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nydus/History of Mexico, Volume 1, 1516-1521Public
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CAPÍTULO XXXIV. LA CONQUISTA CONSUMADA. Julio-agosto de 1521.

Los destructores avanzan—Férreos combates en la plaza—Situación desoladora de los mexicanos—La labor de demolición—Movimientos de Alvarado—El emperador se niega a parlamentar—Miseria insoportable de los aztecas—Horrible masacre de mujeres y niños—El bondadoso Cortés lamenta su propia obra—Captura del emperador—La conquista consumada—Banquetes y acciones de gracias—Dispersión de los aliados hacia sus hogares—Reflexiones.

Con una fuerza de más de ciento cincuenta mil hombres, los españoles avanzaron entonces sobre la ciudad; una gran proporción estaba destinada exclusivamente a arrasar edificios, colmar canales y remover obstáculos, mientras que el resto debía hacer retroceder al enemigo y mantenerlo a raya.

En el canal cercano a la plaza, los mexicanos detuvieron a las fuerzas durante una hora con una propuesta de paz, con el fin de ganar tiempo para alguna operación, y de repente comenzaron a disparar sus proyectiles. Cortés no tardó en aceptar el desafío y lideró el ataque con una temeridad que llevó a sus seguidores a reprocharle el haber expuesto una vida tan valiosa. El efecto, sin embargo, fue tal que animó de tal manera a la fuerza de ataque que el canal, junto con sus trincheras, fue tomado rápidamente.

Al llegar a la plaza, la encontraron cubierta de piedras sueltas, lo que impedía correr a los caballos. Varias calles que conducían a ella estaban bloqueadas con barricadas de piedra. El esfuerzo principal de ese día se dirigió a abrir el acceso a la plaza, la cual debía servir como punto de partida para los movimientos posteriores.

El trabajo fue lento, debido a la naturaleza maciza de los edificios a lo largo de la avenida principal y en este centro imperial de la ciudad; pero millares se agolpaban allí, y estructura tras estructura fue derribada, abriendo un amplio acceso hacia la calzada meridional.

Los mexicanos hicieron repetidos esfuerzos por detener tan implacable destrucción. Pero su embestida fue infructuosa, pues cañones atronadores y bridones de fuego protegían cada punto.

«Quemen y arrasen, esclavos», gritaban a los auxiliares en su impotente furia; «¡tendrán que reconstruirlo todo, ya sea para nosotros si vencemos, o para vuestros amos actuales si ellos conquistan!».

Y así ocurrió. Con sombrías labores pagaron el efímero triunfo sobre su enemigo. Durante la retirada de las tropas al campamento al atardecer, los mexicanos pudieron hacer una demostración contundente, más de lo habitual en estas ocasiones, si hemos de dar crédito a las crónicas indígenas.

Empujaron al frente de sus líneas a un apuesto ballestero español, apartado de los últimos cautivos, y trataron de hacer que dirigiera sus flechas contra sus compatriotas. Esto se negó a hacerlo, disparando siempre demasiado alto, y finalmente los enfurecidos aztecas lo derribaron. Su presencia obstaculizó naturalmente las operaciones libres de los soldados, tal como el enemigo había previsto.

En los días siguientes, Cortés ascendió al imponente templo piramidal de la plaza y desde allí dirigió con mayor eficacia las operaciones para demoler edificios y hacer retroceder a los mexicas, quienes luchaban con desesperación por cada pie de terreno, a tal grado que se dice que en un solo día cayeron veinte mil.

En cierta ocasión, un cuerpo de tlaxcaltecas cruzó un canal y fue desordenado por el enemigo. Los aztecas comenzaron a regocijarse, y uno de ellos, un guerrero musculoso con enormes plumerajes enjoyados, armado con una espada y un escudo españoles, lanzó un desafío a cualquier español. Varios se mostraron dispuestos, entre ellos Hernando de Osma, quien acababa de cruzar a nado el canal para sostener a los vacilantes aliados.

Empapado, se abalanzó sobre el guerrero, pero recibió un golpe que le hendió el escudo. Reponiéndose, le asestó una estocada desde abajo al mexicano y lo dejó muerto, tras lo cual le arrebató la espada y el plumaje y dio un salto hacia atrás a tiempo para escapar de los amigos del caído que lo perseguían. Después ofreció el trofeo a Cortés, quien lo aceptó, pero se lo devolvió al instante con el comentario de que nadie era tan digno de él como quien lo había ganado. La hazaña sirvió también para reanimar a los tlaxcaltecas, y estos mantuvieron su posición.

No mucho después, otro poderoso guerrero, igualmente con penacho, se adelantó brandiendo una espada española y anunciando que buscaba la gloria de morir a manos de un valiente español o de derrotarlo.

Cortés, que estaba presente, le dijo que se necesitaban diez hombres como él para igualar a un soldado. El guerrero insitió. «Muy bien —dijo el general—, este paje mío sin barba te despachará y demostrará el temple de nuestros muchachos castellanos». Juan Núñez de Mercado, como se llamaba el joven, dio entonces un paso al frente, y por muy valientemente que este Goliat peleara, unas pocas estocadas del hábil brazo del muchacho bastaron pronto para derribarlo. Esta hazaña no solo sirvió para desalentar los duelos con españoles, sino que muchos mexicas la consideraron un mal augurio.1

Cualesquiera que hayan sido los reveses del enemigo, por lo general se reagrupaban al anochecer para perseguir a las tropas en su regreso al campamento, siendo los aliados enviados siempre primero para dejar el camino libre a los soldados, cubiertos por la caballería. Un día la persecución no se llevó a cabo por alguna razón, y unos cuantos jinetes se aventuraron a averiguar de qué se trataba, pero solo para ser repelidos con dos animales malheridos. Cortés resolvió vengarse. Le ordenó a Sandoval que lo reforzara para aumentar el número de caballos a cuarenta.

Treinta de estos fueron apostados temprano en el día en un escondite cerca de la plaza, y muy cerca de allí un centenar de soldados selectos y un cuerpo de tlaxcaltecas. Cuando llegó la hora de regresar al campamento, los mexicas, como se esperaba, cayeron sobre las líneas en retirada con mayor fuerza que nunca, alentados por la hazaña de la noche anterior y por la fingida timidez de los diez jinetes que cubrían la retaguardia. Cuando las primeras columnas de perseguidores hubieron pasado de largo el escondite, se dio la señal, y con sonoros «Santiagos» los contingentes en emboscada se lanzaron sobre los desconcertados guerreros. Al verse cortada la retirada, la sección aislada perdió la presencia de ánimo y se dejó masacrar como a ganado. Terminada la matanza, más de quinientos de la flor y nata de los ejércitos aztecas cubrían el suelo.2

Nunca más volvieron los españoles a verse expuestos a persecuciones cerca o más allá de la plaza, ni en verdad a cargas tan fieras, y los caballos volvieron a ser objeto de temor.3

Los cautivos fueron interrogados acerca de la condición de la ciudad, y de ellos se obtuvo una revelación que mostraba que la mayoría de los ocupantes era partidaria de la capitulación, pero temía expresar sus opiniones ante la firmeza de Cuauhtémoc y su facción, quienes estaban decididos a defender su ciudad hasta el final. Y aún quedaba entusiasmo entre el pueblo mexicano.

  • Se podía ver a mujeres y lisiados preparando y trayendo material de guerra para que lo usaran brazos más fuertes;
  • arrojaban polvo desde los techos a los rostros de los atacantes, mientras los niños lanzaban pequeñas piedras y balbuceaban el eco de la maldición que brotaba de los labios de sus padres.

Pero todo este espíritu manifiesto decaía lenta pero seguramente, y un dolor profundo y sombrío se iba instalando sobre ellos.⟭fn:fn_5cdce67c3430:4⟭

¡Ay de México, orgullo del gran altiplano! ¡Ay de tu antigua grandeza! ¡Borrada para siempre debe quedar tu cultura, aplastado tu naciente progreso! Los días de tu gloria han terminado; ¡y también tus sangrientos ritos y piedras de sacrificio!

Los largos sitios nunca se habían adaptado a las ideas nativas sobre la guerra, por lo que la experiencia poco pudo enseñar en la preparación para tal evento. Los mexicas habían acumulado vastas provisiones, pero una gran afluencia de refugiados de las ciudades lacustres había incrementado el número de no combatientes y contribuido a mermar el suministro de alimentos, el cual había recibido escasas adiciones debido a la estrecha vigilancia de los bergantines. Tampoco se habían impuesto restricciones al consumo, ya que los víveres estaban principalmente en manos privadas. Ahora el hambre estallaba con horrores que crecían rápidamente, y se ofrecían joyas a puñados por una cantidad igual de comida.

Excluidas de dicha competencia, las clases más pobres buscaban en los huecos y canales caracoles, lagartijas y ratas, desnataban la superficie del agua en busca de su espuma mucilaginosa, o arrancaban la tierra en busca de raíces y hierbas, felices incluso de masticar la corteza de los árboles y esperando con ansiedad la escasa ración de agua salobre.

La enfermedad marchaba de la mano del hambre, y debilitados por sus sufrimientos, cientos quedaban languideciendo en el tormento hasta que la bienvenida muerte los liberaba. La frecuencia de estos incidentes endureció a la gente, y los sufrimientos incluso de amigos cercanos eran contemplados con indiferencia por los seres demacrados y de ojos hundidos, quienes estaban ellos mismos marcados para la muerte.

