Aun en el presente, Francia sigue siendo la sede de la cultura más intelectual y refinada de Europa, sigue siendo la gran escuela del gusto; pero hay que saber cómo encontrar esta «Francia del gusto». Quien pertenece a ella se mantiene bien oculto:—puede que sean un pequeño número en quienes vive y se encarna, además de ser tal vez hombres que no se sostienen sobre las piernas más fuertes, en parte fatalistas, hipocondríacos, inválidos, en parte personas demasiado mimadas, demasiado refinadas, tales que tienen la ambición de ocultarse.
Todas ellas tienen algo en común: mantienen los oídos cerrados en presencia de la necia locura y el vocinglero chorro de elocuencia del burgués democrático. De hecho, una Francia abotargada y embrutecida se extiende hoy por el primer plano; hace poco celebró una verdadera orgía de mal gusto y, al mismo tiempo, de auto-admiración en el funeral de Victor Hugo. Hay también algo más común a ellas: una predilección por resistirse a la germanización intelectual —¡y una incapacidad todavía mayor para lograrlo! En esta Francia del intelecto, que es también una Francia del pesimismo, Schopenhauer se ha vuelto quizás más hogareño e indígena de lo que jamás ha sido en Alemania; por no hablar de Heinrich Heine, quien hace ya mucho tiempo se ha reencarnado en los liricos más refinados y exquisitos de París; ni de Hegel, quien actualmente, en la forma de Taine —el primero de los historiadores vivos—, ejerce una influencia casi tiránica. En cuanto a Richard Wagner, sin embargo, cuanto más aprenda la música francesa a adaptarse a las necesidades reales de la âme moderne, más se «wagnerizará»; ¡uno puede predecirlo con seguridad de antemano; ya está ocurriendo lo suficiente! Hay, no obstante, tres cosas de las que los franceses aún pueden ufanarse con orgullo como herencia y posesión suya, y como huellas indelebles de su antigua superioridad intelectual en Europa, a pesar de toda germanización y vulgarización del gusto voluntaria o involuntaria. En primer lugar, la capacidad para la emoción artística, para la devoción a la «forma», para la cual se han inventado la expresión l’art pour l’art, junto con muchas otras: tal capacidad no le ha faltado a Francia desde hace tres siglos; y debido a su reverencia por el «pequeño número», ha hecho posible una y otra vez una especie de música de cámara de la literatura que en vano se busca en otra parte de Europa.—La segunda cosa por la cual los franceses pueden reclamar una superioridad sobre Europa es su antigua y multifacética cultura moralista, gracias a la cual uno encuentra por término medio, incluso en los modestos romanciers de los periódicos y en los accidentales boulevardiers de Paris, una sensibilidad y una curiosidad psicológicas de las que, por ejemplo, no se tiene la menor noción (¡por no hablar de la cosa misma!) en Alemania. A los alemanes les faltan un par de siglos del trabajo moralista requerido para ello, que, como hemos dicho, Francia no ha escatimado: quienes tildan a los alemanes de «ingenuos» por ese motivo les elogian un defecto. (Como lo opuesto a la inexperiencia e inocencia alemanas en voluptate psychologica —que no está demasiado lejos de asociarse con la tediosidad del trato alemán—, y como la expresión más lograda de la auténtica curiosidad francesa y del talento inventivo en este dominio de las emociones delicadas, puede señalarse a Henri Beyle; ese notable hombre precursor y adelantado que, con un tempo napoleónico, recorrió su Europa, de hecho, varios siglos del alma europea, como agrimensor y descubridor de esta: se han necesitado dos generaciones para alcanzarlo de un modo u otro, para adivinar mucho después algunos de los enigmas que lo desconcertaron y extasiaron —este extraño epicúreo y hombre de interrogación, el último gran psicólogo de Francia).—Hay todavía una tercera pretensión de superioridad: en el carácter francés hay una síntesis afortunada y a medias entre el Norte y el Sur, que les hace comprender muchas cosas y les impone otras que un inglés jamás puede comprender. Su temperatura, vuelta alternativamente hacia y desde el Sur, en la que de vez en cuando la sangre provenzal y ligur se desborda, los preserva del espantoso gris sobre gris norteño, del espectrismo conceptual sin sol y de la pobreza de sangre —nuestra enfermedad alemana del gusto, para cuya excesiva prevalencia en el momento actual la sangre y el hierro, es decir, la «alta política», han sido recetados con gran resolución (de acuerdo con un arte de curación peligroso, que me ordena esperar y esperar, pero aún no esperar con esperanza).—Hay también todavía en Francia una precomprensión y una cálida acogida para esos hombres más raros y raramente gratificados, que son demasiado abarcadores para hallar satisfacción en cualquier clase de patriotismo y que saben amar el Sur cuando están en el Norte y el Norte cuando están en el Sur: los hombres de las marcas natales, los «buenos europeos». Para ellos ha compuesto música Bizet, este novísimo genio que ha visto una nueva belleza y seducción, que ha descubierto un trozo del sur en la música.