alfombrada con suntuosidad, sobre la que se alzaban un gran trono antiguo y un escabel de laca roja, enmarcados en madera de ébano e incrustados de cloisonné; el biombo de tres hojas situado detrás era de bronce, con paisajes en bajorrelieve. En cada hoja, un poema en caracteres dorados aportaba el toque necesario de brillantez a la sombriza solidez del bronce opaco.
Grandes puertas de madera, con enormes dragones dorados en alto relieve, se abrían hacia los aposentos de la derecha y de la izquierda de este espléndido vestíbulo. Estos portales estaban siempre de par en par, y pesadas cortinas de satén acolchado pendían de los dinteles. La parte delantera y trasera del vestíbulo era casi en su totalidad de cristal, con las columnas que sostenían el techo erguidas claramente entre las ventanas—la mitad inferior de cristal de placa, la superior, de transparente papel coreano.
Los apartamentos de la derecha, adonde, a una seña de Su Majestad, seguí a las Damas, eran sus habitaciones diurnas.
Su sala de estar, con vistas a la galería, iluminada espléndidamente por dos flancos de ventanas, ofrecía un contraste deslumbrante con el sombrío esplendor del Salón del Trono.
El sol que entraba a raudales por las ventanas, las alegres flores y plantas vivas, las frutas amontonadas en grandes cuencos pintados, los divanes bajo las ventanas con cojines de raso, los toques de feminidad, el sutil perfume, incluso el pequeño altar a Buda—todo denotaba las características de su augusta dueña, quien, en sus horas de descanso, amaba el sol y las flores, y se deleitaba en la belleza y el perfume.
Al entrar, Su Majestad se acercó al pequeño santuario, encendió tres delgadas varillas de incienso fragante y las colocó en posición vertical sobre las cenizas perfumadas del incensario de oro, a los pies de Buda.