Independientemente de las consecuencias, muchos se acercaban a hurtadillas por la noche a los campamentos españoles en busca de raíces y desperdicios que ya no se encontraban dentro de sus límites. Advertidos de tales movimientos, un cuerpo de soldados y aliados salió antes del amanecer un día y cayó sobre un gran número, masacrando a muchos de ellos antes de descubrir que eran mujeres y niños hambrientos.6

Fue necesario tomar mayores medidas incluso contra estos intentos surrepticios de sostener la defensa, y de retener a la población inútil, aunque había pocas perspectivas de alguna salida importante, ya que el miedo a los auxiliares salvajes y caníbales que rodeaban la ciudad hacía que sus mismos focos de pestilencia parecieran atractivos lugares de refugio.

Las embarcaciones fueron particularmente eficientes para este propósito, tanto más cuanto que las tripulaciones habían encontrado un medio sencillo para hacer que las estacas y empalizadas sumergidas estorbasen poco.7 De este modo, pudieron arrasar los suburbios y cooperar con las otras fuerzas desembarcando y empujando a los habitantes hacia el estrecho sector en el que ahora se hallaban confinados. Sin embargo, no siempre tenían una tarea fácil, pues los mexicas se estaban volviendo más audaces y a veces se atrevían a enfrentarse incluso a las «casas aladas».

En una ocasión, una parte de la flota se vio estrechamente asediada en un lugar estrecho y, al encallar la nave capitana en unos maderos, la tripulación entró en pánico y trató de abandonarla. Martín López, el constructor, que era el piloto mayor, se volvió inmediatamente contra los desertores y, siendo un hombre grande y fornido, arrojó a dos al agua, vapuleó y maltrató a media docena de otros, y pronto los obligó a volver al servicio. Acto seguido los condujo contra el enemigo y los rechazó, matando al jefe, que era un oficial destacado. Por este importante servicio, el valiente López fue recompensado con el grado de capitán.8

Cortés made quite rapid advance in the work of demolition, considering the immensity of it. The Tlacopan road had been levelled, rendering communication easy with the camp of Alvarado, and on the eve of Santiago’s day9 the greater part of the main street to the market was gained.

This thoroughfare bore afterward the name of Guatemotzin,10 because this emperor’s palace was here situated. Strongly fortified, its capture was not effected without a severe struggle, wherein many a brave fellow met his fate.

During the fight Alderete’s horse became unmanageable from a thrust, and rushed amid the enemy in mad fury, creating more disorder by his pawing and biting than a squad of soldiers could have done.11

Igualmente dura fue la lucha en los días siguientes al entrar y tomar una calle con un ancho canal, contigua al camino principal. Al mismo tiempo fue tomado un templo,12 en el cual varias cabezas barbadas y empaladas miraban fijamente a los horrorizados españoles. Las lágrimas llenaron los ojos de los espectadores, y con reverencia

fueron bajados los espantosos restos para recibir los ritos cristianos.13

El avance del grupo de Cortés hacia el mercado de Tlatelulco, el punto objetivo de todos los movimientos, había impulsado a Alvarado a realizar esfuerzos casi sobrehumanos para ganar antes que ellos un lugar situado mucho más cerca de su campamento. Una vez dentro, esperaba mantener su posición, pues era grande y nivelado, el doble de tamaño que la plaza del mercado de Salamanca, según dice Cortés, y con capacidad para albergar a sesenta personas. Estaba rodeado de pórticos, donde los comerciantes más acomodados tenían sus tiendas, mientras que la plaza abierta estaba cubierta de puestos, entre los cuales los españoles habían deambulado tantas veces para contemplar productos de toda variedad, del campo y del bosque, del río y de la montaña, así como del taller del artesano y del artista.14

Así era anteriormente; pero ahora solo se mostrarían las peores fases del egoísmo, la astucia y la brutalidad humanas; sangre y cadáveres en lugar de telas y provisiones; feroces gritos de guerra y el choque de las armas en lugar de alegres transacciones y el tintineo de las monedas.

Para el día siguiente al de Santiago, Alvarado había nivelado un amplio acceso y ahora decidió dirigir todas sus fuerzas contra esta plaza, dejando únicamente a una porción de sus auxiliares para que se ocuparan de las labores de demolición ulteriores. Antes del amanecer de la mañana siguiente, avanzó con toda su fuerza y tomó a los aztecas por sorpresa. Consiguió entrar sin grandes dificultades y pudo hacer frente en buen orden a las bandas que acudieron a enmendar su descuido con feroces cargas. Estaban lideradas por las famosas órdenes de los Tigres y las Águilas, conspicuas en sus respectivos atavíos, y deseosas de mantener la reputación que les había ganado sus insignias. Mayehuatzin, señor de Cuitlahuac, se encontraba también entre los líderes destacados, pero la caballería no tardó en obligarle a huir y permitió a la infantería capturar varias de las tiendas que bordeaban el mercado y comenzar el saqueo. Mucho más decidida resultó la división bajo el mando del capitán tigre Coyohuehuetzin, quien retrocedió y se mantuvo firme en el edificio del Momuztli.

Mientras la parte principal de las fuerzas españolas luchaba así en distintos puntos de la plaza con fortuna variable, el capitán Gutierre de Badajoz recibió la orden de tomar el gran templo que dominaba el mercado.

Estaba defendido por Temilotzin y Tlacatecatl, quienes disputaron ferozmente su avance. Una y otra vez sus hombres fueron repelidos, o rodaron escal abajo, magullados y sangrantes, muchos para no levantarse jamás. Pero Badajoz perseveró, y paso a paso fue subiendo, sostenido por refuerzos, hasta que tras dos horas de dura lucha la cumbre fue ganada, primero por el alférez Montaño.

¡Ay entonces de los defensores que quedaban! No había español allí que no tuviera heridas que mostrar, ni uno que no se esforzara por cobrar sangre con sangre. Fue una repetición del combate aéreo del año anterior en la cima del templo principal. Los mexicanos ni esperaban clemencia ni la pedían; más bien ansiaban dedicar su último aliento a los dioses y obtener mediante una muerte gloriosa la entrada en la morada de los bienaventurados.

A las nueve de la mañana, las dos torres de madera que albergaban los altares y los ídolos fueron conquistadas, y al momento se alzaron densas columnas de humo para anunciar la victoria de los españoles.15

Alto se elevó el lamento de los nativos al presenciar el portentos resultado y, con la temeridad de la desesperación, renovaron su embestida, guiados por Axoquentzin y el capitán águila, Quachic. Tan severamente acosado se vio Alvarado que se vio obligado a llamar a Badajoz y concentrar sus fuerzas, abandonando los diversos templos que rodeaban la gran pirámide.

Animados por este éxito, los mexicanos aprovecharon su ventaja desde todos los frentes y, sin poder mantener su posición, los españoles se retiraron con considerables bajas, incluidos tres caballos.16

Sin desanimarse, Alvarado repitió su entrada al día siguiente y encontró comparativamente poca oposición, ya que el enemigo estaba evidentemente desanimado por la caída del templo y la firme actitud de los españoles. Ahora avanzó y se unió al grupo de Cortés, por quien fue recibido con sonoros y repetidos vítores.

Este último acababa de capturar el último canal y las trincheras cerca de la plaza del mercado, tras un reñido combate, y ahora el general y su valiente teniente entraron en el mercado y ascendieron la elevada pirámide, sobre la cual el estandarte real ondeaba con orgullosa bienvenida, mientras que a su lado las cabezas aún ensartadas de víctimas blancas y oscuras recordaban la amarga venganza que aún quedaba por cobrar.

Observando la ciudad a sus pies por todos lados, Cortés dice:

«Parecía indudable que de ocho partes habíamos ganado siete».

La que fuera una magnífica metrópolis, la más hermosa y grande de todo el continente septentrional, mostraba ahora una masa de ruinas, a través de la cual los amplios caminos nivelados por los invasores conducían al único rincón que aún les quedaba a los asediados,17 donde, entre el hambre, la peste y los cuerpos en putrefacción, se apiñaban en masas compactas, lanzando desde su seno los gemidos de los moribundos y fuertes lamentos, en una atmósfera tan pestilente que los soldados que entraban por las calles recién abandonadas casi se sofocaban.

Se encontró a personas en diferentes etapas de hambre y enfermedad, que recibían a los soldados con indiferencia pasiva en la temeridad de la desesperación. Más allá, sobre los tejados, merodeaban los guerreros, emaciados y amarillentos, como bestias enjauladas y hambrientas.

Cortés se sintió dolorosamente oprimido al contemplar tanta miseria, y ordenando de inmediato un alto a las hostilidades, envió a algunos jefes cautivos ante Cuauhtémoc con propuestas de paz, señalando la absoluta inutilidad de una mayor resistencia, que solo podía acarrear una innecesaria imposición de sufrimiento y masacre, y exacerbar contra él y los suyos a las fuerzas sitiadoras.

Estaba dispuesto a olvidar toda animosidad pasada, a respetar las personas y propiedades de los sitiados, así como sus derechos como soberano, y exigía a cambio únicamente la renovación de la lealtad ya ofrecida en tiempos de Moctezuma.

