Si la reforma de las leyes de China, que la pondrá a la altura de las Grandes Naciones de hoy, llegará durante la vida del Emperador; si su capacidad de espera y su paciencia le permitirán llegar al momento en que la realización corone sus esfuerzos, ¡quién sabe!
Mientras tanto, cumple con sus deberes como Cabeza Oficial del Imperio, observando rigurosamente todas las ceremonias públicas y privadas que le incumben como Emperador.
El Emperador ocupa un Palacio frente al Gran Lago tan elegante y lujoso como el de Su Majestad. Tiene sus propios eunucos y servidores, y lleva su propia vida, con bastante independencia de Su Majestad y de las Damas.
Él presenta sus respetos a su «augusta tía y madre adoptiva» todas las mañanas antes de la Audiencia, y juntos van a despachar los asuntos de estado, tras lo cual regresa a su propio Palacio y se dedica a sus propias ocupaciones.
En las festividades, cuando hay función de Teatro, acude al palco imperial durante las representaciones y, en esos días, se une a la Emperatriz Viuda y a las Damas en sus paseos por los jardines o en los paseos en barca por el lago. También cena con Su Majestad en estas ocasiones.
Él no parece preocuparse tanto por el Teatro como ella, ni seguirlo con tanto interés. A menudo abandona el palco imperial a mitad de una obra y se retira a su propio Salón del Trono del Teatro, situado justo detrás del gran palco imperial, donde pasa el tiempo leyendo o fumando, cosa que nunca hace en presencia de Su Majestad.
Se ocupa diariamente de sus estudios, entre los que figura el inglés. Es un gran lector.