le respondí que sí, y en consecuencia se envió una invitación, a través del Ministerio de Asuntos Exteriores, para que la señora Conger fuera a ver el retrato.
Como Su Majestad iba a recibirla en el Salón del Trono donde yo pintaba, se decidió que no podía trabajar en ese día. Yo esperaba firmemente que el retrato fuera expuesto en el Salón del Trono, el único lugar donde tenía una luz adecuada; pero, para mi desilusión, se le pidió a la señora Conger que lo viera en la pequeña estancia donde se guardaba cuando yo no trabajaba en él.
Cuando entramos, el Gran Eunuco retiró ceremoniosamente la cubierta amarilla sobre el «Cuadro Sagrado», que colgaba plano contra la pared con una luz muy mala, con reflejos molestos. La pequeña habitación estaba también incómodamente abarrotada con Su Majestad y su séquito, de modo que era imposible ver el lienzo entero de un vistazo. La señora Conger quedó, sin embargo, tan encantada con el parecido y la expresión realista de los ojos, ya que la parte superior del cuadro estaba con una luz bastante buena, que el comentario se detuvo ahí.
Este primer retrato representaba a la Emperatriz Viuda sentada en uno de sus tronos tallados cantoneses favoritos. La figura era de tamaño natural. En una mano sostenía una flor, y la otra descansaba sobre un cojín amarillo. La punta de un pequeño zapato bordado, con su suela de cabritilla blanca adornada con joyas apoyada en un escabel con forma de dragón, se asomaba bajo el dobladillo de su vestido. La cabeza estaba en vista de tres cuartos, con los ojos mirando al observador. Una jardinera, con su orquídea favorita, se encontraba detrás del trono a la derecha.