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nydus/History of Mexico, Volume 1, 1516-1521Public
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CAPÍTULO XVII. CAPTURA DEL EMPERADOR.

Cortés Inspects the City—Visits the Temple with Montezuma—Discovery of Buried Treasure—Pretended Evidences of Treachery—Cortés Plans a Dark Deed—Preparations for the Seizure of Montezuma—With a Few Men Cortés Enters the Audience-Chamber of the King—Persuasive Discourse—With Gentle Force Montezuma is Induced to Enter the Lion’s Den.

Cortés failed not to make diligent inquiries and examinations into the approaches, strength, and topography of the city, but he longed for a view from one of the great temples which, rising high above all other edifices, would enable him to verify his observations.

He also desired to obtain a closer insight into the resources of the place. With these objects he sent to Montezuma for permission to make a tour through the town to the Tlatelulco market and temple.1

This was granted; and attended by the cavalry and most of the soldiers, all fully armed, Cortés set out for that suburb, guided by a number of caciques. It was here that the largest market-place in the city was situated.2

Desde este centro comercial, los españoles se dirigieron al elevado templo que ocupaba un extremo de la plaza del mercado de Tlatelulco,3 y adonde Moctezuma ya se había adelantado para preparar su recepción y aplacar a los ídolos ante la intromisión mediante oraciones y sacrificios. Sin duda esperaba que su presencia sirviera para contener las impulsivas manos y lenguas de los invitados.

Estando ya a pie, desmontando en la puerta, los jinetes avanzaron con la mayor parte de los soldados por el patio del templo y escalaron los más de cien peldaños que conducían a la cima. Moctezuma había enviado a algunos sacerdotes y jefes para ayudar a Cortés en el ascenso, pero él prefirió valerse por sí mismo. Esta pirámide, a diferencia de la de la propia México, parece haber tenido una sola escalinata continua que ascendía por la pendiente occidental.4

Lo primero que contemplaron los españoles al llegar a la cumbre fue la jaula de sacrificios destinada a albergar a las víctimas, y un gran tambor de piel de serpiente cuyos sombríos tonos conferían el efecto adecuado a los horribles ritos que se representaban a su alrededor.

Moctezuma salió de uno de los santuarios para darles la bienvenida, y expresó el temor de que debían de estar fatigados por la ascensión, pero Cortés se apresuró a asegurarle que los españoles jamás se cansaban. Llamando su atención sobre la vista que desde allí se ofrecía de la ciudad y sus alrededores, permaneció en silencio un momento para dejar que la hermosa visión obrare su propio encanto.

Alrededor, por todos lados, se extendían el lago y sus aguas comunicantes, bordeadas de praderas y campos. Bosques y pueblos se mezclaban sobre la alfombra verde y se extendían a lo lejos hasta desaparecer entre las sombras de las colinas. Los soldados reconocieron los asentamientos y poblados por los que habían pasado, y vieron las calzadas que por tres lados comunicaban con tierra firme.

Bajo ellos se extendía una vasta extensión de azoteas en terraza, cruzada por calles y canales repletos de transeúntes y canoas. Aquí y allá se alzaban edificios palaciegos y templos imponentes, salpicados de plazas abiertas y de jardines sombreados por árboles y amenizados por los plateados surtidores de las fuentes. A sus pies se hallaba el mercado por el que acababan de pasar, rebosante de diminutos seres atareados cuyas conversaciones y gritos llegaban a sus oídos en un murmullo confuso.

Cortés no pudo menos que quedar impresionado por escenas tan variadas y atractivas, pero en él el aspecto estético quedó rápidamente eclipsado por el sentido práctico del líder militar. Se elevó entonces su alma al pensar en asegurar para España una herencia tan rica como la gran ciudad con su vasta población, y volviéndose hacia el padre Olmedo le sugirió que se debiera conseguir el sitio para una iglesia; mas el prudente fraile replicó que el emperador no parecía estar de humor para escuchar tal propuesta.

Cortés por lo tanto se contentó con pedir que le mostraran los ídolos, y tras consultar a los sacerdotes Moctezuma los condujo más allá de la piscina con el fuego vestal hasta la capilla. Retirando una cortina con borlas, mostró las imágenes, relucientes con ornamentos de oro y piedras preciosas, que al principio apartaron la atención de los espectadores de su forma y facciones horribles.

Ante ellas se encontraba la piedra de sacrificio, aún humeante de sangre, y alrededor yacían los instrumentos para asegurar a la víctima humana y para abrirle el pecho.

