El alma humana y sus límites, el ámbito de las vivencias interiores del hombre alcanzado hasta el presente, las alturas, profundidades y distancias de estas vivencias, la historia entera del alma hasta ahora y sus posibilidades aún no agotadas: este es el coto de caza predestinado para un psicólogo nato y amante de la «gran caza».
Pero ¡cuántas veces tiene que decirse a sí mismo desesperado:
«¡Un solo individuo! ay, solo un solo individuo! ¡y este gran bosque, este bosque virgen!»
Así, le gustaría disponer de algunos centenares de ayudantes de caza y de sabuesos bien adiestrados a los que pudiera enviar a la historia del alma humana para hacer salir a su pieza.
En vano: una y otra vez experimenta, profunda y amargamente, cuán difícil es encontrar ayudantes y perros para todas las cosas que excitan directamente su curiosidad. El mal de enviar eruditos a cotos de caza nuevos y peligrosos, donde se requieren valor, sagacidad y sutileza en todo sentido, es que ya no sirven justamente cuando la «gran caza» y también el gran peligro comienzan; es precisamente entonces cuando pierden el olfato y la agudeza visual.
Para adivinar y determinar, por ejemplo, qué clase de historia ha tenido hasta ahora el problema del conocimiento y de la conciencia en las almas de los homines religiosi, uno mismo tendría que poseer acaso una experiencia tan profunda, tan maltrecha, tan inmensa como la conciencia intelectual de Pascal; y además se requeriría ese cielo despejado de espiritualidad clara y malvada que, desde lo alto, fuera capaz de dominar, ordenar y formular con eficacia esta masa de experiencias peligrosas y dolorosas.—¡Pero quién podría hacerme este servicio! ¡Y quién tendría tiempo para esperar a semejantes servidores!—¡por lo visto aparecen con demasiada poca frecuencia, son tan improbables en todos los tiempos!
Al fin y al cabo, uno debe hacerlo todo por sí mismo para llegar a saber algo; ¡lo cual significa que uno tiene mucho que hacer!—Pero una curiosidad como la mía es, de una vez por todas, el más agradable de los vicios—¡perdón! Quería decir que el amor a la verdad tiene su recompensa en el cielo, y ya en la tierra.