Cuauhtémoc apenas dio tiempo a los mensajeros para hablar antes de responder solemnemente:

«Decid a Malinche que yo y los míos elegimos morir. ¡No nos confiaremos ni a los hombres que cometen tales atrocidades, ni al Dios que las permite!»

Impactado por el porte altivo de los condenados, y deseoso de asegurar el tesoro que los sitiados le aseguraban que sería arrojado al agua antes de que sus dedos pudieran tocarlo, Cortés envió de nuevo una propuesta, atestiguada formalmente por notario y testigos, declarando que la responsabilidad de las terribles consecuencias que debían seguir al rechazo de su oferta recaería enteramente sobre los sitiados.

Pero todo fue en vano. Y cuando los sacerdotes acudieron y declararon el oráculo: «Aplacados por el sacrificio, los dioses han prometido la victoria después de tres días», Quauhtemotzin respondió, estando presente su consejo:

«Está bien. Y puesto que es así, cuidemos de las provisiones y, si es necesario, muramos peleando como hombres. ¡Que nadie vuelva a hablar de paz bajo pena de muerte!»

Se hicieron en consecuencia los preparativos para reanudar las hostilidades en el momento señalado, ocasión en la cual se habrían de sacar a relucir reliquias sagradas de la parafernalia de Huitzilopochtli: una, un cetro en forma de serpiente retorcida e incrustada de mosaico, llamado Xiuhcoatl, del cual se decía que cobraba vida al ser lanzado contra el enemigo y lo aterrorizaba hasta hacerlo huir; la otra, un atuendo de guerra de plumas rematado con la cabeza de un búho de aspecto temible, una égida para dispersar al enemigo.18

Por su parte, Cortés no tenía prisa por romper la tregua, pues sabía que el hambre y la enfermedad estaban librando eficazmente su batalla, y además estaba ocupado en construir en la plaza del mercado una catapulta que pronto pondría fin a sus fatigas allí, fuera cual fuese la ulterior decisión de los mexicas.

La idea había sido sugerida por un soldado llamado Sotelo, quien presumía de conocimientos militares adquiridos durante las guerras de Italia; y, dado que la pólvora empezaba a escasear, se le proporcionaron de inmediato los carpinteros necesarios para construir la máquina.

«¡Mirad!», gritaban los tlaxcaltecas, señalándosela a los mexicas, «¡mirad una máquina monstruosa que pronto os aniquilará!».

Pero al probarla resultó ser un fracaso.

Luego se despacharon nuevamente mensajeros a Cuauhtemoczin para hablar de paz, y se les dijo que pronto tendrían una respuesta. Al día siguiente, los centinelas españoles observaron una gran conmoción entre los mexicas y una concentración de masas armadas. Dieron aviso oportuno de esto, pero antes de que las tropas estuvieran completamente preparadas, el enemigo salió precipitadamente de sus guaridas con una repentina violencia que desordenó a las primeras líneas de oposición, resultando heridos varios y muertos unos cuantos, al menos entre los auxiliares.19

Las tropas se reagruparon rápidamente, sin embargo, al amparo de la artillería, y Cortés resolvió infligir un castigo. Se le ordenó a Alvarado atacar un gran barrio que contenía más de mil edificios, mientras las fuerzas restantes se lanzaban contra el sector principal.

Incitados por la presencia del búho místico y el portador sagrado de la serpiente, los mexicas lucharon con una indiferencia ante el destino que convirtió la guerra en una carnicería. Cuando los sobrevivientes fueron repelidos, se pudo comprobar que más de doce mil mexicas habían muerto o sido capturados.

La ansiada victoria había resultado ser una derrota desastrosa, y hasta el más optimista de los mexicanos cayó en lo más profundo de la desesperación. Este sentimiento se vio fuertemente avivado por un extraño suceso ocurrido por entonces, que los registros indígenas describen como un torbellino de fuego que se resolvía en llamas y chispas. Se levantó con gran estruendo en el norte, después de la puesta del sol, giró sobre el barrio condenado y desapareció en el lago, dejando a los nativos abrumados de premoniciones.

Tenían los ojos bien abiertos a la realidad. Y al meditar sobre el terrible pasado y el presente, el espantoso futuro se desdibujaba, y hasta sus terrores se hacían cada vez más tenues. Habían permanecido pasivos ante el dolor de las heridas y ante penalidades indescriptibles; pero cuando por fin madres y padres enloquecidos arrebataban a sus propios hijos para calmar los dolores del hambre sobre la cual las mentes cuerdas ya no tenían control; cuando otros empezaban a mirar furtivamente a su alrededor en busca de seres menos allegados de los que alimentarse, entonces sí se apoderó de ellos un miedo extraño y más terrible.

Cuando Cortés regresó con todas sus fuerzas al día siguiente para reanudar el combate, oleadas de seres miserables salieron a su encuentro, de aspecto repulsivo por su extrema delgadez y demacración, indiferentes ante sus propias vidas pero clamando por piedad y pan.

Conmovido por su súplica, ordenó que no se les hiciera daño y procedió a responder a ciertos jefes que lo habían llamado a parlamento.

«¡Hijo del cielo! —gritaron—, en un solo y breve día y noche regresa el astro incansable. ¿Por qué no acabas tú también tu tarea con la misma rapidez? ¡Mátanos, para que no suframos más, sino que entremos al paraíso y nos unamos a la feliz multitud enviada ya allí!»22

Él les dijo que en sus manos estaba el remedio. Bastaba con que cesaran en su insensata oposición para que su sufrimiento terminara, pues les daría comida y respetaría sus personas y bienes.

No se obtuvo ninguna respuesta satisfactoria. Evidentemente temían hablar de paz, aunque la deseaban con anhelo. Cortés se convenció de que el emperador y unos pocos nobles principales eran los únicos que se oponían, y dispuesto a perdonar al pueblo, resolvió hacer un nuevo llamamiento.

Un ilustre cautivo fue persuadido de llevar este mensaje para darle mayor peso,23 y de emplear su influencia ante el emperador. Al comparecer ante Cuauhtemoczin, el noble comenzó a hablar del buen trato que había recibido de los españoles.

Elogios de esta naturaleza apenas concordaban con el estado de ánimo del gobernante ni con las opiniones que deseaba transmitir, y no bien aludió el enviado a la paz, cuando se le ordenó retirarse con un gesto imperioso hacia la piedra de sacrificio.24 Cualquier destino para el gobernante y su pueblo era preferible a caer en manos de la civilización cristiana.

Al mismo tiempo, los guerreros se lanzaron débilmente contra los españoles al grito de «¡Muerte o libertad!». El ataque costó a los sitiadores un caballo y varios hombres resultaron heridos, pero la carga fue rechazada con facilidad y seguida de una nueva matanza. Esa noche los aliados acamparon dentro de la ciudad.

Al día siguiente, Cortés se acercó nuevamente a unos nobles en una trinchera y preguntó: «¿Por qué permanece el emperador tan terco? ¿Por qué no viene a hablar conmigo y detiene la inútil matanza de sus súbditos?».

Atados por una lealtad supersticiosa a su gobernante, respondieron llorosos: «¡No lo sabemos; hablaremos con él; no podemos hacer otra cosa que morir!».

Poco después regresaron para decir que Cuauhtemotzin se presentaría en la plaza del mercado al mediodía siguiente.

Encantado, Cortés ordenó que se preparara una tarima en la plataforma de mampostería elevada que se había usado recientemente para la catapulta, junto con manjares selectos. A la hora señalada, el general español se presentó con pompa, con los soldados formados en línea, listos para honrar al distinguido huésped. Tras esperar impacientemente durante un buen rato, vieron acercarse a cinco personajes, que resultaron ser los portadores de excusas. Cuauhtemotzin no pudo venir, pero deseaba conocer los deseos de Malinche.25

Ocultando su disgusto, Cortés hizo que entretuvieran a los nobles y luego los envió de regreso con su señor con la seguridad de que serían bien tratados; pronto regresaron con regalos y dijeron que el emperador no vendría.

Nuevamente fueron enviados, y de nuevo sus esfuerzos resultaron infructuosos. La verdad es que Cortés deseaba apoderarse del tesoro junto con el monarca; de lo contrario, no habría detenido por mucho tiempo su sangriento brazo.

Por otra parte, aunque la conducta de Quauhtemotzin pudiera atribuirse a una terca obstinación, él sabía muy bien que, incluso para su pueblo, la muerte era apenas más temible que el cautiverio; ahora podían entrar de inmediato al paraíso, pero los extranjeros solo los buscaban para esclavizarlos.

Al día siguiente, los cinco nobles volvieron a hacer esperar a Cortés con la promesa de que el emperador se reuniría con él. Habiéndose pasado la hora sin su aparición, los aliados, a quienes se había mantenido en un segundo plano durante las negociaciones, fueron llamados al frente y se dio la orden de asalto, dirigiendo Sandoval la flota a lo largo de la orilla y remontando los canales hacia la retaguardia.

«¡Puesto que no quieren la paz, tendrán la guerra!», exclamó Cortés.

