En contraste con el laisser-aller, todo sistema de moral es una especie de tiranía contra la «naturaleza» y también contra la «razón»; ello no constituye, sin embargo, ninguna objeción, a no ser que uno vuelva a decretar mediante algún sistema de moral que toda clase de tiranía y de sinrazón son ilegítimas.
Lo esencial e invaluable en todo sistema de moral es que se trata de una prolongada coacción.
Para comprender el estoicismo, Port-Royal o el puritanismo, debe recordarse la restricción bajo la cual toda lengua ha alcanzado fuerza y libertad: la restricción métrica, la tiranía de la rima y del ritmo. ¡Cuántos problemas se han dado a sí mismos los poetas y oradores de todas las naciones!, sin excluir a algunos de los prosistas de hoy, en cuyo oído habita una conciencia implacable —«por amor a una necedad», como dicen los chapuceros utilitaristas, creyéndose así sabios—, «por sumisión a leyes arbitrarias», como dicen los anarquistas, imaginándose con ello «libres», incluso de espíritu libre. Sin embargo, sigue siendo un hecho singular que todo aquello que posee la naturaleza de la libertad, la elegancia, la audacia, la danza y la certeza magistral, que existe o ha existido, ya sea en el pensamiento mismo, en la administración, en el hablar y en el persuadir, en el arte al igual que en la conducta, solo se ha desarrollado mediante la tiranía de semejante ley arbitraria, y hablando muy en serio, no es en absoluto improbable que precisamente esto sea lo «natural» y la «naturaleza», ¡y no el laisser-aller!
Todo artista sabe cuán diferente del estado de dejarse llevar es su condición «más natural», el libre arreglo, ubicación, disposición y construcción en los momentos de «inspiración», y cuán estricta y delicadamente obedece entonces a mil leyes que, por su misma rigidez y precisión, desafían toda formulación por medio de ideas (incluso la idea más estable tiene, en comparación con ellas, algo flotante, múltiple y ambiguo). Lo esencial «en el cielo y en la tierra» es, al parecer (por repetirlo una vez más), que haya una larga obediencia en la misma dirección: de ello resulta, y siempre ha resultado a la larga, algo que ha hecho que la vida merezca la pena ser vivida; por ejemplo, la virtud, el arte, la música, la danza, la razón, la espiritualidad, cualquier cosa que sea transfiguradora, refinada, insensata o divina.
La larga esclavitud del espíritu, la desconfiada coacción en la comunicabilidad de las ideas, la disciplina que el pensador se impuso a sí mismo para pensar de acuerdo con las reglas de una iglesia o de una corte, o conforme a premisas aristotélicas, la tenaz voluntad espiritual de interpretar todo lo que sucedía según un esquema cristiano, y de redescubrir y justificar en cada acontecimiento al Dios cristiano:—todo este proceder violento, arbitrario, riguroso, espantoso y falto de razón ha demostrado ser el medio disciplinario gracias al cual el espíritu europeo ha alcanzado su fuerza, su curiosidad implacable y su sutil movilidad; aun admitiendo que en el proceso haya debido ahogarse, asfixiarse y echarse a perder mucha fuerza e ímpetu irrecuperables (pues aquí, como en todas partes, la «naturaleza» se muestra tal como es, en todo su esplendor extravagante e indiferente, que resulta chocante, pero no por ello menos noble).
Que durante siglos los pensadores europeos solo pensaron para demostrar algo —hoy en día, por el contrario, desconfiamos de todo pensador que «desea demostrar algo»—, que siempre estaba decidido de antemano cuál había de ser el resultado de su pensamiento más riguroso, como ocurría tal vez en la astrología asiática de tiempos pasados, o como sigue ocurriendo hoy en día en la inocente explicación cristiano-moral de los acontecimientos personales inmediatos «para gloria de Dios» o «para salvación del alma»:—esta tiranía, esta arbitrariedad, esta severa y magnífica estupidez ha educado el espíritu; la esclavitud, tanto en el sentido más grosero como en el más sutil, es al parecer un medio indispensable incluso para la educación y la disciplina espirituales.
Uno puede considerar todo sistema de moral bajo esta luz: es la «naturaleza» la que en él enseña a odiar el laisser-aller, la libertad demasiado grande, e implanta la necesidad de horizontes limitados, de deberes inmediatos; enseña el estrechamiento de las perspectivas y, por tanto, en cierto sentido, que la estupidez es una condición de la vida y del desarrollo.
«Debes obedecer a alguien y durante mucho tiempo; de lo otro perecerás y perderás todo respeto por ti mismo» —este me parece ser el imperativo moral de la naturaleza, el cual ciertamente ni es «categórico», como quería el viejo Kant (de ahí lo de «de lo otro»), ni se dirige al individuo (¡qué le importa la naturaleza el individuo!), sino a naciones, razas, épocas y estamentos; por encima de todo, sin embargo, al animal «hombre» en general, a la humanidad.