Cuando la Emperatriz Viuda entregó las riendas del gobierno al emperador Kwang-Hsu, en el año de 1889, tras veintiocho años de Regencia, el Gran Imperio se encontraba en aquel entonces en una condición próspera. Sus puertos habían sido abiertos al comercio extranjero, se había establecido una excelente organización de aduanas sobre una base firme, y China estaba en paz con el mundo.
La primera parte del reinado del joven emperador transcurrió sin incidentes. En la mayoría de las cuestiones se dejaba guiar por sus ministros y seguía la política moderada establecida por la emperatriz viuda. Parecía no tener opiniones propias ni proyectos especiales de progreso para China.
Hasta la guerra con Japón a propósito de la soberanía sobre Corea, en 1894, fue una figura decorativa y pasiva.
Las victorias japonesas cambiaron todo esto. Su triunfo le dio a China una de sus lecciones más humillantes; pues los chinos, que le habían dado a Japón el núcleo de su literatura, su arte y su arquitectura, menospreciaban a los japoneses como a una raza de imitadores y sentían un desprecio profundamente arraigado hacia ellos como nación. Esta victoria casi despertó al leviatán pasivo —es decir, a China— de su largo sueño de autocomplacencia nacional. El joven emperador, sintiendo el ardor de esta humillante derrota, consideró que China solo había sido conquistada debido al uso por parte de Japón de métodos modernos de guerra y decidió llevar a cabo reformas radicales en el gobierno.
Lleno de entusiasmo juvenil, sentía que podía encausar al Gran Imperio hacia el progreso y deseaba instituir reformas radicales en todos los departamentos. Abandonó de inmediato la política moderada de la Regencia y se rodeó de una serie de reformadores impulsivos y oportunistas, cada uno promoviendo algún nuevo método de reforma. Los reformadores querían, de un solo golpe, cambiar el sistema de