Entonces la carnicería se tornó espantosa. Españoles y auxiliares por igual, con una fuerza de doscientos mil hombres y más, según se decía, se entregaron a la matanza, mientras Satanás sonreía aprobador. Con una desesperación inútil, como bestias encerradas en el matadero, recibieron el golpe mortal como una liberación.26

No pintaré los detalles nauseabundos, tantas veces relatados, de abismos colmados y calles estrechas bloqueadas hasta lo alto con los cadáveres de los inocentes, mientras sobre los vivos se instalaba la desolación. Debió de ser ciertamente espantoso cuando quien había provocado tales horrores escribe: «Fue tanto el grito y llanto de los niños y mujeres, que ninguno de nosotros hubo a quien no quebrase el corazón».

Luego intenta echar sobre los aliados la culpa de ello. «Nunca —dice— se vio crueldad tan fuera de límite de naturaleza como en estos naturales». Ya antes de esta masacre de cuarenta mil27, las calles y las casas estaban llenas de podredumbre humana, de modo que ahora los españoles se vieron obligados a quemar ese sector de la ciudad para salvarse de la infección.

Otro día engendra nuevos horrores. Las tres pesadas piezas de artillería son adelantadas para ayudar a desalojar a los sitiados. Temeroso de que el emperador se le escape en canoas, Cortés ordena a Sandoval que disponga embarcaciones para vigilar a los fugitivos, en particular en la cuenca de Tlatelulco,28 hacia la cual se propone empujar a los sitiados, para capturar allí al rey y a los nobles con su oro y sus joyas.

A decir verdad, Cortés no desea matar al miserable remanente de esta raza hasta hace poco tan orgullosa —sobre todo si con ello pierde el tesoro encerrado—. De modo que les hace un nuevo llamamiento, y el Cihuacoatl,29 principal consejero del emperador, hace su aparición y es tratado con gran cortesía. Al cabo de un tiempo se marcha, declarando entonces por primera vez que Quauhtemotzin no se presentará bajo ningún concepto.

«¡Volved entonces —exclama Cortés con ira apenas contenida— y preparaos para la muerte, invocada, no por un propósito elevado y sagrado, sino por una obstinada timidez!».30

Cinco horas son ganadas de este modo por el astuto monarca para la fuga de las mujeres y los niños, que salen a raudales, los desfallecidos sostenidos por los débiles, todos demacrados y ojerosos, y muchos marcados por heridas o enfermedades.

Al ver lo cual, los aliados se abalanzan sobre ellos, tan golpeados e indefensos como están, y los asesinan, en número de quince mil. Y otro tanto perece en la caída de los puentes rotos, en los canales colapsados y bajo el pisoteo de sus compañeros fugitivos.

¡Cuán gloriosa es la guerra! ¡Cuán noble la vocación! ¡Cuán verdaderamente grande el héroe de semejantes hechos infernales! ¡Sonrójate, oh sol!, por hacer posibles tales mañanas; ¡por prestar tu luz a la inteligencia humana con la que cometer semejante maldad diabólica!

Al no observar señales de rendición, Cortés abrió fuego con su cañón y dio la señal de ataque. Otra masacre sobrevino, mostrando los mexicanos la misma apatía y taciturna indiferencia ante la muerte que en otras ocasiones recientes. En algunos puntos, sin embargo, grandes contingentes se rindieron, y los barrios mexicanos restantes cayeron rápidamente en manos del conquistador.

Sandoval, por su parte, custodiaba de cerca el frente marítimo y se preparaba para cooperar. Al entrar en la dársena con una parte de la flota, se lanzó contra las canoas con gran estrépito, volcando la mayor parte de ellas —ocupadas principalmente por nobles y sus familias—, de las cuales pereció una gran porción. Las canoas que escaparon se dispersaron en distintas direcciones, hacia canales y rincones, aunque la mayoría se dirigió hacia un recodo de la dársena con los bergantines pisándoles los talones. En ese momento, unas pocas embarcaciones de mayor tamaño emergieron de un escondite en el otro extremo y remaron rápidamente hacia el lago abierto.

Advertido por su comandante de que estuviera muy atento a la presencia del emperador, Sandoval no había dejado de observar el movimiento, y de inmediato ordenó a García de Holguin, capitán de la embarcación más rápida, que diera alcance a los fugitivos, los cuales bien podían ser personas principales. Ayudado tanto por velas como por remos, Holguin los alcanzó con rapidez, y ellos comenzaron a dispersarse en distintas direcciones, evidentemente con la intención de confundirlo; pero un cautivo a bordo señaló una de lascanoas como la que con mayor probabilidad llevaba al emperador.31

Al aproximarse a ella, los ballesteros apuntaron con sus ballestas, tras lo cual se hizo una señal de rendición, acompañada del ruego suplicante de que allí se encontraba Quauhtemotzin. Cuando el regocijado Holguin bajó para asegurar a sus prisioneros, entre quienes se encontraban la joven emperatriz, el rey de Tlacopan y otros personajes prominentes,32 el monarca le pidió que respetara a su consorte y a su séquito. En cuanto a él mismo, quedaba a su disposición.

Conducido por su captor, pasó por las calles hasta la presencia del conquistador, objeto de diez mil ojos, pues el rumor le había precedido. Los hombres suspendieron la matanza para contemplarle. En la distancia se escuchaba el estrépito de la batalla, pero a lo largo del camino del cautivo se hizo un silencio.

Su figura era imponente. El rostro grave y ajado por las fatigas denotaba sufrimiento. Vestía una túnica deslucida y manchada de sangre, y la palidez que cubría su rostro, naturalmente claro, se acentuaba aún más por el brillo febril de sus ojos, que ahora miraban abatidos hacia el suelo, ahora al frente. Caminaba con paso firme y, a pesar de su juventud, la majestuosa dignidad de príncipe y líder impresionaba a cuantos le contemplaban.

«Era un caballero de gran gentileza», afirma con benevolencia Bernal Díaz.

Cortés se había apostado en la azotea de un edificio alto en el barrio de Amaxac,33 desde allí para dirigir las operaciones, y ahora mandó preparar una tarima y una mesa con refrigerios. Cuando el emperador se acercó, la guardia formó en línea, y el general avanzó con benigna dignidad y lo condujo a un asiento a su lado.

«Malinche», dijo el cautivo, «he hecho todo cuanto estuvo en mi poder por la defensa de mi pueblo, pero los dioses no me han favorecido. Mi imperio se ha ido, mi ciudad está destruida y mis vasallos han muerto. ¿Para qué he de vivir? Acaba, por tanto, con esta existencia inútil».34 Diciendo esto, con la mano tocó una daga en el cinto de Cortés.

El general intentó tranquilizarlo, afirmando que nadie podía resistir al Dios de los cristianos. Había cumplido con su deber valientemente, como un buen príncipe, y como tal sería tratado.

Aunque el gran fin quedó así cumplido, la matanza y el pillaje continuaron hasta mucho después de vísperas. Antes de que las tropas se retirasen a sus respectivos campamentos, los prisioneros, incluida la hermosa emperatriz Tecuichpo, fueron conducidos a alojamientos seguros en Coyuhuacan.

Poco después comenzó a llover, lo que ayudó a los españoles en sus esfuerzos por frenar las correrías de los auxiliares, y esto, al convertirse hacia la medianoche en una furiosa tormenta con relámpagos y truenos, les pareció a los desamparados mexicas el xiuhcoatl de Huitzilopochtli y el tumulto de deidades que partían.

Para los conquistadores, este destello y trueno de la artillería celestial fue la salva que acompañó a la victoria, la cual se celebró con festines y algarabía hasta que llegó el sueño tardío con visiones de oro, tierras y vasallos.

Así terminó el martes 13 de agosto de 1521, consagrado a san Hipólito y adoptado en consecuencia por los conquistadores como santo patrono de la ciudad. Durante el régimen colonial, el día era celebrado anualmente con una solemne festividad en la que los principales ciudadanos y funcionarios recorrían a caballo la ciudad en procesión,

encabezados por el virrey y el alférez mayor, quien llevaba un estandarte conmemorativo de la conquista.35 Durante setenta y cinco días consecutivos, dice Cortés,36 el sitio había estado tejiendo sus redes en medio de escenas de derramamiento de sangre casi cada hora, en las que habían participado cerca de mil españoles y doscientas veces ese número de aliados, cayendo alrededor de un centenar de los primeros y muchos millares entre los segundos.37

En cuanto a los mexicanos, la mayoría de los primeros cronistas afirman que perecieron cien mil en total, sin contar los que murieron de peste y hambre.38 Por orden de su soberano, tras la proclamación de la paz, el mísero remanente comenzó a evacuar sus nidos de pestilencia y a buscar los campos adyacentes, ahora de un verde brillante bajo las lluvias refrescantes.

¡Ah!, era lastimosa la vida para ellos entonces, siendo este mundo un gran osario lleno con los huesos de sus seres queridos, y sus corazones muertos aunque aún sangrantes. ¿Cuáles eran sus pecados más que los de los demás, para que fuesen tan castigados, para que fuesen reducidos a polvo mientras los conquistadores, enrojecidos por la victoria, exultaban ante Dios porque así lo había dispuesto y consumado?

Habían sacrificado seres humanos en los altares de sus dioses, sesenta mil en un año, según decían algunos. ¡Pero qué eran estas carnicerías de los españoles sino sacrificios humanos, de más de seis veces sesenta mil en un año! Vedlos marchar en fila por la calzada, con el sol mismo golpeando negra y sofocantemente sus cuerpos hambrientos y sus rostros agónicos. ¡Arremeted contra ellos, pues, oh conquistadores! ¡Completad vuestra obra, pues en su rápida continuación radica su más pronto descanso!39

El 14 de agosto, las tropas entraron en los barrios rendidos para examinar su obra y sus resultados.

