Hogar de la civilización mexicana—La tierra fronteriza del salvajismo—Configuración del país—Los nahuas y los mayas—Toltecas, chichimecas y aztecas—El valle de México—Política civil de los aztecas—El rey Ahuitzotl—Moctezuma nombrado emperador—Carácter del hombre—Su trayectoria—La primera aparición de los españoles no ignorada por Moctezuma—El mito de Quetzalcóatl—Partida del dios rubio—Señales y presagios sobre su regreso—La llegada de los españoles confundida con el cumplimiento de la profecía—La puerta abierta al invasor.
Antes de emprender la cruzada que tan dolorosamente había de afectar los destinos de este vasto interior, echemos una breve mirada sobre el país y sus habitantes, y en particular sobre esa idiosincrasia de la mente aborigen que le abrió la puerta a los invasores.
Los dos primeros temas se tratan con amplitud en el primero, segundo y quinto volúmenes de mis Native Races of the Pacific States, a los cuales remitiría al lector, pudiendo ofrecer aquí tan solo un esbozo de lo que en detalle es una fase sumamente interesante del desarrollo indígena.
Este desarrollo despertó a la conciencia en las formas de las civilizaciones nahua y maya; la primera ocupaba la porción septentrional de esa meseta tropical que se eleva a alturas salubres entre las latitudes 22° y 11°, y la segunda, las porciones meridionales.
Alrededor de los opacos y bajos bordes de este interior iluminado por el cielo, la mente del hombre parecía también oscura y baja, empequeñecida por extensiones de arena o ensombrecida por un follaje redundante; sin embargo, no estaba del todo libre de la influencia de sus vecinos, pues la gente de las tierras calientes que bordeaban esta elevación estaba más alejada del salvajismo que sus hermanos más septentrionales y meridionales.
El valle de México, el Anáhuac de los aztecas, estaba situado entre las dos cordilleras principales, la rama del Pacífico y la rama del Atlántico de la Sierra Madre, bajo cuyo nombre se presenta aquí la gran cordillera, procedente del noroeste, aplanándose cerca del centro y volviéndose a unir antes de llegar a Tehuantepec.
Con el tiempo, el Anáhuac se extiende por toda la meseta.
Atraviese el continente por el décimo noveno paralelo y llegará a la mayor elevación y verá las montañas más altas de esta vecindad. En efecto, desde la llanura de Puebla, en cuyos alrededores se hallaba la amurallada ciudad de Tlascala, se pueden abarcar de un solo vistazo el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl y el Orizaba. A setenta leguas tierra adentro desde Veracruz, a través del templado valle de Orizaba, se puede pasar de una región de palmeras a una región de pinos.
Las llanuras de Tabasco, en cuya frontera ya hemos desembarcado y librado nuestra batalla, forman la parte nororiental del ancho valle del istmo de Tehuantepec.
Este está delimitado al sur por la sierra que conecta la elevación de Anáhuac con la meseta de Guatemala, cuya vertiente occidental se fragmenta en crestas boscosas paralelas que corren directamente hacia el suroeste.
Al norte de Anáhuac la superficie desciende en amplias llanuras entre sierras cortas, hasta alcanzar una quietud monótona en las praderas de Texas y Nuevo México.
Cruzando el istmo de Tehuantepec a una altitud reducida, la cordillera se eleva de nuevo y se extiende en las amplias y elevadas cadenas de América Central, donde las naciones mayas hicieron su hogar.
Los primeros entre los pueblos nahuas en destacar en el registro mítico son los toltecas, cuya primera supremacía en Anáhuac se sitúa en el siglo sexto.
Dotados por la tradición de una cultura superior a la de sus sucesores, el halo que rodea su nombre se ha mantenido brillante gracias a monumentos como las pirámides de Teotihuacán y Cholula.
Durante cinco siglos este pueblo florece, sostenido por una confederación de reyes cuyas capitales se convierten a su vez en famosas sedes del saber y del esplendor imperial.
