del lago y el tiempo que tardó en efectuarse; pues, como en todas las ceremonias en las que hay hombres presentes, por supuesto, ¡no había ninguna integrante del séquito de Su Majestad, y ninguna de las Damas o Princesas había visto jamás esta ceremonia!