En el que Phileas Fogg, Passepartout y Fix se ocupan cada uno de sus asuntos.
El tiempo fue malo durante los últimos días de la travesía. El viento, que se obstinaba en mantenerse en el noroeste, soplaba con fuerza de vendaval y retrasaba al vapor. El Rangoon oscilaba pesadamente y los pasajeros se impacientaban ante las largas y monstruosas olas que el viento levantaba en su camino.
Una especie de tempestad se desató el 3 de noviembre; el chubasco sacudía la embarcación con furia y las olas alcanzaban gran altura. El Rangoon arrió todas sus velas, y hasta el aparejo resultó excesivo, silbando y temblando en medio del temporal.
El vapor se vio obligado a marchar lentamente, y el capitán calculó que llegaría a Hong Kong con veinte horas de retraso, y aún más si la tormenta persistía.
Phileas Fogg contemplaba con su tranquilidad habitual el mar tempestuoso, que parecía esforzarse especialmente por retrasarle. No mudó de semblante ni un solo instante, a pesar de que un retraso de veinte horas, al hacerle perder el barco de Yokohama, le haría perder casi con toda seguridad la apuesta. Pero aquel hombre de hierro no manifestaba impaciencia ni disgusto; parecía como si la tormenta formara parte de su programa y hubiera sido