Lo que separa más profundamente a dos hombres es un sentido y un grado de pureza diferentes. Qué importa toda su honestidad y su utilidad recíproca, qué importa toda su buena voluntad mutua: el hecho sigue en pie: ¡ellos «no pueden soportar el olor del otro!» El instinto más elevado de pureza coloca a quien se halla afectado por él en el aislamiento más extraordinario y peligroso, como a un santo: pues precisamente la santidad es la espiritualización más alta del instinto en cuestión. Cualquier clase de percepción de un exceso indescriptible en la alegría del baño, cualquier clase de ardor o de sed que empuja perpetuamente al alma de la noche a la mañana, y de la penumbra, de la «aflicción» a la claridad, la brillantez, la profundidad y el refinamiento:—del mismo modo que semejante tendencia distingue —es una tendencia noble—, también separa.— La piedad del santo es piedad por la inmundicia de lo humano, demasiado humano. Y hay grados y alturas en los cuales la piedad misma es considerada por él como impureza, como inmundicia.
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