En abril de 1903, mientras me encontraba de visita en Shanghái, recibí una carta de la señora Conger, esposa del ministro de los Estados Unidos en Pekín, en la que me decía que se estaba planteando la posibilidad de que Su Majestad la Emperatriz Viuda hiciera pintar su retrato, y me preguntaba si, llegado a organizarse tal cosa, estaría dispuesta a ir a Pekín y llevarlo a cabo.
La señora Conger esperaba que, si el proyecto se materializaba, Su Majestad pudiera consentir más tarde en enviar el retrato a la Exposición de San Luis. Pensaba que dicho retrato sería de gran interés para el pueblo estadounidense y podría resultar un atractivo para la Exposición, en la cual ella y el señor Conger estaban, como era natural, muy interesados.
También creía, dado que había tenido la oportunidad de ver bastante a la Emperatriz Viuda, que si el mundo pudiera ver un retrato fiel de ella, esto podría modificar la idea generalizada que prevalecía sobre el carácter de Su Majestad.
Contesté a la carta de la señora Conger diciendo que estaría encantada de emprender el trabajo, en caso de que se decidiera, y quedé a la espera de nuevos acontecimientos. La idea de posar para su retrato contó con la aprobación de Su Majestad, quien dijo que organizaría una Audiencia y fijaría un día para comenzar. Pero los «molinos de» la burocracia china «muelen despacio», y no fue hasta julio cuando la señora Conger recibió una notificación oficial del Wai-Wu-Pu (Ministerio de Asuntos Exteriores chino) en la que se solicitaba «a su Excelencia la señora Conger que presentara a la artista estadounidense, la señorita Carl, ante Su Majestad Imperial el día cinco de agosto, con el propósito de pintar un retrato de Su Majestad».