  • En un altar se podían ver tres corazones y en el otro cinco, ofrecidos a los ídolos, y aún en ese momento tibios y palpitantes de vida.

Las paredes interiores estaban tan manchadas de sangre humana que oscurecían su color original y emitían un hedor fétido que hizo que los españoles se alegraran de llegar al aire libre de nuevo.

Olvidando su prudencia, Cortés expresó a Moctezuma su asombro de que un príncipe tan grande y sabio rindiera culto a demonios tan abominables como aquellos.

—Permíteme plantar una cruz en esta cumbre —dijo—, y colocar en el interior de la capilla una imagen de la Virgen, y contemplaréis el miedo de los ídolos.

En ese momento, los ojos de los sacerdotes ardieron de ira, y el emperador apenas pudo reprimir su indignación al responder:

—Malinche, de haber sospechado que se iban a proferir tales insultos, no os habría mostrado a mis dioses. Son buenos; nos dan salud, sustento, victoria y todo lo que necesitamos. Los adoramos y les hacemos nuestros sacrificios. Te ruego que no digas una palabra más contra ellos.

Al observar el efecto que habían producido sus palabras, Cortés pensó que lo mejor era contenerse y expresar su pesar por su precipitación. Luego, con una sonrisa forzada, dijo que era hora de partir.

Moctezuma se despidió de ellos. En cuanto a él, debía quedarse para aplacar a los ídolos por la ofensa cometida.5

En absoluto intimidado por su rechazo en el templo, Cortés le pidió a Moctezuma que le dejara erigir una iglesia en sus propios aposentos. Alegre probablemente de ver las pretensiones españolas tan modificadas en este aspecto, no solo accedió, sino que dio artífices para ayudar en la obra.

Esta quedó concluida en un plazo de tres días, y a partir de entonces se celebraron en ella servicios religiosos, en los cuales los indios siempre fueron bienvenidos. También se erigió una cruz ante la entrada, para que los nativos quedaran impresionados por la devoción de sus visitantes.

Este esfuerzo en pro de la fe no había de quedar sin recompensa. Mientras buscaba el mejor sitio para el altar, cuenta Bernal Díaz, Yáñez, el carpintero, descubrió indicios de una puerta recién cerrada y revocada.

Se le informó de esto a Cortés y, siempre en guardia contra las conspiraciones, ordenó que se abriera el muro. Aladino al entrar en la cueva no pudo haber estado más sorprendido de lo que lo estuvieron los españoles al penetrar en la cámara allí revelada.

¡El interior brillaba de veras con tesoros; barras de oro había allí, pepitas grandes y pequeñas, figuras, utensilios y joyas del mismo metal; y luego la plata, las raras telas con pedrería y bordados, el preciado chalchiuite y otras piedras preciosas!

Cortés permitió que los afortunados espectadores se deleitaran en el éxtasis creado por la vista, pero a su codicia le impuso un freno. Tenía razones para no perturbar los tesoros en ese momento y dio orden de restaurar el muro, de modo que no se despertara ninguna sospecha de que el depósito había sido descubierto.

Una razón que tuvo Cortés para no tocar los tesoros fue la de ofrecer un cebo tentador a aquellos que, más propensos a escuchar las advertencias de los aliados tímidos que las ambiciosas inspiraciones de su líder, estaban siempre listos para alarmarse e instar a la retirada de una posición que consideraban peligrosa.

Inquebrantable en su resolución, el general había comprendido, sin embargo, todos los peligros de su situación. Hasta entonces no había existido motivo fundado de alarma. Llevaban una semana en la capital y seguían recibiendo por todas partes el trato más amable y la hospitalidad más generosa.

Cortés era consciente, no obstante, de que esto dependía del favor del emperador, cuyo poder sobre el pueblo sumiso se asemejaba al de un dios, y cuya persona se les antojava tan sagrada como su voluntad era absoluta. También se había enterado de que este monarca era un hombre atemorizado por sus supersticiones, y a menudo influenciado por circunstancias triviales; presto a golpear allí donde un momento antes había halagado, y poco atado por palabras o promesas, en particular cuando estas comprometían su propia soberanía.

Un paso en falso del líder español o de cualquiera de sus hombres, maleducados e importunos como eran, según su propia declaración, podría precipitar el cambio. La presencia de los odiados tlaxcaltecas era de por sí una carga, y el desgaste por mantener a los invitados auto invitados no tardaría en hacerse sentir. El tema religioso ya había creado una irritación momentánea, la cual podría enconarse y crecer bajo los estímulos de los sacerdotes, que debían oponerse naturalmente a una interferencia rival.

