fijado en él por casualidad, mientras llevaba mis abrigos en uno de los paseos con Su Majestad. Le gustó su rostro y sus modales y lo tomó a su propio servicio. Al eunuco se le concedió un «botón» y se le prometió que ascendería muy rápido de categoría. Este eunuco llevaba unos quince años en Palacio; y si Su Majestad no se hubiera fijado en él por casualidad, habría podido vivir y morir en el olvido, ¡y nunca habría tenido un botón, pues su «amo» había muerto y no tenía ningún protector que impulsara sus intereses!
Cuando uno comprende que los Palacios del Emperador de China son como ciudades, y que sus asuntos son administrados principalmente por los eunucos, resulta evidente que debe de haber una gran inteligencia entre ellos, así como magníficas oportunidades para acrecentar su fortuna personal.
Oí, antes de entrar en Palacio, hablar del gran poder y la falta de escrúpulos de los Grandes Eucunques; de que sería necesario ser muy conciliador con ellos y hacerles muchos y magníficos regalos. No lo encontré así.
Nunca hice el menor esfuerzo por conciliarme con ninguno de ellos, ni di ningún regalo magnífico, y a todos los hallé respetuosos; me dispensaron toda clase de consideraciones y, en general, me parecieron bastante agradables en el trato.
Algunos de ellos eran incluso inteligentes e interesantes, y todos tenían muy buenos modales. De hecho, no puedo alabar lo suficiente los modales de los chinos como raza. Coincido plenamente con la opinión de un ingenioso francés que dijo de China: « Aujourd’hui c’est là où les bonnes manières se sont refugiées. »