«Juro —escribe Bernal Díaz—, que el lago y las casas y las estancias estaban tan llenas de cuerpos y cabezas de hombres muertos que no soy capaz de dar una idea de ello; pues en las calles y patios de Tlatelulco no había otras cosas, y solo podíamos caminar entre cuerpos muertos.»40

Muchos enfermaron a causa del hedor, y Cortés ordenó encender hogueras para purificar el aire. Se envió a los indígenas a sacar a los muertos, y con ellos iban españoles en busca de oro, plata, piedras preciosas y plumajes, dejando los tejidos y otros efectos de menor valor para los aliados; pero la cantidad que se sabe que obtuvieron quedó muy por debajo de sus extravagantes expectativas, y ante su decepción los soldados registraron a los fugitivos, escrutando hasta en sus bocas en busca de oro oculto, según relata una crónica indígena.

Bernal Díaz se queja de que las tripulaciones de los bergantines ya habían saqueado a las personas más adineradas, que iban en las canoas, y habían desvalijado las casas del tesoro mientras los demás luchaban. Estos, a su vez, afirmaban que los mexicas habían arrojado sus tesoros al lago. Las profundidades misteriosas albergan muchos secretos y, bajo las aguas, en torno a la famosa ciudad de los aztecas, la tradición aún sitúa brillantes depósitos de incalculable magnitud.

Tres o cuatro días después de la caída, Cortés pasó a Coyuhuacan con la mayor parte de sus fuerzas, para celebrar allí más formalmente el fin del asedio con banquetes y acciones de gracias. Una característica de la ceremonia fue una solemne procesión de todos los soldados, con la cabeza descubierta, enarbolando estandartes y alzando sus voces en alabanza a Dios, que les había dado la victoria y que tan pronto iba a ser adorado desde el golfo hasta el mar del sur.41

Como los servicios de los aliados ya no eran necesarios por el momento, Cortés los reunió para despedirse.

Hizo hincapié en términos halagadores sobre sus valientes y eficaces hazañas. Les prometió que serían debidamente representados ante su majestad, quien los recompensaría con privilegios singulares. A los jefes se les entregaron entonces escudos, mantas y otros artículos, con promesas de más tierras y vasallos. Luego se marcharon, felices con sus esclavos y despojos, felices con el pensamiento de un enemigo humillado, felices con las promesas de los españoles; no sabían, pobres infelices, que durante todos los días y noches de este terrible sitio, con la espada y la lanza sobre el pecho azteca, habían estado forjando sus propias cadenas, que ellos y sus hijos habrían de llevar por mucho tiempo.

La conquista de México fue menos una subyugación por parte de soldados españoles que su hábil maniobra con las fuerzas del Nuevo Mundo unas contra otras.

De haber estado el Anáhuac unido, habría sucumbido con menos facilidad, tal vez nunca. Tal como estaban las cosas, mientras las naciones nativas se mataban entre sí, librando sus antiguos feudos, los astutos españoles pusieron su mano absorbente sobre el país.

Tampoco era necesaria por su parte ninguna disculpa ante la Cristiandad. La humanidad hasta el día de hoy no ha llegado a ser tan humana y justa como para no hallar excusa a cualquier agravio dentro de los reinos de la fuerza y la inclinación. ¿Qué cabía esperar entonces de una época y una nación en las que no era raro encubrir el crimen bajo el hermoso manto de la religión. Hasta allí llegaron los españoles a asesinar y a robar: a robar y asesinar en nombre de la caridad y del dulce cielo. No hacían falta excusas, por más convenientes que resultaran para tal fin las súplicas de los zempoaltecas, que gemían bajo la terrible opresión de una raza que se deleitaba en la sangre y la extorsión; una raza que en el espacio de dos siglos había surgido de una servidumbre degradante en gran parte por medio de la intriga y la traición; una raza marcada por características ignominiosas nacidas del vasallaje, y ansiosa por vengarse en otros de su propia humillación pasada, pero enérgica, emprendedora y que avanzaba a pasos agigantados por la senda de la cultura autóctona.

Ambiciosos de poder, enviaron a sus ejércitos para someter provincia tras provincia bajo el yugo. Recaudadores rapaces les seguían para exprimir la sustancia del pueblo, para satisfacer su propio apetito y el de sus amos. La confiscación, la esclavitud y la desolación marchaban en la comitiva, y las más hermosas esperanzas de la tierra eran arrastradas a la esclavitud y a desangrarse sobre la piedra del sacrificio.

A todos estos espantosos males los totonacas, entre otros, se vieron expuestos, cuando aparecieron en sus costas soldados que enarbolaban el símbolo de la caridad, de la redención.

La familia destrozada recurrió a ellos, al igual que los esclavos atormentados, pues de los altares de ídolos abyectos se elevaban los gritos agónicos de jóvenes y doncellas.

Mas poco antes, caballeros de distintas órdenes abarrotaban Europa, autoproclamados defensores de los oprimidos; y el espíritu de los cruzados aún perduraba en España, en la forma si no en algo más; ¡y qué soldado cristiano podría contemplar sin inmutarse semejantes ultrajes!

Moctezuma y su pueblo eran monstruos inhumanos, y Grocio, Montesquieu y otros que deberían saberlo, afirman que la guerra en favor de la humanidad es un deber;43 y esto a pesar de que el remedio sea diez veces más inhumano que la enfermedad.

No es que los españoles fueran insinceros en sus ofertas de tales excusas; el deber se nos presenta del color de nuestros deseos. Además, venían directamente de las guerras moras; estaban imbuidos de una exaltación religiosa y un sentimiento caballeresco que ponían ante ellos bajo diversas luces el deber hacia su Dios, su rey y sí mismos. Durante siglos se habían visto entrenados para consagrar la vida y las posesiones al avance de los intereses del soberano y de la iglesia.

Muchas de las características más nobles se entrelazaban en la naturaleza de Cortés, y también con admirable claridad en hombres como Juan Velázquez, Sandoval y Puertocarrero. En otros encontramos la dignidad del hidalgo mantenida sin mancha notable, y esto a pesar de la tendencia a la intriga, el desprecio por la verdad y la justicia, y la cesión ante ciertos vicios por parte de los líderes, así como la codicia y la brutalidad de la tropa raso.

Pero incluso entre los soldados rasos, haciendo justicia no podemos pasar por alto el eco de un noble sentimiento, la aspiración hacia empresas elevadas presente allí. Es el líder, sin embargo, quien con todas sus crueldades egoístas y sus maquinaciones sin principios debe seguir siendo siempre la figura central de nuestra admiración. Si alguna vez hubo un héroe, un genio de la guerra digno de la adoración de los devotos de Marte, si alguna vez hubo una concepción y una hazaña grandiosas, todo ello se manifestó vívidamente en la mente y en la persona de Hernán Cortés.

Un hábil escritor francés, al comparar el sitio de México con el de Troya, describe a Cortés como un Aquiles en quien se combinaban los talentos de Agamenón y de Ulises.44

En ciertos aspectos, y en comparación con sus compañeros, se acercaba en verdad a la divinidad que los mexicanos creían que era. Vedle lanzado a esta aventura, arrojando la vida a los vientos que lo alejan de Cuba, hundiendo sus naves a sus espaldas, adentrándose en el corazón de un país hostil y, con un puñado de hombres, haciendo frente a poderosos ejércitos, sofocando insurrecciones, capturando a sus captores, convirtiendo a los enemigos en aliados, equilibrando sobre su dedo a poderes en disputa y, una vez que el gran cataclismo desencadenado por él en la meseta central se ha agotado, embolsándose tranquilamente el botín.

¡Ningún Alejandro, ni Escipión, ni César, ni Napoleón lograron jamás resultados tan vastos con medios tan insignificantes. ¡Fue en verdad una piratería sin igual!

Tomado en conjunto, el testimonio de los testigos presenciales y de los primeros cronistas sobre la conquista puede considerarse plenamente a la altura del promedio de la evidencia histórica.

Si bien no faltaron la exageración y cierta falsedad rotunda, dados el número de testigos, el tiempo, el lugar y las circunstancias de sus respectivos relatos, así como la claridad de su testimonio, no hallamos dificultad alguna, en lo que respecta a los asuntos importantes, para determinar la verdad de la falsedad.

Cuando a los escritos de los españoles se suman registros indígenas y restos arquitectónicos como pruebas colaterales, cualquier buscador honesto de la verdad puede quedar satisfecho.

En cuanto a los dos escritores apellidados Díaz que acompañaron a la primera expedición a México, he hablado del Itinerario de Grijalva del sacerdote, y antes de cerrar este volumen examinaré la Historia Verdadera del soldado.