Las luchas religiosas, que desembocan gradualmente en una guerra civil, con las consiguientes hambrunas y pestes, le abren la puerta a tribus más rudas, y los toltecas desaparecen de la escena.
Desprendiéndose del velo tolteca que los había cubierto durante tanto tiempo, varias tribus emergen ahora hacia una existencia política distinta y las más fuertes, en unión con recién llegados algo más rudos pero más enérgicos, forman la nueva combinación gobernante, el imperio chichimeca.
De la potencia principal, denominada los chichimecas, no se sabe nada; pero la permanencia de la lengua y la civilización náhuatl lleva a suponer que es de la misma raza que sus predecesores. En tiempos posteriores, el nombre también se aplica a las tribus fronterizas salvajes del norte.
Durante varios siglos Anáhuac se convierte en el escenario de intrigas y luchas entre las diferentes ramas de la combinación por el equilibrio de poder, durante las cuales una serie de pueblos figuran como centros dominantes, y una serie de tribus se elevan a la prominencia bajo el término tradicional de conquistadores e inmigrantes. Entre estos se encuentran los aztecas, la nación representativa de la civilización nahua a la llegada de los españoles.
A la orilla opuesta del mayor de un conjunto de lagos que iluminan el valle ovalado de México se han alzado, desde principios del siglo XIV, tres ciudades, Tezcuco, México y Tlacopan, capitales de tres naciones confederadas: los acolhuas, los aztecas y los tepanecas.
A la primera pertenecía la porción oriental del valle; a la segunda, la meridional y occidental; y a la tercera, una pequeña parte del noroeste. De esta confederación, Tezcuco fue durante un tiempo la más poderosa; Tlacopan, la que menos. Si bien se mantenían dentro de sus límites respectivos en el valle, más allá de sus confines clásicos las tres potencias hacían causa común contra los bárbaros.
Hacia mediados del siglo XV, bajo el belicoso Moctezuma I, México alcanzó la supremacía y, durante los sesenta años siguientes, extendió su imperio hasta las costas de uno y otro océano.
Dentro de este perímetro, sin embargo, había varias naciones que nunca conquistó; sirvan de ejemplo los tlaxcaltecas, los tarascos y los chiapanecas. Muchos hubo —por ejemplo, los habitantes de Tehuantepec, del norte de Guatemala y de Soconusco, y los mixtecas y zapotecas de Oaxaca— cuya conquista por parte de los aztecas fue temporal, y que o bien pagaron tributo solo por un tiempo, o bien se sacudieron el yugo en el momento en que el invasor volvía la espalda.
Los matlatzincas, al oeste de los lagos, y los huastecos y totonacas de Veracruz, fueron sojuzgados apenas unos años antes de la aparición de los españoles. Estos habitantes de la costa aún no se habían reconciliado con el dominio de los señores del interior, sino que los aborrecían como a enemigos inveterados; y en esto radicó una de las principales causas del éxito que acompañó a las armas castellanas.
En verdad, la supremacía azteca se mantuvo en todos los frentes solo mediante la guerra constante; la rebelión, tan pronto como era sofocada en un lugar, estallaba en otro. Más aún, los aztecas, por su espíritu soberbio, se habían vuelto detestables para sus aliados; con todo, su política agresiva fue continuada con toda su fuerza por el predecesor de Moctezuma II, Ahuitzotl, para quien la guerra era una pasión absorbente.
En la política civil de los aztecas había elementos que, de haber tenido plena libertad de acción, al elevar al pueblo habrían hecho subir a la nación aún más en la escala de dominación. Esto no pasó desapercibido para los vecinos observadores, sobre quienes la perspectiva cayó con un miedo gélido, un temor que no menguaba en absoluto debido a la tendencia siempre creciente de los mexicas hacia la inmolación de seres humanos. Tampoco les hacía gracia a los nobles aztecas ver cómo el poder político se les escurría de las manos y caía en las de la población, entre la cual se consideraba que el espíritu de republicanismo e igualdad ya había ganado demasiado ascendiente.
