Tras varias pruebas preliminares de su carácter, y cuando creía haber llegado a una justa valoración del mismo, era una víctima fácil. Esos favoritos podían actuar entonces con impunidad, y a veces la convertían en la incauta de sus maquinaciones. Así, ministros, cortesanos, amigos y sirvientes, que una vez habían consolidado firmemente sus posiciones con ella, podían a menudo sac ventaja y burlar su natural perspicacia.
Podía llegar a ser muy sarcástica, a veces de forma cruel, pero por lo general descubría que había alguna razón para su sarcasmo. Era muy impulsiva y tenía su buena dosis de mal genio, pero jamás hubo en ello la menor manifestación poco femenina.
Cuando se enojaba, jamás alzaba la voz; simplemente perdía su dulzura argentada y adquiría la cualidad de algún metal ordinario, y ella se mostraba siempre calmada y de buenos modales.
Por lo que vi de la Emperatriz Viuda, me pareció que no toleraría interferencias en la realización de un designio que se le hubiera metido en la cabeza —que no vacilaría ni siquiera en aplastar a una persona que se interpusiera en la realización de algún plan que se hubiera trazado—. Pero su juicio era tan bueno, que no decidía nada a menos que sintiera que era absolutamente imperativo llevarlo a cabo.
En cuanto al tacto y al savoir-faire social, es extraordinaria. Nunca he conocido a nadie que poseyera estas cualidades en mayor grado. En su primera Audiencia a extranjeros, Sir Claude MacDonald, al informar sobre ella, habló de la emperatriz viuda como «una anfitriona amable y cortés, que demostró tanto el tacto como la suavidad de una disposición femenina». Lady Susan Townley dice de ella: «¿Dónde ha aprendido la soltura y la dignidad con la que recibe a sus invitados europeos?».