¿Había viajado? Era probable, pues nadie parecía conocer el mundo con mayor familiaridad; no había rincón tan solitario con el que no pareciera tener una relación íntima.
A menudo corregía, con unas pocas palabras claras, las mil conjeturas formuladas por los miembros del club sobre viajeros perdidos e insólitos, señalando las verdaderas probabilidades y pareciendo dotado de una especie de clarividencia, tantas veces los acontecimientos justificaban sus predicciones.
Debía de haber viajado por todas partes, al menos en espíritu.
Era al menos seguro que Phileas Fogg no se había ausentado de Londres desde hacía muchos años.
Aquellos que tenían el honor de conocerlo mejor que los demás afirmaban que nadie podía pretender haberlo visto jamás en ninguna otra parte.
Sus únicos pasatiempos eran leer los periódicos y jugar al whist. A menudo ganaba en este juego, el cual, por ser silencioso, armonizaba con su naturaleza; pero sus ganancias nunca iban a su bolsillo, ya que se reservaban como fondo para sus obras de caridad.
Mr. Fogg jugaba, no para ganar, sino por el placer de jugar. El juego era a sus ojos un certamen, una lucha contra una dificultad, mas una lucha inmóvil e infatigable, acorde con sus gustos.
No se le conocía a Phileas Fogg ni mujer ni hijos, lo que les puede suceder a las personas más honradas; ni parientes ni amigos íntimos, lo cual es ciertamente más inusual. Vivía solo en su casa de Saville Row, adonde nadie penetraba. Un solo criado bastaba para atenderle. Almorzaba y cenaba en el club, a horas matemáticamente fijas, en la misma habitación, en la misma mesa, sin comer jamás con otros