El resultado fue una lucha, no muy distinta a la que por entonces tenía lugar en Europa, entre la nobleza y el común de la gente, poniéndose el clero del lado de la primera. Y a la muerte de Ahuítzotl, la clase alta logró elevar al trono a una persona de gustos sumamente aristocráticos y religiosos, aunque humilde a la vez —como no pudo ser Coriolano—, para ganarse al vulgo; pues cuando le llegaron las nuevas de su elección, fue hallado barriendo el templo.
Monctezuma, como era llamado, y apodado Xocoyotzin, el joven, para distinguirlo del primer Monctezuma, conocido como Huehue, el viejo. Era hijo de Axayacatl y Xochicueitl, y sobrino del difunto rey; y apenas había cumplido su trigésimo cuarto año cuando fue seleccionado para el trono, con preferencia a un hermano mayor. Las razones alegadas para esta distinción fueron la posesión de altas cualidades como guerrero, cuya valentía había sido probada en más de un campo de batalla; como consejero, cuyas palabras, pronunciadas con tonos claros y dignos, habían sido escuchadas en el consejo con respeto; y como gran sacerdote, cuya gravedad y circunspección le habían ganado el favor entre todas las clases. En ocasiones sabía observar la taciturnidad que tan a menudo atrae una reputación de sabiduría; y, además, poseía una bella figura y una presencia majestuosa, tales como las que admirablemente convenían al monarca. Era competente en astronomía, escritura pictográfica y en ciertas ramas esotéricas, hacia las cuales mostraba una inclinación natural; asimismo era muy culto en la historia de su pueblo y estaba familiarizado con todas sus tradiciones.
Este segundo Moctezuma era un príncipe de cuna, y bien podría haber sido un modelo para Nicolás Maquiavelo, de quien fue contemporáneo. Pues, al igual que el ideal del florentino, era talentoso, instruido, astuto y sin escrúpulos. De haber estudiado en su propia lengua aquel inmaculado manual de ética política,
El Príncipe, no podría haber seguido con más fidelidad sus preceptos. Apenas hubo asumido el cetro cuando, quitándose la máscara con la que había engañado a los plebeyos, despidió a toda persona de esa clase empleada en palacio, y llenó todas las vacantes, civiles y militares, con miembros de la nobleza. Se dedicó con energía a la guerra y a la diplomacia, en ambas de las cuales tuvo un éxito eminente, y elevó su persona y su trono al más alto pináculo de la grandeza; tras lo cual no desdeñó el título de Emperador del Mundo.
No obstante sus talentos y logros, era sumamente supersticioso, superando en este aspecto a muchos de sus seguidores, y dependía de adivinos y astrólogos, recurriendo también a los consejos de Nezahualpilli y otros personajes prominentes.
A los hombres, a quienes conocía, no los temía; pero a los dioses, a los que no conocía, los temía en extremo. Y debido a que practicaba el sacrificio humano para apaciguarlos ha sido llamado cruel, pero las acciones de un devoto ciego de la religión no deben medirse con un criterio demasiado exigente.
No había nada de cruel en el deseo de Calígula, por aborrecible y vengativo que fuese, de que el pueblo romano tuviera una sola cabeza para poder cortársela de un solo golpe; pero cuando torturaba a hombres y mujeres por diversión mientras comía, eso era la quintaesencia de la crueldad.
En cuanto al honor, la integridad y todas esas virtudes que conforman a un hombre, no debemos esperarlas en los príncipes ni en los políticos; sin embargo, podemos afirmar con seguridad que, en todas las generosas cualidades de la mente y del corazón, el monarca azteca no iba a la zaga de los gobernantes europeos contemporáneos.
De todo lo cual puede afirmarse con seguridad que Moctezuma, aunque el más magnífico y señoril entre sus señores, no era popular entre las masas, y su posición en esta coyuntura no era de las más seguras.
