Pero siempre ha de haber un pionero, y es él quien sufre las penalidades y allana el camino para los demás, lo cual debe serme de consuelo y alivio por no haber podido pintarla como me habría gustado. La emperatriz viuda «consintió» en que le pintaran un retrato. Antes de terminar el primero, me dijo que quería «muchos» y sugirió que pasara el resto de mi vida en Pekín. Pinté cuatro. ¿Quién hará los demás?
Sentía que no podía seguir pintando retratos de la emperatriz viuda eternamente, según las tradiciones chinas. No podía pasarme la vida en este coqueteo con el esplendor oriental. El mundo más allá de las puertas del Palacio me llamaba.
Me apresuré a terminar mi tarea. El último retrato estaba a punto de completarse. Mi estancia en el Palacio tocaba a su fin.
Aunque anhelaba estar donde pudiera pintar de una manera más libre, esperaba con auténtico pesar el momento de dejar el Palacio, y especialmente de dejar a la emperatriz viuda y a la joven emperatriz, pues había llegado a amarlas de verdad.
Encontré en Su Majestad, con mucho, la personalidad más fascinante que había tenido la buena fortuna de estudiar a tan corta distancia. La joven emperatriz era de naturaleza dulce y bondadosa, llena de dignidad y patetismo, y rezaba para que le reservara el destino una mayor felicidad de la que hasta entonces le había tocado en suerte.
Mi estancia en los Palacios de Su Majestad Imperial la emperatriz viuda de China, mi relación con ella misma y con las damas de su corte, la recordaré siempre como una de las experiencias más encantadoras de mi vida.