Tras estos estuvieron las memorias de los parientes de Velásquez, totalmente indignas de crédito; la relación del Conquistador Anónimo, cuyas afirmaciones eran en su mayor parte verdaderas; muchos documentos, tales como la Carta del Ejército y la Probanza de Lejalde, así como las Cartas de Cortés, en lo fundamental verdaderas, pero que solo deben aceptarse propiamente tras un examen riguroso y una cuidadosa comparación; los informes de Zurita, y los innumerables papeles y documentos sacados a la luz recientemente por Navarrete, Ramírez, Icazbalceta, Ternaux-Compans y otros, y publicados como Colección de Documentos Inéditos, Colección de Documentos para la Historia de México, etc.; los historiadores nativos y españoles, Tezozomoc, Camargo e Ixtlilxochitl; Durán, Veytia, Sahagún, Mendieta y Las Casas; Oviedo, Pedro Mártir y Gómara; Herrera, Torquemada, Solís y Clavigero; Bustamante, Robertson, Prescott y Brasseur de Bourbourg.

Estos y otros de importancia apenas inferior ofrecen un amplio cimiento sobre el cual el historiador moderno puede levantar con seguridad su superestructura.

Digo que es bastante fácil determinar la verdad de la falsedad en un estudio como este, donde la evidencia es tan abundante y los testigos están tan ampliamente separados.

Cuando Torquemada entra en una larga argumentación para demostrar que la miseria causada por la conquista fue el castigo de Dios por los vicios de los mexicanos, no discuto el asunto. Admito gustoso que el antiguo historiador sabía, si es que sabía algo al respecto, más acerca de la mente de la deidad que el moderno, aunque este último pudiera preguntar si los sufrimientos de los españoles no se debían de igual modo a sus vicios.

Los libros que tratan de las hazañas de Cortés, como he dicho, forman un conjunto inmenso, como es de esperar por la importancia y el interés de lo que Robertson califica con justicia como «el acontecimiento más memorable de la conquista de América», que entraña la subyugación del país más rico y avanzado de dicho continente, la caída de su hermosa y célebre ciudad y una de las campañas más audaces jamás emprendidas.

La narración se lee en verdad como una novela de caballerías más que como una historia basada en hechos incontestables, y no es extraño que hayan surgido hombres que buscan poner en duda, no solo ciertos incidentes, sino los rasgos principales de la hazaña y del escenario.

Un método de duda ha consistido en rebajar la estimación de la cultura y los recursos nativos; en mofarse de las grandes ciudades, los palacios magníficos, la pompa real, ciertas artes industriales y bellas artes, la escritura pictográfica y otras evidencias de una cultura superior.

Tales afirmaciones revelan al estudiante experimentado una lamentable indiferencia o ignorancia de las pruebas existentes, de las ruinas con su forma masiva, su ornamentación de hermoso diseño, su admirable delineación escultórica y plástica de la figura humana, ambas muy por delante de los especímenes convencionales de Egipto, y las primeras iguales en muchos aspectos a las producciones del arte griego superior.

La escritura pictográfica, a su vez, revela el elemento fonético tan desarrollado como para dotar a los mexicanos de esa alta prueba de cultura, los registros escritos, aplicados no solo a incidentes históricos y hechos comunes, sino a temas abstractos de índole filosófica, científica y poética, tal como se ejemplifica en mis Native Races.

No hacía falta la investigación oficial instituida por el gobierno español para confirmar el testimonio mudo de las reliquias y la vívida declaración de los cronistas. Existen registros indígenas en abundancia suficiente como para hablar por sí mismos; registros escritos por y para el pueblo, y por lo tanto libres de toda sospecha de tergiversación; registros utilizados por varios escritores para obtener esa comprensión de los aspectos esotéricos de las instituciones nahuas que difícilmente podían adquirir los españoles.

La traducción de estos registros, tal como se reproducen en los volúmenes de Sahagún, Ixtlilxochitl, Kingsborough y otros, junto con copias de las pinturas originales, se ha utilizado cuidadosamente tanto para Native Races como para las historias de México y Guatemala, e introducida de hecho en esta serie como evidencia de manera más minuciosa que por cualquier escritor moderno sobre el tema, sin excluir al ilustre abate Brasseur de Bourbourg, aunque, a diferencia de este entusiasta, no me he permitido aceptar dicha evidencia con el mismo sesgo desprovisto de crítica.

Me he limitado a utilizarla por lo que vale, tras aplicar rigurosos análisis críticos. Ciertos puntos pueden estar respaldados por tan solo una o dos autoridades; pero aun así, el erudito estudiante determinará fácilmente el valor del testimonio a partir de la evidencia interna, mientras que en la generalidad de los casos encontrará una serie de versiones de indígenas y españoles, de partidarios y rivales, cuyas contradicciones le ayudarán a determinar la verdad.

En una nota bibliográfica anterior he señalado las numerosas pruebas internas que ofrecen las cartas de Cortés —de indudable fiabilidad en la mayoría de los aspectos— por su minuciosidad, su tono franco y soldadesco, y otros rasgos.

Se ven además confirmadas en todos los puntos más esenciales por las cartas contemporáneas del municipio de Villa Rica y del ejército, las declaraciones juradas ante el escribano real por parte de oficiales destacados, los relatos de Andrés de Tapia y otros.

Una confirmación aún más sólida la brindan las quejas y memoriales emitidos por enemigos y rivales del gran capitán, quienes en sus esfuerzos por denigrar su carácter y sus logros proporcionan al historiador material que le permite evitar los escollos que abundan incluso en las narraciones honestas de los partidarios, ya sea por simpatía, por falta de un conocimiento exhaustivo o por de oídas.

Testimonio semejante abunda en las investigaciones de residencia de Cortés, Alvarado, Guzmán y otros, las cuales contienen cuantiosos testimonios sobre las cuestiones más importantes.

Las oportunidades de Prescott para consultar nuevo material fueron infinitamente superiores a las de sus predecesores. Si las mías han sido correspondientemente mayores, ello se deba tal vez en cierta medida al ejemplo dado por él en sus acuciosas investigaciones, y a que, desde la publicación de sus volúmenes, particulares y sociedades cultas se han esmerado con renovado entusiasmo en sacar a la luz material oculto, notablemente procedente de los ricos archivos de España y de ciertos estados latinoamericanos.

De esta masa de lo que puede llamarse prueba documental pasamos a los historiadores y narradores regulares, empezando por Pedro Mártir y Oviedo, quienes se apegan principalmente a Cortés, aunque este último añade otras versiones de distintos testigos presenciales. El relato de Sahagún contiene una extraña mezcla de absurdos nativos y vagos recuerdos de soldados convertidos. Una versión más completa es ofrecida por Gómara, el biógrafo del gran capitán, quien tuvo acceso a archivos públicos y privados y a relatos individuales hoy perdidos; pero con frecuencia colorea los incidentes en favor de su héroe y de su profesión.

No obstante, el valor del texto es atestiguado por su traductor mexicano Chimalpahin, quien añade algunos hechos interesantes procedentes de registros nativos y de conocimiento personal. El escritor tezcocano Ixtlilxochitl también lo sigue bastante de cerca en lo que respecta al bando español, mientras que los archivos que le legaron sus antepasados reales y diversos relatos proporcionan el otro bando, frecuentemente absurdo y muy recargado. Camargo ofrece una versión tlaxcalteca más bien breve.

El colorido de Gómara, el cual, de acuerdo con el método de la mayoría de los historiadores, atribuye el mérito de las hazañas al líder, despertó los sentimientos de más de uno de los soldados que habían compartido las glorias de aquel periodo, y Bernal Díaz se apresuró a escribir su célebre Historia Verdadera, que profesa contar la historia verdadera y rectificar en particular los llamados errores de Gómara. Aunque no siempre se puede confiar en esta profesión de fe, el relato es sumamente valioso por su extraordinaria exhaustividad, sus muchos datos nuevos y su vers versión variada.

No mucho después, Herrera, el historiografo oficial, comenzó sus décadas, en las cuales utiliza para la conquista el material ya impreso, con una inclinación hacia Gómara, aunque con varios relatos adicionales para perfeccionar su propia versión revisada, notablemente el de Ojeda, un oficial principal bajo las órdenes de Cortés, y también una considerable masa de material procedente de los archivos de España. Torquemada lo copia en su mayor parte, aunque añade muchos testimonios nativos de Sahagún, de un escritor tezcocano y de otros, haciendo que su relato de la conquista sea el más completo hasta entonces.

Solís elabora sin gran crítica, y con una verbosidad y grandilocuencia que fatigan. La versión de Vetancurt es comparativamente breve, con pocas adiciones, y la de Robertson es un resumen brillante; pero Clavigero, si bien no añade gran cosa al voluminoso relato de Torquemada, lo presenta bajo una forma completamente nueva, podado de verbosidad, reorganizado de manera magistral e investido de un espíritu filosófico muy superior a cualquier cosa presentada hasta la época de Prescott.

Sobre los historiadores anteriores y algunas de las cartas de Cortés se funda la inmensa serie de relatos menores y resúmenes sobre la conquista, tanto en forma separada como incorporada, algunos de ellos provistos de observaciones ocasionales, pero en su mayor parte no contienen nada de valor alguno para el estudioso. Los posteriores a la época de Prescott lo siguen por regla general.

Naturalmente cabría esperar que los relatos mexicanos presentaran aspectos útiles, pero tal apenas es el caso. Alamán, Ramírez, Icazbalceta, Orozco y Berra, Bustamante y ciertos escritores del Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía han sacado a la luz varios documentos y monografías referentes a incidentes y aspectos particulares; pero no se ha escrito ningún relato completo de verdadero valor, siendo la pretenciosa versión de Carbajal casi en su totalidad un plagio de Clavigero, la de Mora una compilación apresurada, y así sucesivamente. En cuanto a la nueva y voluminosa versión española de Zamacois, no solo es verborreica, sino superficial y limitada en su investigación, cometiendo tropiezos incluso allí donde Prescott señala el camino, y representando más una publicación por entregas que una historia.