Su extravagancia rebasaba todos los límites; sus continuas guerras resultaban costosas; y para hacer frente a las fuertes demandas sobre el tesoro se requería una tributación excesiva. Esto se hizo recaer con especial dureza sobre las provincias subyugadas, sobre las cuales también se impuso con particular agravamiento la horrible carga de proporcionar víctimas para los sacrificios humanos.
La exitosa resistencia a sus armas por parte de varios estados enclavados por sus conquistas, o fronterizos con sus dominios, le causaba no pequeña desdicha. Estaba la pequeña república de Tlascala, en los mismos confines del valle mexicano, a la que muchas veces había intentado conquistar, sin lograrlo. Luego estaba el reino tarasco de Michoacán, en la parte occidental, cuya gente presumía de una cultura tan elevada como cualquiera de la región lacustre, el cual se mantenía firme frente a todos los esfuerzos de la confederación.
Con las naciones allende sus fronteras existía escaso trato, pero los comerciantes aztecas, que hacían a la vez de espías, llegaban con frecuencia tan al sur como a Nicaragua, y a lo largo de las costas de Honduras y Yucatán.
No cabe duda, por tanto, de que la presencia de los españoles en aquellas regiones le fue conocida a Moctezuma desde el principio. Pudo haber sido como una voz de detrás de las nubes —los informes de Colón y Pinzón—, pero la aparición de Córdoba y Grijalva, que hablaban y hacían derramar sangre, era algo más tangible.
Los habitantes de Tuito, en la costa occidental de México, sostenían que antes de la conquista se había perdido allí una embarcación, de la cual habían desembarcado más de cuarenta personas, vestidas como españoles, a quienes los nativos recibieron con beneplácito, pero a quienes finalmente mataron porque insistían en la adoración de la cruz.1
Se decía que una caja arrojada por las olas, que contenía ropas peculiares, anillos de oro y una espada que nadie podía romper, había estado en poder de Moctezuma. Tan vagas como eran estas apariciones, había en ellas algo dolorosamente portentoso.
Pues la deidad principal de las naciones nahuas era Quetzalcóatl, el dios apacible, señor del aire, regulador del sol y la lluvia, y fuente de toda prosperidad.
En los días de gloria de los toltecas había sido su rey, el artífice de su edad de oro, al otorgarles metales, un gobierno mejorado y frutos de crecimiento espontáneo; tras lo cual se convirtió en su dios, con su principal santuario en Cholula, donde los pueblos vecinos, incluso aquellos hostiles a la ciudad, mantenían templos para su culto.
Desde el rumbo por donde nace el sol había llegado Quetzalcóatl; y era blanco, de ojos grandes, largo cabello negro y abundante barba. Tras un último gobierno de veinte años en Cholula, partió hacia la tierra de donde procedía, y al llegar a la costa de Goazacoalco se alejó navegando en una embarcación de serpientes.
Sus últimas palabras fueron que un día hombres blancos y barbados, hermanos suyos, tal vez él mismo, llegarían por la vía del mar donde nace el sol, y entrarían a gobernar la tierra;2 y desde ese día, con una fidelidad propia de hebreos que aguardan la venida de su Mesías, el pueblo mexicano veló por el cumplimiento de esta profecía, que les prometía un gobierno apacible, libre de sangrientos sacrificios y opresión; pero a su soberano tal pensamiento le infundía un hondo temor, pues entonces su propio reinado habría de concluir.
Así fue como la noticia de unas velas extrañas y hombres blancos barbados en su frontera oriental fue recibida en la alegre capital con una mezcla de temor y júbilo.
Y los pregoneros de prodigios recorrían las calles hablando del buen Quetzalcoatl y de su linaje, de las señales y maravillas que se habían visto, de los portentos, oráculos y adivinaciones ocultas, tal como en la antigua Atenas se discutía sobre las viejas familias del Olimpo, con sus dioses-simios y dioses-toros de Memphis, y el monstruo con cabeza de perro Anubis; y en cuanto a Roma, Lucano no ha registrado ningún augurio que los sabios de México no pudieran igualar ya.
