pinceles y mi paleta, guardaban el caballete y cerraban la caja amarilla con llave. Nuestro eunuco jefe llevaba la llave de la caja.
Terminada la sesión de la tarde, salimos a dar otro de esos agradables paseos por los jardines.
Los días ahora se acortaban visiblemente, y las tardes empezaban a refrescar. Mientras recorríamos los jardines, Su Majestad se detenía en todos sus puntos favoritos y contemplaba la vista durante unos instantes, como para saludarla de nuevo tras su ausencia.
Amaba el Palacio de Verano y siempre le parecía un placer regresar a él.
Tomamos té en una de las casas de té donde había mesas y asientos. Ella ordenó a los eunucos que prepararan una especie de manjar blanco con harina de raíz de loto, que estaba delicioso y, como ella dijo, era de lo más saludable.
Cuando la emperatriz viuda sale a pasear, lleva consigo horninillos portátiles y toda la parafernalia necesaria para cocinar un refrigerio ligero. Me parecía maravilloso ver la forma en que los chinos podían cocinar, con aparentemente tan pocas comodidades.
Después de esto tomamos té. El mejor té de China se envía a Palacio. Las primeras hojas de las plantaciones de todo el Gran Imperio se reservan para Sus Majestades. Su Majestad, que es una gran epicúrea, elige a su gusto entre estas hojas selectas. Añade delicadeza a su sabor ya de por sí exquisito poniendo en su taza flores de madreselva seca, flores de jazmín u otras flores aromáticas. La miel de estas flores endulza ligeramente el té, además de aportarle un sabor delicado y sutil, bastante único. Estas flores secas se traen en un cuenco de jade, con dos palillos largos de cerezo, con los cuales Su Majestad coge las flores y las coloca en su taza,