Después de andar a la deriva durante algún tiempo, desembarcamos y nos adentramos en los huertos y entre los manzanos.
La manzana es una fruta muy apreciada por los chinos, y se valora tanto por su fragancia como por su sabor. Es emblemática de la Paz y la Prosperidad, y siempre se coloca entre las ofrendas a Buda, por lo que también posee una cualidad sagrada; pero, aunque hermosa en forma y color, la manzana china tiene muy poco sabor, siendo la de menor gusto de entre todas sus frutas.
Su Majestad paseó entre los árboles y mandó a recoger varias manzanas, las cuales comió con mayor gusto que yo, pues me ofreció una muy amablemente, y luego me indicó que cogiera algunas para mí. Un eunuco trajo una cesta y las fue tomando a medida que las iba recogiendo, y ella me dijo que las hiciera llevar a mis propios aposentos.
Desde el huerto continuó su paseo hacia los jardines de flores, donde cogió algunas pequeñas flores y se las colocó detrás de las orejas, a la española, diciéndoles a las Damas que hicieran lo mismo, y escogiendo ella misma algunas para mí y poniéndolas sobre mis orejas.
Sabía que estas pequeñas muestras de favor que me demostraba no se debían tanto al afecto hacia mí como a su deseo de hacer que el «forastero» se sintiera como en casa. Esperaba que, al mostrarme estas atenciones especiales, se aseguraría un trato similar hacia mí por parte de las Damas y los eunucos.
Ya he aludido al amor de Su Majestad por las flores. Este era el rasgo de su carácter que parecía más incompatible con la idea que me había formado de ella por lo que había oído, y su amor por las flores y por toda la naturaleza hizo que cambiara por primera vez esa idea. Me parecía que nadie podía amar las flores y la naturaleza como ella lo hacía y ser la mujer que se había pintado.