Hasta qué punto los cronistas españoles han ayudado a los nativos en la fabricación de maravillas, dejo que el lector lo juzgue, recomendándole simplemente que considere la extensa nota que acompaña a esto; sin embargo, ninguno de los dos cayó en la locura de Canuto, quien eligió el momento en que la marea estaba subiendo, en lugar de cuando bajaba, para ordenar la detención de las aguas.
No solo en México, sino en lejanas regiones y en las islas, el hombre y la naturaleza se veían así acosados por lo sobrenatural. Se hallaron profecías de siglos de antigüedad, emitidas por sacerdotes muy distantes entre sí, y poemas de hombres sabios, que apuntaban todos en una misma dirección.
La destrucción de ciudades fue predicha por un filósofo; la hambruna de 1505 habló con mayor claridad que las palabras; el Popocatépetl, ahogado por la consternación, dejó de emitir su humo durante veinte días, lo cual, sin embargo, era un buen augurio; un eclipse y un terremoto cercanos el uno del otro y el ahogamiento de mil ochocientos soldados fueron decididamente desfavorables. Lo más terrible de todo, sin embargo, fue un cometa de tres cabezas a plena luz del día, una luz piramidal por la noche y otras escenas portentosas, como el furioso levantamiento del lago, el despertar de los muertos y las visitas al mundo de los espíritus.3
Para nosotros, lo más maravilloso de todo no son las maravillas en sí, sino que haya ocurrido, si es que en verdad ocurrió, que estos temibles augurios, arraigados durante generaciones, convergieran todos hacia la llegada de los hermanos de Quetzalcóatl en el mismo momento en que aparecieron los españoles, y que estos últimos fueran en tantos aspectos como los buenos dioses mismos debían haber sido. Las profecías de Isaías son verdaderamente oscuras e inescrutables en comparación con estas.
Para qué sirven los signos que no pueden interpretarse hasta después del acontecimiento, como suele ser el caso, cuando su interpretación ya no es necesaria, los sabios no lo dicen.
Pero en este caso el testimonio es abundante y explícito de que muchos de estos prodigios fueron recibidos entonces, no solo por Moctezuma y su pueblo, sino por las naciones vecinas, como el anuncio inequívoco de la llegada de los dioses, quienes en verdad aparecieron en el momento oportuno en la persona de los españoles. ¡Y cuál habría de ser su destino, aquellos estúpidos y profanos hombres de Potonchán y Tabasco, que habían levantado sus manos contra estos mensajeros celestiales!
Se nos asegura además que, antes de la llegada de cualquier español, algunas de las provincias subyugadas adoptaron un aire de independencia, alentadas por el temor que estos acontecimientos produjeron en los aztecas, contra quienes se consideraban dirigidos especialmente.
Habiendo evocado los hechiceros de Cuetlachtlan en sus pozos adivinatorios visiones de mexicas actuando como servidores abyectos de hombres barbudos armados montados sobre ciervos gigantes, este pueblo se volvió tan insolente en 1511 como para negarse al tributo acostumbrado, e incluso para asesinar a los funcionarios aztecas enviados a recaudarlo. Y tan envuelto estaba Moctezuma en diversos problemas que no pudo vengar la afrenta.
Al monarca mexicano se le ocurrió que tal vez los males amenazados podrían evitarse propiciando a los dioses con mayores sacrificios. Para ello, las diversas campañas que entonces se libraban o habían concluido prometían una abundancia de víctimas; y para hacer el holocausto aún más imponente, se resolvió consagrar al mismo tiempo una nueva piedra de sacrificios. Tras una búsqueda diligente, se encontró una piedra adecuada en Tenanitlan, cerca de Coyohuacan. Habiendo terminado los escultores su trabajo, y los sacerdotes el suyo, con ruidosas aclamaciones fue rodada hacia la ciudad imperial. Al cruzar el canal de Xolco el puente se rompió, y la piedra se hundió bajo el agua, arrastrando al sumo sacerdote y a sus asistentes, "quienes se fueron al infierno más rápido que la piedra", comenta el piadoso Torquemada.
