Las sopas, las verduras y los guisos de carne se mantenían así hirviendo sobre la mesa. Una noche le sugerí a uno de los eunucos que colocara la botella de burdeos cerca del fuego antes de servirlo, para que perdiera el frío. Un día muy frío, poco después, el eunuco trajo una gran tetera ¡y comenzó a servir el burdeos hirviendo de ahí! Los chinos beben sus vinos calientes, y él pensó que mejoraría mi sugerencia de «quitarle el frío», y comentó ingenuamente «¡que era mejor para mí beberlo así en un día tan frío!».
Cuando no había Teatro, y oscurecía demasiado para pintar, me reunía con la joven emperatriz y las damas en su sala de estar, a la izquierda de la Sala del Trono de Su Majestad, y allí esperaba la cena.
La joven emperatriz me enseñaba entonces chino. Era muy exigente con mi acento y parecía interesarse de verdad por mis progresos. El idioma chino es muy difícil para un principiante, incluso para alguien que tiene buen oído, ya que el «tono» o inflexión con el que se pronuncia una palabra puede cambiar su significado.
A veces, las princesas repetían una tras otra la misma palabra en diferentes tonos y me hacían repetirla a mí para luego dar el significado de cada tono. A veces hacían juegos de palabras, o me daban una serie de palabras difíciles para el acento y para mejorar mi pronunciación, tal como los franceses enseñan a los niños: « Trois gros rats dans trois gros trous. »
Cuando al final me enredaba bastante con estas palabras, contraatacaba con « Peter Piper picked a peck of pickled peppers. » Esto ponía fin a la lección de ese día, ya que todas intentaban decirlo y se divertían tanto que resultaba imposible seguir estudiando, y en medio de la diversión se anunciaba la cena.