Bernal Díaz del Castillo es, como he dicho, el principal historiador de la conquista, por la minuciosidad exhaustiva de su material, en comparación con otros escritores originales, y por su participación en todas sus escenas principales,

incluidos los viajes de descubrimiento. Sobrevive unos cincuenta años, y ve desaparecer del escenario a compañero tras compañero hasta que solo cinco de la compañía original de Cortés quedan, «todos nosotros muy ancianos, aquejados de dolencias, y muy pobres, con hijos e hijas por casar, y nietos, y con una muy pequeña renta; y así pasamos nuestros días en trabajos y miseria». No está, sin embargo, tan mal como nos haría creer, pues una cómoda encomienda satisface cada necesidad, y numerosos descendientes se agrupan en torno a él para atender a su bienestar y escuchar sus relatos. Pero al recordar las grandes hazañas en las que participó, se inflama con la importancia de los hechos, y al rememorar los múltiples tesores que ayudó a capturar, la recompensa se desvanece en la insignificancia. Es tan solo el eterno gruñido de un viejo soldado a quien medio continente no le bastaría. Proveniente de una pobre y humilde familia de Medina del Campo, en la vieja Castilla, se había embarcado a temprana edad con la expedición de Pedrarias en 1514 para buscar fortuna en Darién. Al fracasar allí, recala en Cuba a tiempo de unirse a las partidas de descubrimiento de Córdoba y Grijalva. Posteriormente se alista bajo el mando de Cortés como un soldado raso, aunque algo por encima de la masa en el favor de su jefe. «Soldado distinguido», dice Juarros, sugiriendo un nacimiento más noble; pero esto es dudoso. No hay casi ningún incidente prominente de la conquista en el que no participe, hallándose presente en nada menos que ciento diecinueve batallas, según su enumeración, de las cuales queda una buena cicatriz para dar testimonio, y muchos trofeos para atestiguar su valor. A su debido tiempo recibe su parte de repartimientos de tierras y siervos, y se establece en Goazacoalco como regidor, con medios suficientes para alimentar una afición que le vale el no despreciado apodo de Galán. De su vida de contentamiento, aunque no acorde con sus pretensiones, es arrancado por la expedición a Honduras bajo el mando de Cortés, quien le otorga a veces el mando de un pequeño destacamento, de donde proviene el ostentado título de capitán. Más tarde vaga por un tiempo, y finalmente se establece en la ciudad de Guatemala con el rango de regidor perpétuo, y con una respetable encomienda, obtenida en parte gracias a las gestiones de Cortés ante el rey. Se casa con Teresa, hija de Bartolomé Becerra, uno de los fundadores de la ciudad, y en repetidas ocasiones su alcalde, y tiene varios hijos, cuyos descendientes sobreviven para presenciar el derrocamiento del estandarte real plantado por su antepasado. Nietos figuran como deanes de la iglesia de la ciudad, y un historiador de la patria adoptiva surge en Fuentes y Guzmán. Pinelo, Epitome, ii. 604; Gonzalez Dávila, Teatro Ecles., i. 177; Memorial de Conquistadores, en Monumentos Admin. Munic., MS.; Juarros, Guat., i. 338, 350; Torquemada, i. 351.

El ocio del que disfrutaba en Guatemala, interrumpido casi solo por la inspección de su hacienda, le brindó la oportunidad de entregarse a los devaneos de antaño. Las historias de hazañas estaban casi todas vinculadas al gran Cortés, famoso en todos los labios; sin embargo, esa fama se había adquirido con la ayuda de soldados que, al igual que él, habían sido confinados a un rincón oscuro de los vastos dominios por ellos conquistados.

No le parecía justo al veterano curtido en mil batallas que los frutos de una labor conjunta recayeran en uno o dos solos; ni que él mismo fuera considerado mucho menos que cientos de advenedizos cuyas únicas acciones habían sido cosechar el campo ganado por él y sus camaradas. Contaría su historia a toda costa; y de inmediato comenzó a ordenar los apuntes redactados durante su carrera y a descorrer las cortinas de la memoria en busca de una visión retrospectiva.

Mientras estaba en ello, dio con la historia de Gómara y, al percibir «su gran retórica y mi obra tan burda, dejé de escribir y hasta sentí vergüenza de que apareciera entre personas notables». Pero al descubrir que el biógrafo de Cortés había cometido muchos errores y había matizado la narración en favor de su mecenas, volvió a empuñar la pluma con el doble propósito de corregir tales errores y de reivindicar a sus menospreciados compañeros.

Llevó a cabo su plan con fidelidad, registrando nombre tras nombre de hombres valientes que dieron lustre a la bandera, que arriesgaron libremente la vida en encuentros audaces o que exhalaron su último suspiro por la Iglesia y el rey. Si bien se detiene con afecto en los humildes compañeros cuya causa hizo suya, apenas resta mérito a los líderes y caballeros. Describe su apariencia y sus rasgos con una fidelidad gráfica que parece traerlos ante nosotros en persona; les concede generosamente todo el mérito y, si no escatima sus vicios, rara vez los presenta con un espíritu caviloso o malintencionado.

Por el contrario, con frecuencia encubre hechos desagradables por deferencia a los muertos. Esta imparcialidad general en el trato se nota especialmente con respecto a Cortés, a quien, sin embargo, critica a veces con dureza; y aunque Díaz se adjudica a sí mismo el mérito de muchas sugerencias y acciones, sigue siendo en todo momento el soldado leal y a menudo saca la cara por el honrado líder cuando otros intentan atacarlo. Admira al gran capitán casi tanto como a sí mismo.

En verdad, decir que el viejo combatiente era vanidoso es quedarse corto. Dos licenciados que leyeron el manuscrito se lo señalaron, pero él replicó: «¿A quién le hace daño? Nadie alaba a un soldado viejo y destartalado, así que debo alabarme yo mismo. Es un deber que debo no solo a mi buen nombre, sino a mis descendientes».

Revive en su narración y nos transporta con él a aquellos días agitados, describiendo ahora las penalidades de la marcha, luego los nuevos países y razas que van apareciendo; después se adentra en el calor de la batalla con una fidelidad que trae el estruendo y la agitación vívidamente ante nosotros; y de pronto vemos a los aventureros en el campamento, en sus relaciones sociales, aliviados por episodios amenos. Penetra a fondo en sus esperanzas y sentimientos, en sus hechos y en su vida; se vuelve elocuente y patético por turnos, y revela también la corriente subterránea de piedad y celo que impregnaba a aquella tripulación licenciosa.

Aquí se encuentra la franqueza locuaz de Heródoto, iluminada por infinidad de observaciones pintorescas y ocurrencias directas. Bernal Díaz apenas poseía los rudimentos de la instrucción, los cuales, sin embargo, estaban por encima de la media entre sus compañeros de armas; pero era evidente que había leído un poco en años posteriores, a juzgar por sus alusiones a la historia clásica, aunque no lo suficiente como para adquirir más que una competencia mediocre en gramática. Hay una minuciosidad de detalles a veces tediosa, y una digresión prolija y repetitiva; pero una perspicacia sencilla impregna toda la narración, lo que hace que sea fácil de seguir, al tiempo que la franqueza y la frecuente animación resultan agradables. Gran parte de ella parece haber sido dictada, quizás a alguno de sus hijos, «cuyo manuscrito se conserva en el archivo de esta municipalidad». Jil, en Gaceta Nic., 24 de junio de 1865.

Se dio a leer a diferentes personas y se hicieron varias copias, pero a nadie le importó asumir su publicación. Sesenta años más tarde, sin embargo, fray Alonso Remón, cronista de la orden de la Merced en España, encontró un ejemplar en la biblioteca de Ramírez del Prado, del Consejo de Indias, y al percibir la importancia de la narración, mandó a imprimirla en Madrid en 1632 bajo el título de Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva-España.

Como Remón murió durante la publicación, fray Gabriel Adarzo, «nunc Hydruntinus præsul», Antonio, Bib. Hisp. Nova, iii. 224, se hizo cargo de ella. Varias discrepancias indican que se han hecho revisiones, y Vázquez, Chron. Guat., 524, cuyo celo como fraile se vio despertado por las alusiones al padre Olmedo, compañero de Cortés, comparó la tirada con la copia original y señaló varias diferencias. Una segunda edición, fechada en 1632, aunque publicada probablemente más tarde, contiene un capítulo adicional sobre presagios, el cual aparece en otras de las muchas ediciones y traducciones publicadas en diferentes países, incluso en años recientes.