Emperador y súbditos se veían evidentemente frenados tan solo por el prestigio militar de los españoles, y hasta cierto punto por la creencia en su misión divina; pero también eran conscientes de que, fuera cual fuese la destreza de los visitantes y el poder de sus armas y corceles, eran mortales, pues esto había quedado demostrado muy hace poco con la desafortunada derrota de Escalante y en la campaña de Nautla.

Los soldados de Moctezuma no tenían más que levantar los puentes de las calzadas y cortar la retirada, para luego detener los suministros y reducirlos por inanición.

Es verdad que tenían presente la suerte de Cholula; pero habían ganado experiencia y podían concentrar muchos más guerreros y armas, mientras que los españoles no contarían con aliados en reserva para operar en la retaguardia.

Además, ¿qué importaba la destrucción de una parte, o incluso de toda la ciudad, cuando de ello dependía la seguridad del trono, amenazado por una horda de monstruos crueles y codiciosos!

Cortés había considerado todos estos puntos y conocía la conveniencia de una acción decidida. Había emprendido una empresa en la cual un movimiento audaz debía ser respaldado por otro, y a estos todos los medios debían subordinarse. No había venido desde tan lejos para ponerse en poder de un déspota suspicaz y vacilante, ni para perder el tiempo esperando lo que los acontecimientos pudieran deparar, mientras sus enemigos, encabezados por Velázquez, maquinaban su derrocamiento.

Había trazado sus planes mucho antes, como lo indicaba en su primera carta al rey, en la cual prometía tener al gran Moctezuma «prisionero, cadáver, o súbdito de la corona real de Vuestra Majestad».7

La conquista, seguida de la colonización y la conversión, era su objetivo. No le habría rentado apostar por menos.

Justo ahora comenzaron a circular rumores tendientes a avivar de nuevo los temores que el comportamiento amistoso y hospitalario de Moctezuma había calmado. Uno de ellos era que los nobles habían logrado en realidad convencer al emperador de romper los puentes, armar a toda la ciudad y caer sobre los españoles con todas las fuerzas disponibles.8

Pronto se hallaron soldados que imaginaron que el mayordomo era menos obsequioso que antes y que entregaba bastimentos más escasos. También se supo por los tlaxcaltecas que la plebe se mostraba menos amistosa desde hacía uno o dos días. Estos informes tal vez surgieron enteramente de mentes tímidas todavía agitadas por las advertencias pronunciadas por los tlaxcaltecas antes de la partida de Cholula, o quizás fueron promovidos por el propio Cortés en pro de sus planes.⟭

Él, en cualquier caso, aprovechó el pretexto para celebrar un consejo, compuesto por Alvarado, León, Ordaz y Sandoval, junto con doce soldados cuyos consejos valoraba más, «incluyéndome a mí», dice Bernal Díaz. Su razón principal era persuadirlos de la necesidad de la medida que había decidido tomar y ganarse su entusiasta cooperación. Tras exponerles los rumores actuales que confirmaban las advertencias recibidas anteriormente, y al presentar el carácter poco de fiar y sospechoso de Moctezuma, su gran poder y la posición peculiar y la fuerza de la ciudad, concluyó proponiendo la audaz empresa de apresar al emperador y retenerlo como rehén.9

¡He aquí la locura desatada! Cuatro hombres —cuatrocientos, tras penetrar formidables barreras y llegar al mismísimo corazón de un gran imperio, cuyos vastos ejércitos podían oponer mil guerreros por cada español allí presente—, proponían con toda tranquilidad tomar prisionero al monarca venerado de este vasto reino, ¡y luego desafiar a sus millones de súbditos!

Los relatos más descabellados de los caballeros medievales apenas igualan este proyecto. Por temeraria que fuera la concepción, era el fruto de una audacia aún mayor.

Cortés levantó su edificio de insensata locura sobre la plataforma de una insensatez todavía mayor. Si era cierto que se había colocado prácticamente en la situación de un cautivo, entonces cortaría el nudo capturando al captor. Y sin embargo, por temerario que pudiera parecer el plan contemplado con frialdad desde la isla de Cuba, tal como se hallaban los españoles, era sin duda lo mejor que podían hacer; era sin duda todo lo que podían hacer.

La eficacia de los rehenes había sido probada con frecuencia por los conquistadores en las Antillas, y la oportuna captura del señor de Cempoala no se había olvidado; pero esto se había llevado a cabo bajo el impulso del momento, mientras el jefe estaba rodeado de españoles. Aquí se requería no solo una resolución serena, inquebrantable hasta el final, sino una estratagema bien urdida. Cortés se presentaba preparado con ambas cosas.