La piedra, sin embargo, fue recuperada y consagrada en la cúspide del gran templo, en 1512, con la sangre de más de doce mil cautivos.4
Y ahora Moctezuma casi desea que las calamidades que teme ya hayan caído sobre él, tan lleno de pavor y terrible opresión está.
- Sacerdotes, jefes de barrio y otros funcionarios, dice Tezozomoc, reciben la orden de averiguar y comunicar todos los sueños y extraños sucesos relativos a un pueblo venidero o al trono.
Sabio y prudente como es, no parece saber que con esto no hace más que ponerse a sí mismo y a su mal a merced de las masas. ¿Quién no conjuraría visiones ante semejante convocatoria?
Unos ancianos se presentan inmediatamente con un sueño en el que la imagen de Huitzilopochtli es derrocada y su templo arrasado por completo, sin dejar rastro.
Ciertas brujas aparecen a continuación con el sueño de un arroyo furioso que ha arrasado el palacio y el templo, obligando a los señores a huir de la ciudad.
Esto no sirve. ¡Fuera baratijas semejantes! Y así, el monarca aterrorizado arroja a los malvados soñadores a la prisión y los deja allí para que mueran de hambre, mientras manda llamar a otros nuevos en las personas de los sacerdotes y de los hombres prudentes.
Pero despacio ahora. Estos sabios consideran prudente no soñar en absoluto, actitud que no hace sino añadir sospechas a la ardiente ira de Moctezuma. A continuación, convoca a todos los astrólogos, hechiceros y adivinos del imperio para que sueñen, para que hagan soñar a otros y declaren sus sueños; para que declaren los secretos de los reinos estelares y todas las cosas pertinentes sobre esta tierra y en su interior.
Tampoco ejercen estos su oficio durante tiempos tan turbulentos. ¡Abajo con ellos, pues, a las profundidades más bajas! En prisión, sin embargo, sí comprenden que los planetas y los fenómenos terrestres se combinan para presagiar acontecimientos extraordinarios, ya sea para bien o para mal, que el emperador bien pronto sabrá.
“Obligadlos a hablar; si no, quemadlos”, son las instrucciones siguientes.
Pero los mensajeros encuentran la prisión, aunque custodiada, vacía. El desdichado monarca manda a sus respectivas pueblos y demuele sus casas, pero estos agentes del cielo ofendido no vuelven a ser vistos jamás.5
Esto, y más de acento aún más desaforado, continuaba en el escrito, demuestra al menos que antes de la llegada de los españoles los habitantes del valle de México, y su soberano en particular, estaban profundamente conmovidos por temibles presagios de alguna clase de calamidad. Y ya sea que estos presagios apuntaran a alguna extraña llegada por mar u otra maravilla, lo cierto es que abrieron la puerta de este rico reino a los invasores.
Siempre empeñado en encontrar medios para propiciar a los dioses, Moctezuma ideó en 1517 revestir el templo de Huitzilopochtli con oro incrustado de piedras preciosas y plumas, y dio la orden correspondiente a Tzompantzin, el ministro de hacienda.
Ahora bien, Tzompantzin era un servidor antiguo y fiel del gobierno, además de brusco, y en modo alguno temía a la muerte. Pertenecía a la antigua caballería, no comulgaba del todo con el régimen actual y no dudó en reconvenir a su soberano, diciéndole que el pueblo quedaría arruinado con el impuesto propuesto.
«Además —concluyó—, Huitzilopochtli no será dios por mucho tiempo, pues ya vienen aquellos que se apropiarán de todas estas riquezas y nos dominarán para siempre».
