Parecía haber una absoluta falta de armonía entre las damas de la Legación. Cada una parecía observar a la otra con ojo receloso, en el temor constante de que alguien pudiera extralimitarse en su puesto. Algunas no dudaban, incluso, en mostrar sus enemistades privadas en los escalones del Trono, o ante sus anfitrionas en la mesa. Parecían actuar bajo el principio de que los chinos, al no entender el idioma, no entenderían ninguna otra cosa. Era una pena que este pueblo tan sumamente puntilloso, el chino, tuviera que juzgar a las damas europeas por esta aparente falta de cordialidad. Ellos las recibían a todas con igual favor y perfecta etiqueta, y era una lástima que la falta de armonía entre las damas extranjeras las hubiera llevado a cometer lo que parecían faltas de etiqueta, que los chinos no habrían podido dejar de observar. Me sorprendió ver cuán observadores eran estos últimos y con cuánta precisión calibraban nuestra posición.
Sus comentarios sobre nuestros trajes también fueron muy interesantes. A Su Majestad parecía gustarle la indumentaria extranjera, especialmente si era de colores bonitos, pues le encantaba el color. Decía que el traje extranjero sentaba muy bien a las personas de buena planta y proporciones armoniosas; pero opinaba que, si bien realzaba una buena figura, era desafortunado para cualquiera que no tuviera esa dicha. Pensaba que el traje chino, al caer en líneas rectas desde los hombros, sentaba mejor a las personas regordetas, pues ocultaba muchos defectos. Un comentario generalizado entre estas damas chinas sobre nosotras fue que parecíamos mayores de nuestra edad. Los chinos bien educados reprimen, desde la primera infancia, toda manifestación exterior de emoción. Llevan una vida tan sencilla y sana —«A la cama y a levantarse temprano»— que rara vez se aprecian arrugas en sus rostros hasta que alcanzan una edad avanzada, momento en el que parecen pasar de repente de la madurez plena a la vejez extrema.