Presentando la carta de Villa Rica, que se había mantenido en secreto todo este tiempo, dio cuenta de los desafortunados sucesos de Almería, describiendo en términos exagerados la traición de Quauhpopoca y, por consiguiente, la de Moctezuma como su señor, y conmovió los sentimientos del consejo con un llamamiento a vengar a sus compañeros.10

He aquí un pretexto11 que sirvió también para descartar la sugerencia de que el emperador estaría más que encantado de dejarlos marchar en paz, pues se argüía que una retirada en ese momento, ya que los españoles se habían revelado como simples mortales, atraería sobre ellos no solo el desprecio de aliados y compatriotas, sino un alzamiento general con los resultados más funestos.

La retirada significaba también la renuncia a toda esperanza de riqueza, ascenso y honor, seguida de castigo y deshonra por sus procedimientos irregulares hasta entonces. Con Moctezuma en su poder, poseían un rehén cuyo carácter sagrado a los ojos de sus súbditos garantizaba su seguridad y doblegaba al pueblo a su voluntad, al tiempo que los vasallos descontentos podían asegurarse mediante alianzas o con la promesa de reformas.

Si la captura desembocaba en la muerte del monarca, la sucesión se convertiría sin duda en motivo de división y disensión, en medio de la cual los españoles podrían influir en los asuntos en su propio beneficio.

De este modo se respondieron las diversas objeciones planteadas.

En cuanto al modo de aprehenderlo, el plan más seguro indudablemente habría sido atraer a Moctezuma a sus aposentos y retenerlo allí; pero esto causaría demora y podría despertar sospechas,12 y, dado que se consideraba necesaria una acción rápida, la mejor manera sería capturarlo en su propio palacio. Así se acordó, y esa misma tarde se expusieron eficazmente los hechos y argumentos a los hombres y se hicieron los preparativos.

“Toda la noche”, escribe Bernal Díaz, “la pasamos en fervientes oraciones, implorando devotamente a Dios que dirigiera la empresa de tal modo que redundase en su santo servicio”.13

Por la mañana, Cortés mandó a anunciar que visitaría al emperador. Luego despachó a varios grupos pequeños como si fueran a dar un paseo, con órdenes de mantenerse dentro y cerca del palacio, y en el camino hacia este, preparados para cualquier emergencia. Se ordenó a veinticinco soldados que lo siguieran, de dos en dos y de tres en tres, a la cámara de audiencia, adonde los precedió junto con Alvarado, Sandoval, Velázquez de León, Francisco de Lugo y Ávila.14 Todos iban armados hasta los dientes,15 y como los mexicas estaban acostumbrados a verlos así equipados, no se despertaron sospechas.

Moctezuma demostró en esta ocasión ser particularmente grato y, tras una breve charla, ofreció varios regalos de oro finamente labrado, y a Cortés le presentó una de sus hijas, obsequiando a los capitanes mujeres de rango de su propio harén, lo cual era una muestra de gran favor.16 Cortés intentó declinar el favor para sí mismo, bajo el argumento de que no podía casarse. Moctezuma, sin embargo, insisitó, y él cedió no de mala gana.17

Asumiendo un tono serio, este último produjo entonces la carta de Villa Rica e informó al emperador de que había recibido noticia de la escandalosa conducta de Quauhpopoca, la cual había resultado en la muerte de algunos de sus hombres, y de que a él, el soberano, se le acusaba de ser el instigador.

Moctezuma lo negó con indignación,18 y Cortés se apresuró a asegurarle que creía que la acusación era falsa, pero que, como comandante de una expedición, tenía que rendir cuentas de los hombres a su rey y debía averiguar la verdad.

A esto Moctezuma respondió que le ayudaría; y, llamando a un oficial de su confianza, le entregó un brazalete de su muñeca que llevaba el sello imperial —una piedra preciosa grabada con su efigie—,19 ordenándole que trajera a Quauhpopoca y a sus cómplices, por la fuerza si fuera necesario.20

Cortés se mostró satisfecho, pero añadió que, para cubrir su responsabilidad como comandante y convencer a sus hombres de que el emperador era en verdad tan inocente como Cortés creía, sería conveniente que este fuera a alojarse a los cuarteles de ellos hasta que los culpables hubiesen sido castigados.21

Moctezuma se quedó atónito ante semejante sacrílega impudencia. Él, el augusto soberano ante quien incluso los príncipes se prosternaban, a cuya palabra surgían ejércitos y ante cuyo nombre temblaban los poderosos gobernantes, ¡que él fuera tratado así por un puñado de hombres a quienes había recibido como huéspedes y colmado de regalos, y esto en su propio palacio!