Tal vez el escritor más lúcido sobre México durante el siglo pasado fue Francisco Javier Clavigero, natural de aquel país y nacido en Veracruz en 1731. Su padre era leonés, y sus obligaciones oficiales lo llevaron a distintas regiones del país, de lo cual el joven Francisco sacó provecho para adquirir un conocimiento de sus recursos e idiomas. Tras un noviciado de tres años en el colegio jesuita de Tepozotlan, pasó al de Puebla, y allí estudió filosofía y teología, mostrando una predilección especial por las lenguas, tanto clásicas como nativas. Enseñó retórica y filosofía en las principales escuelas del país, aunque con ciertas restricciones por parte de sus superiores debido a sus ideas demasiado liberales, para las cuales México aún no se consideraba maduro. Entre tanto, su entusiasmo se centró en el estudio de la historia y los jeroglíficos aztecas, lo cual sufrió un serio revés con la expulsión de los jesuitas de América en 1767. Buscó refugio en Italia, residiendo principalmente en Bolonia, donde fundó una academia, y al disponer de considerable tiempo libre comenzó a dar forma a los resultados de sus recientes estudios, impulsado en no pequeña medida por los escritos de De Pauw y Robertson, que ofendían su espíritu patriótico. Fueron redactados en español, pero al no dar las autoridades ningún estímulo para su publicación en España, se hizo una traducción al italiano que se publicó en cuatro volúmenes, bajo el título Storia Antica del Messico, Cesena, 1780, dedicada a la universidad de México. Posteriormente apareció una versión en español, pero no antes de que varias ediciones se hubieran publicado en Inglaterra y otros países. El primer volumen trata de los recursos y la historia antigua, el segundo de los modales y costumbres, el tercero de la conquista, y el cuarto consiste en una serie de disertaciones sobre el origen de los americanos, la cronología, el físico, las lenguas y otros puntos. Han sido ampliamente citados, y Francisco Carbajal de Espinosa ha mostrado tanta apreciación por la obra que copió casi todo el texto en lo que llama su Historia de México, Méx., 1856, 2 vols. La obra de Clavigero se basa en gran medida en registros aborígenes y en la observación personal, y las viejas crónicas se han empleado ampliamente; pero su material pesado y confuso aparece aquí organizado de un modo digno del filósofo y retórico de mente abierta. En verdad, ninguna obra anterior en este campo puede compararse en absoluto con ella por su amplitud y exactitud, profundidad de pensamiento y claridad de expresión. En el primer aspecto supera con creces a Robertson y en el segundo puede considerarse su igual. Su muerte, acaecida en Bolonia en 1787, lo sorprendió en medio de numerosos proyectos literarios, suscitados en parte por el éxito de la Storia, y por los diferentes temas que había tratado en ella tan solo de manera superficial. Entre estas obras figuraba la Storia della California, publicada en Venecia dos años después de su muerte. De ella se hablará a su debido tiempo.

No puede haber un cierre más adecuado para este volumen sobre la conquista de México que un tributo de estima a William Hickling Prescott.

He señalado en un volumen anterior su amable debilidad, propia de los tiempos más que del hombre, de intensificar el carácter de los personajes prominentes para presentar a los buenos más buenos y a los malos más malos de lo que realmente eran, con el fin de hacer su narración más sólida e interesante de lo que habría sido de otro modo; pero esto no es nada en comparación con su imparcialidad general, unida a un estilo magnífico y a un flujo filosófico de pensamiento.

He señalado algunas inexactitudes y contradicciones en su historia, pero estas no son nada en comparación con su esmero y corrección generales como escritor.

He mencionado material del que carecía, pero esto no es nada en comparación con la gran masa de nueva evidencia que aportó para enriquecer su tema.

Me faltan las palabras para expresar mi admiración por el hombre, el erudito, el autor. Aparte del estruendo y el polvo de la vida ordinaria, vivió como alguien en el mundo pero no del mundo, de mente pura, corazón bondadoso y elocuencia sobresaliente.

El señor Prescott nació en Salem, Massachusetts, el 4 de mayo de 1796. Su padre, un abogado de creciente reputación, que entonces tenía treinta y cuatro años, trasladó a su familia a Boston en 1808. A la edad de quince años, William ingresó en la Universidad de Harvard.

Mientras participaba en una travesura de muchachos un día durante su tercer año, un trozo de pan grande y duro, arrojado probablemente al azar, le dio de lleno en el ojo izquierdo, privándolo para siempre de su uso. Prosiguiendo sus estudios con su habitual alegría, se graduó en 1814 y comenzó a estudiar derecho en el despacho de su padre.

En 1815 una inflamación reumática se instaló en su ojo derecho, que era ahora su único sustento, causándole mucho dolor y ansiedad. Habiéndose decidido un cambio de clima, embarcó hacia las Azores para visitar a su abuelo Hickling, por entonces cónsul de los Estados Unidos en San Miguel. Allí permaneció unos seis meses, confinado la mayor parte del tiempo en una habitación oscura.

En abril de 1816 embarcó hacia Londres, cruzó a París, hizo el habitual viaje por Italia y al año siguiente, al empeorar su ojo, regresó a su casa. Pero aún perduraba la esperanza de recuperar la vista, y la maravillosa vitalidad de su espíritu jamás lo abandonó. Una devota hermana le alegraba las largas horas de soledad leyéndole a sus autores favoritos. Una incursión literaria realizada en esta época con una colaboración para la North American Review fracasó; su manuscrito fue devuelto y a su hermana, la única confidente, se le impuso silencio.

Al dejar su habitación oscura y mezclarse de nuevo con la sociedad, de la cual siempre era un brillante ornamento, se encariñó con una hija de Thomas C. Amory, un comerciante de Boston, con quien se casó en su vigesimocuarto cumpleaños.

El señor Prescott abandonó entonces la esperanza de una recuperación total de su ojo.

Si mediante restricciones en la dieta y regímenes alimenticios y con ejercicio constante al aire libre lograba conservar un uso parcial del órgano, se daría por satisfecho. Y así pasó el resto de su vida.

A veces se encontraba en una oscuridad casi total, pero por lo general podía leer y revisar sus manuscritos; para escribir, sin embargo, se veía obligado a utilizar un noctógrafo.

Dotado de fuertes gustos literarios y de una aversión al derecho, el Sr. Prescott se decidió por la literatura como profesión, y en 1826, con la ayuda de un secretario, comenzó un curso sistemático de lecturas para una historia de Fernando e Isabel.

Durante tres años y medio prosiguió esta labor preparatoria; en 1829 comenzó a escribir, publicando la obra en 1837. El Sr. Prescott afirma haber dedicado diez de los mejores años de su vida a este libro; y a cambio del uso de las placas estereotipadas, que el Sr. Prescott sufragó de su propio bolsillo, y del derecho a publicar mil doscientos cincuenta ejemplares, la Compañía de Libreros Estadounidenses acordó pagar la suma de mil dólares. Pero el dinero no era el objetivo del autor.

La publicación en Londres fue ofrecida a John Murray y a los Longman, siendo rechazada por ambos. Bentley se convirtió finalmente en el editor londinense. La obra fue bien recibida a ambos lados del Atlántico; fue traducida a varios idiomas y le procuró al autor una reputación mundial instantánea.

La Conquista de México fue el fruto digno de una creación tan espléndida como Fernando e Isabel. El año posterior a la publicación de su primera obra, y tras haber enviado a España y México en busca de materiales para las historias de las conquistas de México y Perú, el Sr. Prescott se enteró por casualidad de que el Sr. Irving estaba trabajando en un proyecto similar. Le escribió a Irving para informarle del hecho, y este último se retiró graciosamente del campo.

En 1843 apareció la Conquista de México, bajo los auspicios de la editorial Harpers, que pagó 7500 dólares por el uso de las placas y el derecho a publicar 5000 ejemplares. La Conquista de Perú se publicó en 1847; Felipe segundo en 1855-8; y el Carlos quinto de Robertson en 1856. El Sr. Prescott murió de apoplejía a los sesenta y tres años de edad.

Para su Conquista de México, además de todo el material impreso existente, el Sr. Prescott recurrió a una gran cantidad de nueva información en manuscrito, proveniente de diversas fuentes, notablemente de la valiosa colección de Muñoz, reunida para una proyectada historia de América; la de Vargas Ponce, obtenida principalmente de los archivos de Sevilla; la de Navarrete, presidente de la Real Academia de la Historia en Madrid; y los archivos de los herederos de Cortés, todo lo cual arrojó nueva luz sobre casi cada sección del tema.

Su profunda investigación, manifiesta a lo largo de la obra en copiosas notas a pie de página, se despliega especialmente en la muy apropiada introducción sobre la civilización mexicana, que permite al lector adquirir un conocimiento íntimo del pueblo cuya subjugación se narra. El buen juicio también se evidencia en la disertación sobre la debatida cuestión del origen de esta cultura, en la cual se abstiene prudentemente de llegar a conclusiones definitivas.

El hecho de que existan imprecisiones ocasionales no puede criticarse severamente si consideramos la dolencia bajo la cual laboró el autor. Desde su época, se ha sacado a la luz una masa tan grande de material que el aspecto de la historia ha cambiado mucho. Este nuevo material consiste en parte en registros nativos, y es debido a su desconocimiento de dichos registros que se advierte una gran carencia en sus páginas.

El hecho de que Prescott dependiera demasiado del material español puede explicar el marcado sesgo a favor de los conquistadores en muchos casos donde cabría esperar una estricta imparcialidad, así como las afirmaciones condenatorias y reflexivas que a veces aparecen en contradicción directa con líneas de pensamiento previas. A veces, como si fuera consciente de esta tendencia, adopta una calma que se ajusta mal al tema, otorgándole el sesgo mismo que busca evitar.

Aun con todo esto, es seguro afirmar que pocas historias se han escrito en las que las cualidades de filósofo y artista se fundan tan felizmente.

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