Esa misma noche, Tzompantzin y su hijo fueron escoltados educadamente al otro lado del río oscuro.6
El año siguiente, de 1518, se consagró el templo de Coatlan con los sacrificios habituales, el último holocausto registrado para consagrar un templo pagano. Pues ya se acercaban las naves de blancas alas de España, que traían a bordo a los mensajeros de una religión más purificada, aunque no resultara de inmediato el evangelio de paz para el pobre indio.
Pinotl, calpixque de Cuetlachtlan, fue el primero de los capitanes de Moctezuma, según los registros indígenas, en hacer observaciones para el emperador sobre los temidos visitantes. Impulsado tanto por el celo en el servicio a su señor como por la curiosidad, Pinotl, junto con varios servidores, provisto de víveres y ricas mantas como presentes, se había mezclado con la multitud que abordó la nave de Grijalva, y se había postrado a los pies del comandante y sus oficiales como ante reyes o dioses.7
Las cuentas y otras baratijas entregadas a cambio de sus bienes las recibieron como muestras inestimables de favor por parte de personajes sobrenaturales. Cuando Pinotl explicó lo mejor que pudo la majestad y la riqueza de su soberano, Grijalva prometió regresar algún día y visitarlo en su gran ciudad.
Llevando consigo pinturas sobre amatl, o papel de maguey, de las embarcaciones con todas sus pertenencias, y de los soldados y marineros con sus armas, armaduras, vestimenta y postura, hasta llegar a su mismísima arrogancia, y dejando órdenes de que los extranjeros fuesen tratados con toda consideración, los principales de la provincia partieron mediante relevos rápidos para informar de la terrible noticia al emperador.8
Al entrar en la presencia imperial, postraron sus cuerpos en el suelo, el cual besaron, declarándose dignos de muerte por haberse atrevido a comparecer sin ser llamados ante su señor, pero su misión no admitía demora.
«¡Oh, soberano temible! —exclamaron—, ¡hemos visto a los dioses! Todos los aquí presentes hemos visto sus casas de agua en nuestras costas. Hemos hablado con ellos, hemos comido con ellos y los hemos palpado con nuestras manos; les hemos dado regalos y hemos recibido a cambio estos tesoros inestimables».
Luego mostraron las cuentas de vidrio, una muestra muy a menudo cercana al valor de los regalos recibidos por los fuertes de los débiles.
Moctezuma permaneció mudo, apenas prestando atención a los mensajes que le enviaba Grijalva, preocupado sobre todo de que los vasallos no presenciasen su consternación. De nuevo se le aparecía su fantasía, como la sombra del difunto Héctor ante Eneas, advirtiéndole contra una resistencia sin esperanza ante la caída predestinada de Troya.
Ordenando a los hombres que se retiraran y guardaran el secreto de lo que habían visto, Moctezuma convocó apresuradamente a su consejo privado,9 el rey Cacama de Tezcuco, su hermano Cuitlahuatzin, señor de Itzapalapan, y les expuso el misterio.
Tras sabias consultas, acompañadas de adivinaciones y comparaciones de signos, profecías y tradiciones, no muy desemejantes de los medios con los cuales los hombres de hoy averiguamos asimismo lo incognoscible, se concluyó que aquel comandante no era otro que el propio dios de tez clara, quien había regresado para reasumir el trono, tal como lo había dicho.
Por consiguiente, la resistencia sería en vano; y el único proceder adecuado era ofrecerle una recepción digna y congraciarse con él mediante regalos. Los jefes fueron enviados de vuelta con órdenes para los gobernadores de los distritos costeros10 de informar sobre cualquier llegada o suceso extrañó.
Tras ellos partió una embajada de cinco personas que portaba ricos presentes, con instrucciones de dar la bienvenida al dios en nombre del emperador y de su corte; sin embargo, debían vigilarlo de cerca. Pero la embajada llegó demasiado tarde. Grijalva se había marchado.11