Por un momento se quedó mudo, pero el cambiante aspecto de su rostro revelaba la agitación interior. Al fin exclamó que él no era la persona para ser tratado de ese modo. No iría. Siempre podían encontrarle en su palacio.

Cortés pleaded that his presence among the soldiers was necessary, not merely as a declaration of his innocence, but to allay the rumors which had reached them that he and his people were plotting for their destruction.

Montezuma again made an indignant denial; but added that, even if he consented to go, his people would never allow it.

His refusal, insisted the general, would rouse the worst suspicions of his men, and he could not answer for their acts. Mexico might meet the fate of Cholula, and he with it.22

Moctezuma comenzó entonces a suplicar, y ofreció entregar a sus hijos legítimos como rehenes con tal de librarse de la deshonra de ser hecho prisionero. Esto no podía ser, fue la respuesta. El cuartel español era su propio palacio, y fácilmente podría persuadir a sus súbditos de que iba allí por poco tiempo por su propia voluntad, o por mandato de los dioses.23

Sería tratado con toda consideración, y disfrutaría de su comodidad habitual, rodeado de favoritos y consejeros. El plan no implicaba más cambio que el de residencia, a un lugar donde estaría bajo vigilancia secreta.

Moctezuma seguía oponiéndose, y el tiempo pasaba.24

Los compañeros de Cortés, poniéndose nerviosos por esta demora, exclamó Velázquez de León con su voz estentórea: «¿A qué tantos palabras, vuestra merced? O nos lo llevamos o lo despachamos. ¡Dile que si grita o alborota lo mataremos!».25

Volviéndose alarmado hacia Marina, Moctezuma preguntó qué significaba aquello. Llena de compasión por el monarca atribulado, ella le dijo que los hombres se estaban impacientando por su demora. Le suplicó que, si valoraba su vida, accediera a los deseos de ellos y se fuera con ellos. Sería tratado con todo el honor debido a su rango.

Una mirada a los rostros fruncidos de los españoles confirmó las misteriosas palabras de la intérprete y le heló el corazón. Había oído demasiados relatos sobre la resolución y la crueldad de aquellos hombres como para no creerlos capaces de cualquier cosa. Si pedía ayuda, sin duda lo matarían y destruirían la ciudad; pues, por pocos que fueran, habían demostrado estar a la altura de huestes de nativos.

El desgraciado monarca cedió, ya que así estaba decretado: por la sublime audacia de aquella veintena de aventureros. El espíritu de Axayácatl evidentemente no había sobrevivido en su hijo, y el prestigio de sus primeros tiempos como líder militar se había reducido a una mera sombra en el afeminado regazo de la vida cortesana.26 Mandando llamar a sus asistentes, ordenó que trajeran una litera.

Todo se había llevado a cabo discretamente y, dado que nadie se atrevía a cuestionar al emperador, su orden fue obedecida en silencio; pero la misteriosa entrevista y su agitación despertaron las sospechas de estos, y corrió el rumor de que algo extraordinario estaba por suceder. Muchedumbres atónitas y murmullantes ya se habían congregado a lo largo de la ruta entre los dos palacios cuando apareció el emperador. Al ver los rostros apesadumbrados de los favoritos que lo portaban, y al observar cuán de cerca iba rodeado por los soldados españoles que hacían de guardia de honor, sus temores se confirmaron. La distancia hasta el cuartel era demasiado corta, sin embargo, y la noticia aún no había viajado lo suficiente como para permitir una manifestación seria.27

Pero poco después, la plaza frente al palacio se encontraba bloqueada por una multitud enardecida, y varios personajes principales y parientes se abrieron paso ante su soberano, preguntándole con ojos llorosos y el ceño fruncido de qué manera podían servirle. Estaban listos para dar la vida por rescatarlo. Él les aseguró con una sonrisa fingida que no había motivo de alarma. Demasiado orgulloso para revelar su pusilanimidad, repitió dócilmente las palabras de Cortés, diciendo que había acudido por su propia voluntad, y por indicación de los dioses, para pasar un tiempo con sus huéspedes. Les ordenó que calmaran al pueblo con esta seguridad y que dispersaran a la concentración.

NOTAS AL PIE

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